miércoles, 11 de febrero de 2015

MONA MARIS El orgullo de las pampas

MONA MARIS, El orgullo de las pampas

Su verdadero nombre era Rosa Emma Sayus Capdevielle
Esta bella e intrigante mujer es conocida por haber sido pareja de nuestro Garlos Gardel, pese a que filmó casi 20 películas con actores de la talla y magnitud de Buster Keaton, Humphrey Bogart, Cary Grant, Jeanette Mac Donald, George Sanders, José Mojica, Mary Pickford, Rita Hayworth, Bela Lugosi, Victor Mature y Adolphe Menjou.
Nació el 7 de noviembre de 1906 en Buenos Aires donde murió el 23 de marzo de 1991.
A los seis años quedó huérfana y sus abuelos maternos, que vivían en Francia la tomaron en custodia. Su madre había sido vasca española y su padre francés. A los diecinueve años hablaba cuatro idiomas y había recibido educación en Inglaterra, Francia y Alemania.
Fue actriz de cine en la primera época de éste, fin del mudo y principios del sonoro.
En Argentina actuó en la dama de las camelias (1954) y en Camila fue la legendaria Ana Perichon, "La Perichone" (1984)
Pero cuando se la nombra, inevitablemente nos recuerda a CARLOS GARDEL Y EL FILM  “CUESTA ABAJO”

En un reportaje que se le hizo ya mayor opinó sobre éste “En el trabajo era muy solidario con sus compañeros, sobre todo con aquellos que comenzaban. Además tenía una enorme honestidad, algo poco común en una figura de su fama. Era consciente de que tenía muchas dificultades como actor y lo confesaba sin ningún pudor. No sabía qué hacer con las manos, pero ponía una gran dedicación y estoy segura de que hubiera llegado a ser un muy buen actor, como lo fueron Bing Crosby o Frank Sinatra, quienes también llegaron al cine como cantantes y fueron excelentes intérpretes.” (Extractado de la revista La Maga Nº 11 (1995)

martes, 10 de febrero de 2015

EL REGRESO DE SAN MARTIN SEGUN INFORMA UN DIARIO DE LA EPOCA

EL REGRESO DE SAN MARTIN REFLEJADO EN UN DIARIO DE LA EPOCA


 El diario "La Gaceta de Buenos Aires" del viernes 13 de marzo de 1812, informa de la llegada de la fragata inglesa "George Canning", salida de Londres cincuenta días atrás de la siguiente forma:

"El 9 del corriente ha llegado a este puerto la fragata inglesa Jorge Canning, procedente de Londres en 60 días de navegación. Comunica la disolución del ejército de Galicia y el estado terrible de anarquía en que se halla Cádiz, dividido en mil partidos y en la imposibilidad de conservarse por su misma situación política. La última prueba de su triste estado son las emigraciones frecuentes, y aún más a la América Septentrional. A este puerto han llegado, entre otros particulares que conducía la fragata inglesa, el teniente coronel de caballería D. José San Martín, primer ayudante de campo del general en jefe del ejército de la Isla, marqués de Coupigny; el capitán de infantería D. Francisco Vera; el alférez de carabineros reales D. Carlos Alvear y Balbastro; el subteniente de infantería D. Antonio Arellano y el primer teniente de guardias valonas, barón de Holmberg. Estos individuos han venido a ofrecer sus servicios al gobierno, y han sido recibidos con la consideración que merecen por los sentimientos que protestan en obsequio de los intereses de la patria"


domingo, 8 de febrero de 2015

AGATA, la Flor de la Mafia

 AGATA, la Flor de la Mafia

Se llamaba Ágata Cruz Galiffi



 Era hija de Juan Galiffi, un próspero comerciante llegado de Sicilia. Pero Don Galiffi, no era un hombre común, era “ Chicho Grande”, el Jefe de la “onoravele societá” (la Maffia) en la Argentina, durante los años de su apogeo desde 1927 a 1939 alias “Chicho Grande”, uno de los responsables de que a Rosario se la conociera como “la Chicago argentina”. Prostitución, juego clandestino, extorsiones, crímenes por disputas de poder, secuestros a millonarios (aclaro: no es la Argentina de hoy, es la de la década del 30), ese era la realidad detrás del empresario exitoso que era Don Galiffi.




 Nació el catorce de julio de 1916 en Gálvez. Dato ambiguo es su lugar de nacimiento. Ella en un reportaje que le hace la revista “Gente” (1972) se reconoce como oriunda de “Gálvez, en la provincia de Santa Fe”. En el libro de E. Goris (1999) se la hace nacer en “Gobernador Gálvez”.  ¿Gálvez, al norte de Santa Fe, o Villa Gobernador Gálvez, al sur de la provincia, al lado de Rosario? Como vemos, uno de los personajes más recordados por la memoria popular y de quien menos certezas se tiene.

Su historia de mafiosa está vinculada al ocaso de su padre.

El secuestro y crimen del joven Abel Ayerza -perteneciente a una familia tradicional de Buenos Aires ligada a la clase dirigente nacionalista- es el principio del final de la carrera de “Chicho El Grande”. Da inicio en el país de un encarnecida “cacería de mafiosos”. La amplia repercusión mediática del caso -al que caratulaban ya no como un hecho policial aislado sino una “cuestión de seguridad nacional”, según explica Osvaldo Aguirre en su libro “Historias de la mafia en la Argentina”. La conmocionada opinión pública exaltaba sentimientos de rancia xenofobia, y  convertían a la inmigración italiana en la enemiga más temida, gracias a la fama de Al Capone y compañía.

En 1933 su padre, Juan Galiffi fue condenado a un año y ocho meses de prisión por falsificación de billetes y a un año y tres meses por uso de documentos falsos (nunca se le pudo comprobar ningún delito mafioso). En 1935 fue finalmente deportado del país y no volvería a reencontrarse con Ágata excepto por una única concesión que obtuvo: presenciar el casamiento de su hija con el abogado Rolando Lucchini -administrador de los bienes de la familia- y honrarla con una “enigmática” dote de bodas que le bastó para prefigurar un desenlace. 

Ágata tenía por entonces 19 años y se separó tiempo después, enamorada de Arturo Pláceres, un delincuente con un gran prontuario en su haber.



Era por entonces conocida como  “la Gata Galiffi” y su objetivo era reorganizar la Maffia nuevamente. Si bien la mafia como organización ya había sido desarticulada, aún quedaba un vestigio, una “flor”, y ésa era Ágata. Crítica se empecinaba una vez más en heredarla como “la capitana de la mafia” y afirmaba que: “Los elementos viejos de la camorra fueros reemplazados por Ágata con elementos jóvenes, algunos de ellos criollos, sobre la base de un plan mucho más amplio que el trazado por el padre. Quería Ágata organizar una temible banda de pistoleros, contrabandistas y fulleros profesionales, entre los cuales debían entrar un buen número de elementos del trust, que iban a actuar en los hipódromos de esta ciudad [Rosario] y La Plata.”
Viaja alrededor de 1937 o 1938 a San Miguel de Tucumán con su pareja, Arturo Pláceres, hombre que acababa de salir de prisión por falsificación de documentos públicos y que sería presentado como “pistolero” y  aficionado al teatro. El viaje a Tucumán estaba tan lejos de ser el de dos amantes prósperos como del propósito de abrir una casa de juegos, según habrían declarado. Su objetivo era robar el tesoro del Banco de la Provincia de Tucumán y también colocar plata falsa. Su padre, Juan Galiffi había regalado a su hija una enorme cantidad de dinero falso escondido en el doble fondo de un cofre, regalo de casamiento. Este había sido efectuado por el alemán Otto Ewert -célebre falsificador- que fraguó los clisés y Blas Achinell se encargó de la impresión con una minerva.
El “plan maestro” consistía en cambiar ese dinero por el auténtico del banco y así poder vehiculizar el regreso de su padre a la Argentina.
Alquilan una casa en Rivadavia 164. La excusa era que la casona necesitaba refacciones. Una cuadrilla de obreros trabajaba en ella sin descanso. El túnel era una obra de verdadera ingeniería: dividido en tres tramos, de 34.20 y 66 metros, con 65 cm de alto por 63 cm de ancho y abovedado en el techo, contaba con instalación eléctrica y oxígeno, tenía un foco cada 8 metros, rieles para conducir el carrito que sacaba la tierra y tubos de aireación.
El objetivo la bóveda del tesoro del Banco de la Provincia. “Todos los detalles habían sido previstos, menos el más importante: el tesoro resultaba inexpugnable, ya que estaba protegido por una losa de cemento y acero, que no podía ser vencida por simples herramientas”, concluye Osvaldo Aguirre en su libro.
El hilo que permitió atrapar a la banda, fue cuando uno de sus socios, cuatro en total, intentó pagar bebidas en una confitería. El dueño, desconfió del billete de cien pesos y dio aviso a la policía que detuvo al pasador, un tal Agustín Fernández. Tenía en su poder Agustín Fernández  388 billetes falsos de mil pesos y otros 64, también apócrifos, de cien. Fernández aseguró a su detención que Pláceres le había entregado el dinero falso, con la misión de entregárselo al verdulero Antonio Di Santo. El hombre dijo que había conocido al compañero de Ágata a través de Emilio Uriondo, conocido pistolero de la zona en la época. Cuatro días después del arresto, también en San Miguel de Tucumán, se descubrió un túnel que conducía al Banco de la Provincia. La construcción causó asombro. Se supo que había sido abierto por obreros bolivianos contratados por Uriondo, que habían trabajado durante cuatro meses. La construcción, sin embargo, había quedado inconclusa, por motivos nunca aclarados.

La “gata” Galiffi tenía 23 años cuando en 1938 la policía la encontró junto a Arturo el “Gallego” Pláceres y a un amigo en un bar de la Calle Santa Fe y Maipú, con la excusa de buscar sus documentos fueron escoltados hasta la pensión donde estaban en San Lorenzo al 700, de Rosario y es allí donde se produce otro tiroteo espectacular que pasó a la memoria popular, allí Ágata y su pareja logran escapar, mientras su amigo cae muerto junto a dos policías.

La detención fue en Rosario, un 23 de mayo de 1939, a la madrugada, cuando después de un frustrado allanamiento en la casa de la curandera Margarita Iturbide de Jovita, que había refugiado a Agatha, uno de los policías se quedó “chamullando” a la mujer y le sacó información clave. La pareja fue detenida en la vivienda del obrero ferroviario Tomás Clarke. Allí estaban ocultos bajo los seudónimos de “Doña María” y “Don Antonio”. Al ingresar al inmueble, encontraron al “Gallego” afeitándose, mientras “La Gata”, estaba a su lado. Lo primero que atinó a decir fue: “No lo vayan a matar, él no hizo nada”. Una vez detenidos, y siguiendo el hilo de la investigación se logró establecer la responsabilidad de la banda de Ágata en las falsificaciones y en la construcción del túnel. Los detenidos fueron trasladados a Tucumán.
Allí comienza la “Cruz” de Ágata. Es condenada a 10 años de prisión, al confesar sus crímenes por pedido de su compañero quien prometió que la sacaba en 20 días. Pero este no la pasaba bien. Se supo que Pláceres estaba preso en una mazmorra con conocida como "El cadalso", cuyo uso había sido prohibido por orden judicial.

Las condiciones de encierro fueron severas. Por falta de una cárcel de mujeres en aquella provincia es confinada en el Hospital de Alienados, recluida en una pequeña celda de un metro por dos, con barrotes recubiertos con alambre tejido. Una verdadera jaula en la que permanecerá siete largos y penosos años. Ágata tuvo que soportar los peores castigos, pasó su encierro entre intentos de violación, soñando con la muerte de su padre la misma noche en que esta ocurría y con duendes verdes y feos que a veces aparecían en su celda.
Tenía prohibida toda visita, salvo algunas monjas.-

En 1972 declararía a la Revista “Gente”: “Creían que yo era un monstruo, una pantera. La celda tenía un metro ochenta de largo por un metro veinte de ancho. Los barrotes eran gruesos, fuertes, pero igual forraron la celda con alambre tejido. Tenían miedo de que me escapara y entonces fabricaron esa jaula. Allí pasé siete años y un mes. Sólo podía hablar con las monjas, que me contaban cosas; llorar y rezar el rosario hasta que conseguía dormirme. La celda no tenía baño. El único baño del lugar lo compartía con las enfermas, Cada vez que iba, tenía que ponerme una especia de túnica y unos grandes zuecos de madera. Pero eso no era lo malo. Lo malo eran los gritos de las enfermas, esos aullidos en la noche.”

En libertad, volvió a Rosario donde se la encontró trabajo vendiendo publicidad por la calle, tuvo distintos trabajos y luego se fue a Caucete, San Juan, donde los Galiffi tenían viñedos.
Allí se dedicó al cultivo de viñedos de la antigua propiedad de su padre a la que llamó –como si el nombre pudiera restituirle un paraíso perdido: “La viña del Señor”. Allí vivió sin sobresaltos acompañada de una hija y de su hermano. Para sobrevivir al llegar tuvo que empeñar de sus valiosas joyas. Allí formó pareja con un porteño, de oficio pintor, llamado Julio Fernández, adoptando una hija llamada Karina Alejandra Fernández.

Cuando la ubicó en 1972 periodistas de Gente, llevando una vida limpia, como dueña de una zapatería, en donde le decían “la Nena” o señora simplemente, y solo se hablaba maravillas de la ella.
De los años de locas aventuras solo conservaba un medallón con la foto de Don Chicho, su padre, a quien Ágata veneraba.



En San Juan capital vivió sus últimos años -cuando ya había vendido su finca- en un alto edificio en el cual tenía un departamento, sobre calle 9 de Julio y Caseros, conforme un diario local. De esta etapa, varios de sus vecinos aún la recuerdan con simpatía y cariño y sobre todo por su indudable filantropía. Parece ser que su salud se deterioró por un problema digestivo o hepático. Fue internada en el entonces Sanatorio Almirante Brown.  Pero más que nada cayó en un tremendo estado depresivo, prácticamente se dejó morir. Se cuenta que en la ocasión Ágata, que ya no quería comer, accedió a que una dilecta amiga, llamada Encarnación Font, le diera "algunas cucharadas de sopa''. Fue cuando le dijo muy apesadumbrada: "negra, nos abandonaron todos...''. Al día siguiente falleció, era un crudo invierno del 6 de julio de 1985.

En su tumba sencilla existe una placa de bronce, con una de sus fotos, una frase afectuosa de su compañero e hija, y la figura de un reloj, que con sus agujas señala la hora de su muerte. Estos datos indican la última morada de esta mujer tan particular, de personalidad dual, que indudablemente formó parte de una historia que tuvo ribetes legendarios.


miércoles, 4 de febrero de 2015

CUARTEL DE SANTOS LUGARES

CUARTEL DE SANTOS LUGARES


Publicamos una foto del cuartel de Rosas, que estaba ubicado en los entonces Santos Lugares, donde el ejercito federal.

CUARTELES DE RETIRO

CUARTELES DE RETIRO

Interesantes fotos de los cuarteles de Retiro



Estaban ubicados donde hoy está la Plaza San Martín, en la hoy calle Arenales entre Maipú y Florida.


jueves, 22 de enero de 2015

CORONEL LORENZO LUGONES: UN HEROE SANTIAGUEÑO

CORONEL LORENZO LUGONES: UN HEROE SANTIAGUEÑO
Dedicado a mis nietos Facundo Lorenzo Lugones y Santiago L. Lugones, descendientes de éste.

El 10 de agosto de 1796 nace en Pampallasta, Santiago del Estero. Muy joven, a los 14 años de Edad, se incorporó al ejercito, al Cuerpo de Patricios Santiagueños, bajo las órdenes del Coronel Juan Francisco Borges. Combatió en las derrotas de Cotagaita y Desaguadero. También en la primera victoria de las armas argentinas en Suipacha, bajo las ordenes de los jefes patriotas que sucesivamente asumieron el mando del Ejército del Norte, como Francisco Ortiz de Ocampo, Antonio González Balcarce, Juan José Castelli y Juan Martín de Pueyrredón, participando del ulterior repliegue del ejército hasta la ciudad de Jujuy. Luego de la derrota de Desaguadero Pueyrredón renuncia al mando, y Manuel Belgrano es designado en la Jefatura del Ejército del Norte.
Belgrano llegó a Jujuy el 19 de mayo de 1812 para hacerse cargo. Informado de la desmoralización que en parte había invadido a los oficiales, Belgrano prefiere hablarles en privado y los recibe de pie, en su tienda: -“Señores, tenemos una larga campaña por delante y deseo contar con la colaboración de todos ustedes.  El que no tenga bastante fortaleza de espíritu para soportar con energía los trabajos que le esperan, puede pedir su licencia.”  Hay leves movimientos de cabeza y crispaturas de manos. A algunos de aquellos hombres el nuevo jefe ya los conoce. Belgrano escruta a todos, como si tratara de adivinar el pensamiento de cada uno. Sabe que hay jefes que pueden considerarse con más títulos que él para el mando del ejército, sobre todo las figuras destacadas, que son los coroneles Eustaquio Díaz Vélez y Juan Ramón Balcarce, ambos veteranos, y el último considerado como uno de los más expertos jefes de caballería. Pero sin embargo advierte en la oficialidad muestras de particular simpatía. Muchos de esos oficiales se harán célebres en diversos terrenos: José María Paz, Manuel Dorrego, Cornelio Zelaya, Rudecindo Alvarado, Gregorio Aráoz de La Madrid, Lorenzo Lugones. Son jóvenes entusiastas en cuyas almas arde la llama inextinguible de un patriotismo exaltado. “-Señores -prosigue Belgrano-, se me ha informado de cierto desasosiego en este ejército. Sin embargo, atribuyo la deserción y el desaliento de la tropa más a la clase de oficiales que a los mismos soldados, pues éstos, como cuerpos inertes, se mueven a impulso de aquellas palancas. Parece que algunos se deleitasen en decir a cuantos ven, que apenas habrá 200 fusiles en el ejército. Esto que habrían de reservarse lo propalan, y sin conseguir remedio sólo se causa desaliento entre estos habitantes que parecen de nieve respecto a esta empresa.”
De camino a Jujuy, y sin conocer aún la carta por la que se lo reprendía, Belgrano decidió festejar la fecha patria del 25 de mayo bendiciendo la bandera celeste y blanca. El coronel Lorenzo Lugones, testigo del episodio, cuenta que a orillas del río Pasaje (hoy Juramento) el general hizo formar a su ejército e hizo ratificar el juramento prestado meses antes en las Barrancas del Paraná. Así lo relata: “" Llegamos al río Pasaje, punto de reunión para el ejército; aquí se recuerda un acto solemne digno de la historia. Habiendo el ejército formado en parada conforme a la orden general, se presentó en el cuadro Belgrano con una bandera blanca y celeste en la mano que colocó con mucha circunspección y reverencia en un altar situado en medio del cuadro; proclamó enérgica y alusivamente y concluyó diciendo:
"Este será el color de la nueva divisa con que marcharán a la lid los nuevos campeones de la Patria".¡Oh Bandera de mi patria guerrera! ¡Signo precioso de la libertad, inmortal divisa de la noble igualdad; yo también en ese día, acaso el más joven de los guerreros de este tiempo, en medio de todo un ejército que desfilaba por delante de ti, a tus pies, juré por la Patria, en cien batallas vencer o morir!
El ejército ratificó su juramento besando una cruz que formaba la espada de Belgrano, tendida horizontalmente sobre el asta de la bandera: con este ceremonial concluyó el acto y el ejército quedo dispuesto para la primera señal de partida.
A distancia de cien pasos del río, sobre la ribera que gira al oeste, a la altura de un notable barranco, había un árbol que, por su magnitud, se distinguía sobre todos los de sus cercanías; limpiando una parte de su corteza, hacia media altura de un hombre, en medio de un círculo de palma y laurel, dibujado en el tronco de un árbol se grabó una inscripción que decía: Río Juramento, y méas bajo, la siguiente estrofa:
Triunfareís de los tiranos
y a la patria dareís gloria,
si, fieles americanos,
juraís obtener victoria.
Esta versión pertenece a la obra "Recuerdos Históricos" del coronel Lorenzo Lugones, testigo del episodio.
El 24 de agosto entraba la vanguardia realista en Jujuy. El general Manuel Belgrano encabezó la ordenada retirada, gesta conocida como el "Éxodo Jujeño". Jujuy soportó once invasiones realistas. Lorenzo Lugones participó de la victoria de Tucumán librada el 24 de Septiembre de 1812, que significó para la Revolución, un tiempo de regocijo y de renovada esperanza Por fin el 20 de febrero de 1813, se produjo la batalla de Salta que selló la suerte del ejercito realista. El 20 de febrero de 1813,  tras el triunfo argentino en la Batalla de Salta, el santiagueño Lorenzo Lugones es nombrado Alférez de Compañía, por su destacada actuación en combate.
Participó en otras acciones durante la Guerra de la Independencia, sirviendo a las órdenes de los generales González Balcarce, Rondeau, Aráoz de La Madrid y Belgrano. En 1829, fue Jefe del Estado Mayor del General José M. Paz en la sangrienta Batalla de La Tablada. Perseguido por los federales, se radicó en Bolivia. Allí para atender a su sustento, fue panadero. Caído Juan M. Rosas, volvió al país en 1854, estableciéndose en Tucumán. El Gobierno le otorgó los despachos de Coronel el 29-05-1856. Falleció el 20 de enero de 1868 en la pobreza.

En su honor hay calles con su nombre, así como plazas. También la escuela de cadetes de la Policía de Santiago el Estero se denomina Coronel Lorenzo Lugones. El COMANDO DE REMONTA Y VETERINARIA del Ejercito también se llama “Coronel Lorenzo Lugones”.
Dalmiro Coronel Lugones, nieto de Lorenzo Lugones, poeta, folklorista, investigador del folklore, guionista, le dedicó este romance:


"Romance del Coronel Lorenzo Lugones"
En el antiguo Atamisqui
corría el noventa y seis
de San Lorenzo era el día
y de agosto era el mes.

La heredad de Pampallajta
qué hermosa estaba esta vez,
el viento le hablaba al río
de un íncito acontecer.

Allá Lorenzo Lugones
nacía al amanecer
el destino lo signaba
para el bronce y el laurel.

Linaje hidalgo heredaba
de esos Lugones de prez
que de Luna recordaban
los sus blasones traer.

De esos ilustres Lugones
que hubieron de merecer
la gloria por sus servicios
a Dios, a España y al Rey.





La Gazeta Federal publicó sobre éste parte de sus memorias:

LORENZO LUGONES (1796 - 1868) Memorias sobre la Gesta Emancipadora del Ejército del Norte
Coronel Lorenzo Lugones    

Breve reseña biogáfica

Lorenzo Lugones nació en Santiago del Estero el 10 de agosto de 1796 y murió en Tucumán el 21 de enero de 1868. A los 14 años de edad se incorporó al ejercito, al Cuerpo de Patricios Santiagueños. Como guerrero de la independencia, combatió en todas las batallas libradas por el Ejército Auxiliar del Perú en las campañas del Norte. 


Introducción

Al emprender un trabajo tan superior á mis fuerzas y ajeno hasta cierto punto de mi profesion, he tenido en cuenta concurrir con mi grano de arena al esclarecimiento de la verdad histórica de mi país, trasmitiendo á la posteridad en su verdadero punto de vista, los distinguidos hechos de tantos varones ilustres, hijos beneméritos de la Patria.

Estos apuntes no serán un modelo de elocuencia y erudicion, ni encontrarán los que los lean aquel estilo florido de otros escritores que por sí solo basta para escitar interés y cautivar la atencion; yo escribo á mi modo, llana y sencillamente los hechos que han pasado ante mis ojos y de los cuales soy actor y testigo; sin prevencion de ninguna clase, sin pretension de ninguna especie y sin aspiraciones de ningun género.

Mas antiguo en el servicio que el ilustre general Paz, comenzaré la narracion de mis recuerdos históricos desde la cuna misma de la Independencia de mi país en la formacion del ejército auxiliador del Perú.

Mis lectores me dispensarán sí en los primeros pasos de mi carrera militar me ocupo de pequeñeces insignificantes para otros; pero para mí de muy gratos recuerdos y que ponen en transparencia el entusiasmo puro de aquellos tiempos de verdadera abnegacion y patriotismo.

Cnel. Lorenzo Lugones
Buenos Aires, 1855.

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Los Nuevos Campeones de la Patria (mayo, 1810)

Nací el día diez de agosto del año 1796, en Pampallagta curato de Soconcho, jurisdiccion de Santiago del Estero, estancia de la propiedad de mis señores padres don German Lugones y doña Maria Petrona Trejo, naturales ambos de dicha capital, y de aquí podrá deducir el lector cuan al principio de mi educacion y estudios estaría yo, cuando resonó en el nuevo mundo el grito de independencia y libertad, claro está pues, que aún no había tiempo para haber salido de las tinieblas de la infancia y cuando á la luz del Sol de Mayo de 1810, quise abrir los ojos, me encontré en las filas de los que llevaban el nombre de Nuevos Campeones de la Patria.

En aquel tiempo pues, de tan grandioso y solemne acontecimiento público, no había ni podía haber otra causa que la de libertar á la Patria; los americanos del Virreinato de Buenos Aires se disputaban á cual más sacrificios hacían por una causa tan sagrada: —mi padre había hecho los suyos á su vez y sin embargo de haber contribuido con su persona y alguna parte de los cortos bienes de su muy escasa fortuna, para dar mayor prueba de su decisión y entusiasmo, quiso hacer de mí un presente á la Patria y fuí admitido á su servicio en clase de cadete en el primer ejército Sud-Americano, levantado en medio de las aclamaciones, para combatir por la Libertad é Independencia de América.


La primera carta que recibí de mi padre (octubre, 1810)

Tan luego de haberme incorporado al ejército en Santiago, marché al Perú en la comitiva del general en jefe don Francisco Antonio Ortiz de Ocampo, que mandaba la expedición, iba yo bajo la protección del secretario de guerra doctor don Vicente Lopez y á los tres días de hallarnos en Tucumán, recibí una carta de mi señor padre, escrita por la primera vez después de mi salida, cuyo contenido, poco más ó menos era como sigue:

«Santiago del Estero, octubre de 1810. — Mi querido hijo Lorenzo: — Por el Dragon Sustaita que acaba de llegar á estas con las comunicaciones del General y por la que me escribe el Secretario he sabido que llegaron buenos; mucho me alegro que hayan sido tan bien recibidos en esa; pero me ha sido muy sensible que no me hubieses escrito teniendo tan buena proporción: esta omisión no tiene disculpa y sin embargo te lo dispenso con tal que no vuelvas á cometer otra igual falta. Con el alferez Zeballos que conduce los equipages del cuartel general, te remito tu cama y la ropa militar que recien ayer la han concluido de coser: los adjuntos papeles contienen dos cosas esenciales para tí: primero, la fé de bautismo acompañada de los certificados de tu buen origen, requisito necesario para ser admitido en tu clase, no obstante que, la genealogía del militar está en la foja de sus servicios y los ascensos obtenidos con suficientes méritos, son los verdaderos títulos de su linage, el segundo es, un credencial tomado razón en ésta tesorería y librado á la Comisaria del ejército para que se te abone la onza mensual que te asigno según ordenanza, hasta que llegues á ser oficial. Te advierto que vas formalmente recomendado á mí amigo el Secretario de guerra doctor don Vicente Lopez, al Intendente del ejército y al mismo General en jefe para que ocurras á ellos cuando te sea necesario, teniendo cuidado de no molestarlos á manera de un niño majadero, especialmente al Secretario que ha de hacer mis veces contigo: advierte pues que ninguna recomendación puede servir sin el acompañado de una buena comportación: te prevengo que en todo caso el honor es lo primero y habiendo de elegir un partido entre la muerte ó la deshonra, no se debe trepidar en abrazar lo primero.

No te entristezcas por nada, ni te intimides; desecha con valor despreocupado toda idea, todo pensamiento que no esté de acuerdo con el honor y los principios; piensa alegremente en las glorias de la Patria y en su venturoso porvenir, mientras yo, pensando en lo mismo, ruego á Dios por tí. Tu madre y hermanas quedan buenas con el consuelo de que á la vuelta de un tiempo y no muy tarde, volveremos á verte. Tus condiscípulos de clase están envidiando tu suerte, Dios te la depare buena y te dé todo acierto para que al fin la Patria tenga algo que agradecerte; sírvela pues como Dios manda, id en vuestro paseo militar con las bendiciones del cielo y las de este tu afectísimo padre. — German»

Creo que mi lector no tendrá mucha dificultad para llegar á comprender los efectos que produciría en mi ánimo esta carta y deducirá también con facilidad lo que sería yo en esos primeros días, cuando nuestros padres se honraban en sacrificarlo todo á la grande y árdua empresa de nuestra independencia y libertad.

Demasiado jóven, sin los conocimientos necesarios para juzgar de las cosas, sin ideas ni voluntad propia, sujeto á la patria potestad por la minoría de mi edad; sin capacidad ni derecho para obrar por mí mismo, debo decir, que cual máquina que cede sin resistencia al menor impulso del resorte que la mueve, me dejé llevar sin violencia por las disposiciones de mi padre y á su voluntad, emprendí ó mejor diré, me hicieron emprender una carrera ilustre por ser la de los héroes; pero llena de sacrificios, terribles dificultades y peligros, glorias y amarguras, goces y privaciones.

Esa carta pues que acabo de referir y que nadie puede darle la importancia que yo, fué el primer papel escrito que tuve interés en guardar y puedo decir que lo hice con el mismo cuidado con que supe guardar un día el primer despacho de mi primer ascenso. Cada vez que me acordaba de mi padre, sacaba de entre mis papeluchos la carta para leerla tres ó cuatro veces, hasta que llegué á saberla de memoria y por eso es que creo haberla recitado tal cual como fué escrita; la conservé en mi poder mucho tiempo, hasta que llegó la ocasión de que se perdiera como otras que recibí después, juntamente con mi equipajecillo, en la derrota del Desaguadero [Huaqui].

Cuando estalló en Buenos Aires esa revolución que dió la señal de guerra contra los antiguos dominadores de la América, hubo una provincia de las del Virreinato del Plata que en el acto se pronunció armada en oposición, la de Córdoba, y en la de Santiago del Estero, aparecieron dos hombres de influencia que haciéndola pronunciar en pro, secundaron el grito de Buenos Aires, don Juan Francisco Borges en la ciudad de Santiago y don German Lugones (mi padre), en su campaña, el primero como en una categoría en lo militar y el segundo en lo civil y político, patriotas ambos, é igualmente influyentes cada cual en su respectiva cuerda, hicieron distinguidos sacrificios como lo veremos después […]

EL GENERAL BELGRANO EN EL EJÉRCITO DEL NORTE


El Gral. Manuel Belgrano, ese "curioso bomberito de la Pátria" (marzo, 1812)

Don Manuel Belgrano, general en jefe nombrado entonces en relevo de Pueyrredon, se hizo cargo del ejército á principios del año 12 en Yatasto. Al día siguiente de haber llegado mandó formar el ejército, pasó revista general, lo proclamó, lo reanimó y dando sus órdenes relativas á emprender una nueva y gloriosa campaña, contramarchó inmediatamente y al situar su cuartel general en Jujuy, destacó una división á vanguardia que se situó en Humahuaca al mando de don Juan Ramón Balcarce.

El general Belgrano, hombre de orden y de más capacidades que todos los que hasta entónces se nos habian presentado, restableció muy luego en el ejército la moral, sujetándolo, á costa de ejemplares sacrificios, á una estricta subordinación y disciplina. Pudo restablecer en regular forma una provisión y un hospital, una maestranza, una academia práctica, un cuerpo de ingenieros y un tribunal militar; pasaba revistas diarias, y como todo lo examinaba por sí mismo, juzgaba de las cosas con pleno conocimiento, y remediaba oportunamente los males.

El general Belgrano, el único indicado para salvar la Pátria en aquellas circunstancias, aparecía en todas partes como el ángel tutelar, trabajando sin descanso, rondaba el ejército de día y de noche, para imponerse de todo lo que podía ocurrir, se puede decir que nada se ocultaba á su celo y vigilancia: de modo que cuando recibía un parte, ya él estaba en los antecedentes de lo sucedido. Los soldados del ejército, no podían clasificar mejor el mecanismo y escrupulosidad del General, que llamarle el chico majadero, el curioso bomberito de la Pátria.

Mientras que el general Belgrano trabajaba en la mejora del ejército, nosotros trabajábamos también en nuestra vanguardia, en igual sentido, atendiendo al enemigo y á la disciplina de nuestra tropa á órdenes de un jefe que se manejaba con las mismas máximas de Belgrano, se puede decir que el ejército en muy breve tiempo dió notables avances en su moral y disciplina, la Patria podía contar con soldados que habían comprendido ya la profesión militar; un oficial de cualquier graduación que fuese, más quería ser destinado al punto más peligroso que recibir una reconvención del general Belgrano.


El heroico éxodo iniciado en Jujuy (agosto, 1812)

Tal fué nuestro estado, cuando hacia fines del mes de agosto, el enemigo hizo sobre nosotros un rápido movimiento y cargó con velocidad por varios puntos y á pesar de que fué sentido, no nos dejó más tiempo que el muy necesario para demoler nuestra fortificación de campaña, arrear nuestras provisiones y reunirnos al cuartel general, con la pérdida de muchos oficiales y tropa que cayeron prisioneros en varias guardias y partidas avanzadas que fueron sorprendidas.

El general Belgrano, esperó con resolución los últimos instantes, destacado, ó en franqueza diré mejor, en los suburbios de la ciudad de Jujuy. Se puede decir, que un exceso de delicadeza, honor y aun un cierto despecho patriótico, le hicieron adoptar el riesgoso plan de retirarse al frente del enemigo con el ejército en masa, cubriendo la retaguardia de las familias de Jujuy y Salta que emigraban con nosotros; ejército y familias, con pequeños intérvalos, formábamos á la vez una sola columna. El enemigo entraba á la plaza cuando nuestro ejército desfiló en retirada, cubriendo sus espaldas con reforzadas guerrillas, que á pesar de las ventajas del local y los esfuerzos que hacíamos, no éramos suficientes para contener á un enemigo que con dobles fuerzas nos perseguía con tenacidad sin dejarnos descansar: nuestra retirada llegó á ser tan apurada, que tuvimos que pasar por muchos momentos de conflicto y desesperación; entretanto el general Belgrano, recorria la columna de punta á cabo, dando órdenes que se habían de cumplir bajo pena de la vida, mientras que los valientes Díaz Velez y Balcarce sostenian la retirada del ejército y las familias, peleando dia y noche con la vanguardia enemiga.

Al pasar por Cobos y el Campo Santo, un imprevisto acontecimiento nos puso en conflicto, en el acto mismo que se ejecutaba la orden de fusilar dos soldados que se habían desviado de la columna con ánimo de desertar: hizo una tremenda explosión una carreta de municiones que se incendió de un modo inaveriguable: este fatal incidente, que en breves instantes llegó á noticias del enemigo, fué para nuestros soldados una señal de mal agüero que acabó de desalentarlos, y como por una precisa coincidencia, la persecución del enemigo, desde ese momento fué más activa, más tenaz y ofensiva, al paso que nuestra retirada se hacía más enérgica; ni ellos ni nosotros pudimos tener un descanso de dos horas completas, en el espacio de sesenta y más leguas andadas en cinco ó seis días con sus noches, dejando muchas veces reses carneadas en el camino, que el enemigo las aprovechaba, porque nosotros no teníamos tiempo para asar carne.


Todos combatimos en Las Piedras (3 de septiembre, 1812)

Al llegar al río de las Piedras, la vanguardia enemiga venía interpolada con la retaguardia nuestra, el excesivo calor, el viento, la humareda de los pajonales que nuestros gauchos les prendían fuego por ambos costados del camino, el polvo y la gritería de los enemigos que nos perseguían en barullo, sin que nada pudiesen contenerlos, hacían más completo el desórden y confusión de aquella mañana, algunas carretas de las de nuestros emigrados, cargadas de intereses, habían caído en manos del enemigo, varias guerrillas nuestras habían sido derrotadas y algunas hechas prisioneras. Deshecha nuestra retaguardia, cansada de fatiga, sueño y hambre, no podía contener ya á un enemigo que al cebo de tantos acontecimientos desfavorables á nosotros, se lanzaba encarnizado sobre nuestro ejército, como á sorberlo: nuestra pérdida era ya de mucha consideración y todo presagiaba una cierta é inevitable derrota.

Comprometido Belgrano á una acción forzosa, se vió en la precisión de tomar el único y último partido; ganó con la velocidad que exigían las circunstancias y sin vacilar, la costa del río, y destacó en el mismo paso dos baterías que sirvieron de base á la formación del ejército, que aprovechando todas las ventajas del local, prolongó una línea de batalla que en apariencia cuadruplicaba nuestro número: Belgrano corría como una exhalación á todas partes y atrincherando su línea, ya en las carretas, ya en los árboles y tupídos bosquecillos situados á la ribera del río, aseguró completamente los flancos del ejército; proclamó en muy pocas palabras, y dando orden de pena de la vida al que eche un pié atrás, esperó con firme resolución la numerosa vanguardia enemiga, que venía envanecida, pero en desórden, confundida con nuestra retaguardia entre el polvo y la gritería; el fuego de una de nuestras baterías despejó nuestro frente y el de ellos, y llegó el momento de vernos las caras en formal combate. El enemigo marchó de frente sin detenerse; más, al dar de lleno con nuestra línea, hizo alto en acción de tomar medidas de ataque, pero se advirtió que vacilaba y en esos momentos tan oportunos para quien sabe aprovecharlos, envistió nuestra ala derecha con todos los aparatos de una tempestad y el enemigo cediendo al furioso empuje de los que en la desesperación pelean con la resolución de vencer ó morir, volvió caras en masa, como quien trata de salvar sin reparar las pérdidas.

Emigrados de Jujuy y Salta, peones de servicio, comerciantes y cuantos más venían á la par del ejército, todos tomaron parte en aquel glorioso lance que dió vida á la patria. El enemigo, completamente ofuscado, huía en desordenados trozos, sin mirar en lo que dejaban atrás; fué perseguido con el mayor rigor el espacio de una legua, dejando en todo el camino muchos despojos, prisioneros, heridos y cadáveres; más de cien prisioneros de los nuestros lograron escaparse, rescatamos las carretas que poco antes nos habían tomado, y por último pudimos recuperar en mucha parte nuestras pérdidas.

A las cuatro de la tarde, el ejército descansaba victorioso: desde ese feliz momento las cosas habían tomado un aspecto enteramente diverso, el triunfo hizo desaparecer de golpe la fatiga, el cansancio, el hambre, la sed y el desaliento; en aquellos momentos de alegría inexplicables, no se pensaba más que en las glorias de la patria. Y el general Belgrano, dejándose ver de fogón en fogón, escuchaba placentero la alegre charla de los soldados, que al tender su mirada sobre ese chico majadero que infundía tanto respeto, ese curioso bomberito de la Patria, que prometía tantas esperanzas, le añadían algún renombre más, el brujo rubilingo, vicheador viejo, rondinerito de todas horas.

Al entrarse el sol, Belgrano mandó formar el ejército y pasó una ligera revista. Llamó por sus nombres á los que murieron en esa mañana: «no existen, dijo, pero viven en nuestra memoria, están en el cielo dando cuenta á Dios de haber derramado su sangre por la libertad.» Felicitó á todos dando las gracias, llenó de aplausos á los soldados, y despachando con anticipación todo lo que podía sernos embarazoso, quedó expedito para moverse cuando quisiera. Los soldados habían tomado ración doble, hicieron sus fiambres y quedaron listos. Luego que acabó de anochecer, el ejército continuó su marcha en retirada, dejando mil fogatas encendidas en la ribera del río al cuidado de un oficial que quedó destacado en el mismo paso con 25 carabineros del regimiento de Dragones.

Habiendo desaparecido los motivos que por instantes solían alterar el orden de nuestras marchas, el ejército medía ya sus jornadas, tomando las horas que le eran necesarias para su descanso, especialmente cuando apuraba mucho el sol.


Marchamos a Tucumán. Nos preparamos para dar batalla

Nuestra ruta indicaba una larga retirada hácia Santiago del Estero ó Córdoba por el camino de las Cañas; al llegar á Burruyacu, el General recibió una diputación y sin trepidar varió de dirección y condujo el ejército á Tucumán, resuelto á aventurarlo todo en defensa de un pueblo que lo llamaba en nombre de la Pátria, asegurando la victoria.

Él enemigo, escarmentado en el río de las Piedras, había hecho alto entre Metán y Yatasto, y ocupado por algunos días en tomar sus medidas, nos dió tiempo para reunir los preparativos de su buen recibimiento en Tucumán. Santiago del Estero y Catamarca, se preparaban también para auxiliamos, el entusiasmo fué general. Tucumán llevando la iniciativa en la resolución heróica de los pueblos, había jurado no ser ocupado por los realistas y lo cumplió sin omitir sacrificio. El ejército por su parte correspondió fielmente á las esperanzas de un pueblo, dispuesto á todo género de sacrificios menos al de rendirse á los enemigos.

Desde los momentos que llegamos á Tucumán, emprendimos un trabajo constante, sin perder tiempo ni omitir ninguna medida de las que debían asegurar el plan de una batalla que iba á decidir de la suerte de la Pátria.

El general Belgrano altamente comprometido á una acción decisiva, teniendo que habérselas con un enemigo superior en número, que desde el Desaguadero había marchado por el camino de los triunfos; con la atención al pueblo, al ejército y al enemigo, no descansaba un sólo instante. Su cuartel general, reducido á un corto número de hombres, corría tras él á caballo, á todas partes y á todas horas, ningún individuo de los de su pequeña comitiva desensillaba el caballo, no siendo para mudar otro. El ejército parecía que adivinaba los pensamientos de su General, bien se podía creer que entre ambos había un espíritu de emulación, á cual cumplía mejor con sus deberes, el uno mandando y el otro obedeciendo. Tal fué el estado de subordinación, amor al orden, patriotismo y disciplina á que el chico majadero pudo reducir el ejército de su mando en poco tiempo.

Belgrano en aquellos días de los preparativos para la batalla, dueño de la confianza general, vió con satisfacción cumplirse al pié de la letra todo cuanto ordenaba: se puede decir que no le quedó cosa por hacer, con un ejército que le obedecía ciegamente y un pueblo que le guardaba las espaldas […]

Nuestros soldados situados en los suburbios de la ciudad esperando al enemigo, parecia que se impacientaban ya por salir de aquel estado que muchas veces suele colocar al guerrero entre la duda y la esperanza. Entretanto el bello sexo del patriota pueblo dirigía sus plegarias al cielo y la Virgen Santisima de Mercedes.


Tucumán, "Sepulcro de la tiranía" (24 de septiembre, 1812)

Tal era nuestro estado cuando el enemigo la emprendió sobre nosotros, marchando con medida pausa, como quien en la lentitud se dá tiempo á mayores previsiones; desde Trancas abrevió cuanto pudo, el 23 pasó la noche en Pocitos y el 24 por la mañana se dejo ver por el camino del Cevil Redondo, costeando la margen izquierda del arroyo del Manantial, por entre los ralares del alto de las Tunas, bajó al campo de batalla y dió frente, inclinando su derecha hácia el bajo de los Aguirres; un cuerpo de milicianos de Santiago del Esteró llegó á tiempo y ocupó un lugar en la línea con su comandante don Pedro Pablo Montenegro, los de Catamarca llegaron también; pero no tuvieron tiempo para reunirse, el enemigo se había interpuesto, y quedaron cortados, perplejos y vacilantes hicieron uno ú otro movimiento, como quien entre varios caminos trepida sobre cual debe tomar; intentaron pasar tal vez y lo hubieran hecho; pero el ruido de los primeros cañonazos y la vista de tantos aparatos (desconocidos para ellos) los ofuscó y contramarcharon como en busca de una posición menos violenta; algunos gauchos comedidos reunidos con los baqueanos del ejército, se habían situado á lo lejos sobre nuestro costado izquierdo y permanecían á la espectativa, como quien está á las resultas: éstos alcanzaron á ver un gran grupo de hombres que se ponian fuera de combate, creyeron que eran enemigos y se lanzaron sobre ellos los catamarqueños sin volver los ojos atrás fueron perseguidos por los mismos nuestros un largo trecho, entretanto los milicianos de Tucumán y Santiago del Estero, reunidos al ejército, triunfaban por otro lado.

No me detendré en detallar los pormenores de una batalla, que cada año se renueva su memoria en celebridad del 24 de setiembre del año de 1812. El ejército triunfó en ese día, la patria se salvó, y Tucumán con el honroso título de Sepulcro de la tiranía, vió con gloria cumplidos sus votos y volar su nombre en las alas de la fama y á sus recreadores suburbios que se dilatan al sud-oeste, señalados por la victoria con el nombre de Campo de Gloria y Honor, y los vencedores en ese día, distinguidos con el título de Beneméritos á la pátria en grado heroico y en escudo de paño celeste al brazo izquierdo, que en medio de un círculo de palma y laurel bordado de hilo de oro se leía lo siguiente: La pátria á sus defensores el 24 de Setiembre del año de 1812 en Tucumán.

El enemigo aprovechando los momentos de un cierto desórden, consiguiente á aquellos instantes, en que nuestro ejército al romper por varias partes la línea enemiga, todo lo envolvió con denuedo, ocasionando una sangrienta baraunda casi inentendible: en estos momentos pues, que la victoria se decide en pro de los unos y en contra de los otros, pudo el enemigo reunir sus acuchillados restos á la reserva y permanecer algun tiempo sobre su mismo sepulcro, tirando de tarde en tarde un cañonazo á la plaza; entre los conflictos de su situación tomó el partido de intimar rendición, recibió por contestación, una burla, un desprecio y una amenaza que le hizo entender qué conociamos que, nuestra posición no era de recibir intimaciones, sino de intimar; bien convencido estaba el enemigo de su pérdida y solo buscaba los medios de poder salvar lo que le había quedado: permaneció algunas horas más manifestando deseos de tratar, hasta que llegó la noche y al abrigo de ella emprendió una retirada, que si la nuestra de Jujuy á Tucumán fué honrosa, la dé ellos de Tucumán á Salta no fué menos.


La retirada del enemigo de Tucumán a Salta fué tan honrosa como la nuestra de Jujuy a Tucumán

El general Belgrano alistó con la brevedad posible y destacó en persecución de ellos, una ligera fuerza a las ordenes del fogoso é infatigable Diaz Velez. Muy poco pudo andar el enemigo sin recibir por la espalda, las salutaciones de los que íbamos en su alcance; nos recibió con todo aquel valor necesario para resistir los furiosos ataques que frecuentemente hacíamos sobre ellos, de diversos modos y á distintas horas; nuestra persecución llegó á ser tan cruel hasta cierto punto, llevada en represalia por un camino que poco antes lo habíamos andado en retirada perseguidos por ellos con igual rigor.

Sin caballería que protegiera á la infantería, por caminos desconocidos, sin baqueanos, sin agua ni viveres y sin poder tomar un día de descanso, pasando muchas veces por larguísimas jornadas donde no encontraban mas que pencas de tuna para chupar y aplacar la sed, despues de vencidos en una batalla, sin haber tenido tiempo de refrescar, se resistían increiblemente como quien dice: muerto si, prisionero no; pero los que llegaron á caer en nuestras manos, eran tan bien tratados que muy luego de estar con nosotros, nos pedian con la misma franqueza que á unos hermanos, todo lo que necesitaban, especialmente carne asada para comer y caballos para montar. Tal fué el modo como el enemigo se retiró con sus restos hasta que pudo ganar la plaza de Salta.

Tan luego que pudieron acercarse á la ciudad, tomaron con prontitud medidas para asegurarse de la ocupación de ella y descansar, ganaron con presteza todos los puntos donde podrían hacerse fuertes y evitar que entrásemos tras de ellos á la ciudad. Salta á la llegada de ellos y la nuestra, fué saludada con un diluvio de balas que en fuego activo se cambiaban como en despedida, descargas de fusil contestaban á los adioses de nuestros carabineros. El enemigo logró atrincherarse en la plaza y nosotros aparentando permanecer en el sitio, establecimos una línea de destacamentos desde el Portezuelo hasta el río de Arias, cubriendo el campo de Castañares con pequeños grupos de gauchos que hacían el papel de sitiadores por aquella parte; permanecimos poco mas ó menos hasta las doce de la noche del siguiente día, y dejando mas de trescientas fogatas encendidas, levantamos nuestro campo con dirección á Tucumán por el camino de las cuestas.

Al regreso de esta campaña ascendí á Alferez de compañía.


Nos preparamos para la campaña de Salta

En los meses de octubre, noviembre y diciembre, Belgrano se ocupó en recoger los frutos de la victoria obtenida en setiembre, reorganizó el ejército, aumentando considerablemente su número con los contingentes venidos de los pueblos, y los batallones números primero y ocho de Buenos Aires; lo equipó completamente y arreglando con mayor esmero el parque, la artillería el convoy de hospital y víveres, quedó espedito en el espacio de cien días para abrir una nueva campaña.

Estábamos en el año 13 y casi á fines de enero, el ejército emprendió sus marchas sobre Salta, depreciando aguas, soles y ríos crecidos, y al pasar por el de las Piedras el General hizo alto como de descanso por un día y como quien pasa una ligera revista, mandó formar poco más ó menos en el mismo lugar donde poco antes, las circunstancias nos habían obligado á una acción forzosa.

Belgrano en el campo de sus primeras glorias, arengó recordando el triunfo de aquella vez en ese día; «La sangre de los que murieron aquí, ha sido vengada en Tucumán, y la de los que han muerto allí, será vengada en Salta» — dijo, y concluyó encargando á todos la subordinación, y disciplina, unión, valor, constancia, amor á la Patria y á las glorias.


Ratificamos nuestro Juramento a la bandera blanca y celeste á orillas del río Pasaje, al que llamamos Río del Juramento (13 de febrero, 1813)

Llegamos al río del Pasaje, punto de reunión general para el ejército, y aqui se recuerda un acto solemne, digno de la historia. Habiendo el ejército formado en parada conforme á la orden general, se presentó en el cuadro, Belgrano con una bandera blanca y celeste en la mano que la colocó con mucha circunpección y reverencia en un altar situado en medio del cuadro; proclamó enérgica y alusivamente y concluyó diciendo, "Este será el color de la nueva divisa con que marcharán á la lid los nuevos campeones de la Pátria."

Esta es pues, la bandera que por primera vez flameando en el suelo Patrio, á las márgenes de un río memorable, improvisada por el genio y enarbolada por la libertad, como dice el cantor insigne, en el Nuevo Mundo renovó de la pátria el antiguo esplendor, y llevada luego en triunfo por el héroe Belgrano en la cima del Potosí tremolando, los huesos conmovió del Inca en sus tumbas; ella es tambien la que traspasando los Andes con San Martin, atravesando las dulces y salados mares, arribó triunfante hasta el Chimborazo y el libertador Bolivar la saludó reverente; ella es finalmente la que flameando siglos enteros en el suelo Argentino, recordará á los hombres, mil pasados tiempos de gloriosa ventura, grabados en la historia por hechos que eternizan el nombre Argentino.

¡Oh Bandera de mi Patria guerrera! ¡Signo precioso de la libertad, inmortal divisa de la noble igualdad; yo tambien en ese día, acaso el más joven de todos los guerreros de ese tiempo, en medio de todo un ejército que desfilaba por delante de tí, á tus pies, juré por la Patria, en cien batallas vencer ó morir!

El ejército ratificó su juramento besando una cruz que formaba la espada de Belgrano, tendida horizontalmente sobre el asta de la bandera; con este ceremonial concluyó el acto y el ejército quedó dispuesto para la primera señal de partida.

A distancia de cien pasos del paso del río, sobre la ribera que gira al oeste, á la altura de un notable barranco, había un árbol que por su magnitud se distinguia sobre todos los de sus cercanías; limpiando una parte de su corteza, hácia media altura de un hombre, en medio de un círculo de palma y laurel, dibujado en el tronco del árbol se grabó una inscripción que decía, "Río del Juramento", y más abajo la siguiente estrofa:

«Triunfaréis de los tiranos
Y á la pátria daréis gloria
Si, fieles americanos

Jurais obtener victoria.»

La batalla de Salta en el campo de Castañares, una victoria completa (20 de febrero, 1813)

Esforzando el ejército las marchas de día y de noche en los días 15 y 16 de febrero, atravesó los campos del Pasaje avanzando rápidamente hasta el Algarrobal, y dejando aquí á un lado, todos los caminos reales, el 17 por la noche atravesó las sierras de la Lagunilla y trastornando las cumbres que se encadenan desde la caldera hasta el cerro de San Bernardo, descendió con todo su tren, y á la vista del enemigo, hácia las ocho de la mañana del 18 al paso del río Baquero, donde pasó el día y la noche, cortando la retirada á los de Salta y la comunicación á los de Jujuy; el 19 arreando de frente todos los obstáculos que el enemigo pudo presentar, ocupó Castañares, y el 20, hácia las cuatro de la tarde, fuimos del todo victoriosos, despues de una sangrienta batalla que duró desde las diez, poco más ó menos de la mañana. Reconcentrando el enemigo sus destrozados restos bajo las trincheras de la plaza, pidió una capitulación y el 21 puso en nuestras manos todos los despojos consiguientes del triunfo y los tratados, rindiendo armas y banderas, bajo las garantias de las leyes de la guerra, jurando no volverlas á tomar contra la pátria. Todo quedó en nuestro poder, y Salta cubierta de laureles, depositaria de mil trofeos gloriosos, cantó la victoria á la par del ejército.

Los vencedores en ese día, fueron premiados con un grado más sobre el que tenían y un escudo de oro en el brazo izquierdo, en cuya grabadura de relieve se leía Honor al benemérito de la pátria en grado heróico, vencedor en Salta el 20 de Febrero de 1813.

Mis lectores habrán visto ya y tal vez formado alguna idea de lo muy poco que me he ocupado en minuciosas descripciones, en detalles de nuestras marchas, combates, batallas, etc., dejando á un lado pequeños incidentes que me han parecido puerilidades, sobre los buenos ó malos hechos de oficiales subalternos, que casi todos los del ejército, se puede decir, eran valientes y buenos: en la batalla de Salta no se puede esceptuar ninguno porque con generalidad se portaron todos bien con igual valor y empeño; pero hay un hecho sobresaliente en aquel campo de batalla que es preciso descubrirlo: cuando nuestros batallones y escuadrones entraban por su turno á la línea de batalla, el mayor general don Eustaquio Diaz Velez los colocaba en su respectivo lugar, y con este objeto recorria la línea á gran galope con sus ayudantes; no se si un batallón de los nuestros entendió mal una voz de mando ó el enemigo quiso pegar primero para pegar dos veces; generalmente se decia que el batallón nuestro presentó sus armas para dar mayor lucimiento al despliegue que acababa de hacer y que un batallón enemigo que se hallaba al frente quiso imitar el movimiento, el hecho es que antes de la seña de ataque uno y otro batallón hicieron á un tiempo la descarga que llenó de humo el espacio de entre ambas líneas; casualmente Diaz Velez se encontró medio á medio de la escena y cayó herido juntamente con su ayudante don Gregorio Lamadrid.

En estos mismos instantes el comandante don Manuel Dorrego, con su pequeño batallón de cazadores había hecho un avance y el momentáneo favor de un pequeño buen suceso, lo indujo á que se adelantara mas allá de lo regular. El batallón Real de Lima que se hallaba á su frente, hizo un movimiento análogo que alucina á Dorrego y avanza mas, y cuando nuestros cazadores llegan á cierta altura, el Real de Lima lo envuelve por ambos flancos y se interpolan; el teniente coronel don Cornelio Zelaya que á la sazon entraba con sus Dragones, en formación sobre ese costado, lo advierte, toma un escuadron, se lanza como el rayo sobre aquella interpolación y la desenvuelve, los golpes de la caballería favorecen á los que en situación crítica y aislada iban á ceder á la desigualdad del combate, Dorrego y sus cazadores se salvan, se rehacen y vuelven á la línea á paso de escape; Zelaya con sus dragones cubre la retaguardia de los que acaba de salvar y vuelve tambien á la línea á paso regular, con la serenidad de ánimo, la satisfacción del triunfo y la inequivoca idea de que ningún peligro de los que pudieran sobrevenir en el curso de la batalla, podia ser mayor que el que acababa de superar en ese venturoso lance, donde su deber lo condujo para hacerlo dueño del triunfo; bien se puede asegurar que este hecho debió influir no muy en poco á la decisión favorable que puso en nuestras manos el triunfo completo en ese día.

Los muertos en la batalla, asi los del enemigo como los nuestros, fueron enterrados en un mismo lugar que queda señalado con una cruz de madera, que desde una distancia se deja ver; al pié de ella había una tablilla con la inscripción siguiente: Memorable día 20 de Febrero de 1813 — Hé aquí el sepulcro donde yacen juntos vencidos y vencedores. Los jefes y oficiales muertos de una y otra parte fueron enterrados en los cementerios de las iglesias.

Fuentes: 

- Coronel Lorenzo Lugones; "RECUERDOS HISTÓRICOS. Sobre las campañas del Ejército Auxiliar del Perú en la Guerra de la Independencia". Publicación Oficial. Autorizada por el Gobierno de la Provincia de Santiago del Estero. Bs. As., 1896 (Arch. Fundación "Dr. RAMÓN CARRILLO")
- Gentileza de la presidente de la Fundacion, Teresita Carrillo
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar

Leonardo Castagnino

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jueves, 15 de enero de 2015

AMENAZANTE CARTEL COLOCADO POR OBISPO JESUITA EN LA IGLESIA DE SANTO DOMINGO EN 1655

AMENAZANTE CARTEL COLOCADO POR OBISPO JESUITA EN LA IGLESIA DE SANTO DOMINGO EN 1655



Cartel que ordenó poner el Obispo de la Ciudad de Buenos Aires, en la puerta de la Iglesia de la Compañía de Jesús, el 8 de febrero de 1655.

El Santísimo y Reverendísimo Señor Ministro Don Fray Cristóbal de Mancha y Velazco, obispo de esta ciudad, tiene mandado por auto para que todos los fieles cristianos acudan a oír el sermón que su Santísima predica los domingos en la tarde en la Iglesia del Señor Santo Domingo de esta ciudad, so pena de ex comunión mayor y late sentencie. Y que no vayan a otra ninguna iglesia aunque sea con diferente título y pretexto, y asímismo que ningún predicador de cualquier estado y calidad que sea, aunque sea regular en dichos domingos en la tarde, no predique ni haga plática, ni en las iglesias de sus conventos en conformidad a lo dispuesto por el Santo Concilio de Trento.
Don Juan Ramirez de Arellano (notario)
El presente documento se encuentra en el Archivo General de la Nación, Colección Biblioteca Nacional, Doc. N° 4456