domingo, 8 de febrero de 2015

AGATA, la Flor de la Mafia

 AGATA, la Flor de la Mafia

Se llamaba Ágata Cruz Galiffi



 Era hija de Juan Galiffi, un próspero comerciante llegado de Sicilia. Pero Don Galiffi, no era un hombre común, era “ Chicho Grande”, el Jefe de la “onoravele societá” (la Maffia) en la Argentina, durante los años de su apogeo desde 1927 a 1939 alias “Chicho Grande”, uno de los responsables de que a Rosario se la conociera como “la Chicago argentina”. Prostitución, juego clandestino, extorsiones, crímenes por disputas de poder, secuestros a millonarios (aclaro: no es la Argentina de hoy, es la de la década del 30), ese era la realidad detrás del empresario exitoso que era Don Galiffi.




 Nació el catorce de julio de 1916 en Gálvez. Dato ambiguo es su lugar de nacimiento. Ella en un reportaje que le hace la revista “Gente” (1972) se reconoce como oriunda de “Gálvez, en la provincia de Santa Fe”. En el libro de E. Goris (1999) se la hace nacer en “Gobernador Gálvez”.  ¿Gálvez, al norte de Santa Fe, o Villa Gobernador Gálvez, al sur de la provincia, al lado de Rosario? Como vemos, uno de los personajes más recordados por la memoria popular y de quien menos certezas se tiene.

Su historia de mafiosa está vinculada al ocaso de su padre.

El secuestro y crimen del joven Abel Ayerza -perteneciente a una familia tradicional de Buenos Aires ligada a la clase dirigente nacionalista- es el principio del final de la carrera de “Chicho El Grande”. Da inicio en el país de un encarnecida “cacería de mafiosos”. La amplia repercusión mediática del caso -al que caratulaban ya no como un hecho policial aislado sino una “cuestión de seguridad nacional”, según explica Osvaldo Aguirre en su libro “Historias de la mafia en la Argentina”. La conmocionada opinión pública exaltaba sentimientos de rancia xenofobia, y  convertían a la inmigración italiana en la enemiga más temida, gracias a la fama de Al Capone y compañía.

En 1933 su padre, Juan Galiffi fue condenado a un año y ocho meses de prisión por falsificación de billetes y a un año y tres meses por uso de documentos falsos (nunca se le pudo comprobar ningún delito mafioso). En 1935 fue finalmente deportado del país y no volvería a reencontrarse con Ágata excepto por una única concesión que obtuvo: presenciar el casamiento de su hija con el abogado Rolando Lucchini -administrador de los bienes de la familia- y honrarla con una “enigmática” dote de bodas que le bastó para prefigurar un desenlace. 

Ágata tenía por entonces 19 años y se separó tiempo después, enamorada de Arturo Pláceres, un delincuente con un gran prontuario en su haber.



Era por entonces conocida como  “la Gata Galiffi” y su objetivo era reorganizar la Maffia nuevamente. Si bien la mafia como organización ya había sido desarticulada, aún quedaba un vestigio, una “flor”, y ésa era Ágata. Crítica se empecinaba una vez más en heredarla como “la capitana de la mafia” y afirmaba que: “Los elementos viejos de la camorra fueros reemplazados por Ágata con elementos jóvenes, algunos de ellos criollos, sobre la base de un plan mucho más amplio que el trazado por el padre. Quería Ágata organizar una temible banda de pistoleros, contrabandistas y fulleros profesionales, entre los cuales debían entrar un buen número de elementos del trust, que iban a actuar en los hipódromos de esta ciudad [Rosario] y La Plata.”
Viaja alrededor de 1937 o 1938 a San Miguel de Tucumán con su pareja, Arturo Pláceres, hombre que acababa de salir de prisión por falsificación de documentos públicos y que sería presentado como “pistolero” y  aficionado al teatro. El viaje a Tucumán estaba tan lejos de ser el de dos amantes prósperos como del propósito de abrir una casa de juegos, según habrían declarado. Su objetivo era robar el tesoro del Banco de la Provincia de Tucumán y también colocar plata falsa. Su padre, Juan Galiffi había regalado a su hija una enorme cantidad de dinero falso escondido en el doble fondo de un cofre, regalo de casamiento. Este había sido efectuado por el alemán Otto Ewert -célebre falsificador- que fraguó los clisés y Blas Achinell se encargó de la impresión con una minerva.
El “plan maestro” consistía en cambiar ese dinero por el auténtico del banco y así poder vehiculizar el regreso de su padre a la Argentina.
Alquilan una casa en Rivadavia 164. La excusa era que la casona necesitaba refacciones. Una cuadrilla de obreros trabajaba en ella sin descanso. El túnel era una obra de verdadera ingeniería: dividido en tres tramos, de 34.20 y 66 metros, con 65 cm de alto por 63 cm de ancho y abovedado en el techo, contaba con instalación eléctrica y oxígeno, tenía un foco cada 8 metros, rieles para conducir el carrito que sacaba la tierra y tubos de aireación.
El objetivo la bóveda del tesoro del Banco de la Provincia. “Todos los detalles habían sido previstos, menos el más importante: el tesoro resultaba inexpugnable, ya que estaba protegido por una losa de cemento y acero, que no podía ser vencida por simples herramientas”, concluye Osvaldo Aguirre en su libro.
El hilo que permitió atrapar a la banda, fue cuando uno de sus socios, cuatro en total, intentó pagar bebidas en una confitería. El dueño, desconfió del billete de cien pesos y dio aviso a la policía que detuvo al pasador, un tal Agustín Fernández. Tenía en su poder Agustín Fernández  388 billetes falsos de mil pesos y otros 64, también apócrifos, de cien. Fernández aseguró a su detención que Pláceres le había entregado el dinero falso, con la misión de entregárselo al verdulero Antonio Di Santo. El hombre dijo que había conocido al compañero de Ágata a través de Emilio Uriondo, conocido pistolero de la zona en la época. Cuatro días después del arresto, también en San Miguel de Tucumán, se descubrió un túnel que conducía al Banco de la Provincia. La construcción causó asombro. Se supo que había sido abierto por obreros bolivianos contratados por Uriondo, que habían trabajado durante cuatro meses. La construcción, sin embargo, había quedado inconclusa, por motivos nunca aclarados.

La “gata” Galiffi tenía 23 años cuando en 1938 la policía la encontró junto a Arturo el “Gallego” Pláceres y a un amigo en un bar de la Calle Santa Fe y Maipú, con la excusa de buscar sus documentos fueron escoltados hasta la pensión donde estaban en San Lorenzo al 700, de Rosario y es allí donde se produce otro tiroteo espectacular que pasó a la memoria popular, allí Ágata y su pareja logran escapar, mientras su amigo cae muerto junto a dos policías.

La detención fue en Rosario, un 23 de mayo de 1939, a la madrugada, cuando después de un frustrado allanamiento en la casa de la curandera Margarita Iturbide de Jovita, que había refugiado a Agatha, uno de los policías se quedó “chamullando” a la mujer y le sacó información clave. La pareja fue detenida en la vivienda del obrero ferroviario Tomás Clarke. Allí estaban ocultos bajo los seudónimos de “Doña María” y “Don Antonio”. Al ingresar al inmueble, encontraron al “Gallego” afeitándose, mientras “La Gata”, estaba a su lado. Lo primero que atinó a decir fue: “No lo vayan a matar, él no hizo nada”. Una vez detenidos, y siguiendo el hilo de la investigación se logró establecer la responsabilidad de la banda de Ágata en las falsificaciones y en la construcción del túnel. Los detenidos fueron trasladados a Tucumán.
Allí comienza la “Cruz” de Ágata. Es condenada a 10 años de prisión, al confesar sus crímenes por pedido de su compañero quien prometió que la sacaba en 20 días. Pero este no la pasaba bien. Se supo que Pláceres estaba preso en una mazmorra con conocida como "El cadalso", cuyo uso había sido prohibido por orden judicial.

Las condiciones de encierro fueron severas. Por falta de una cárcel de mujeres en aquella provincia es confinada en el Hospital de Alienados, recluida en una pequeña celda de un metro por dos, con barrotes recubiertos con alambre tejido. Una verdadera jaula en la que permanecerá siete largos y penosos años. Ágata tuvo que soportar los peores castigos, pasó su encierro entre intentos de violación, soñando con la muerte de su padre la misma noche en que esta ocurría y con duendes verdes y feos que a veces aparecían en su celda.
Tenía prohibida toda visita, salvo algunas monjas.-

En 1972 declararía a la Revista “Gente”: “Creían que yo era un monstruo, una pantera. La celda tenía un metro ochenta de largo por un metro veinte de ancho. Los barrotes eran gruesos, fuertes, pero igual forraron la celda con alambre tejido. Tenían miedo de que me escapara y entonces fabricaron esa jaula. Allí pasé siete años y un mes. Sólo podía hablar con las monjas, que me contaban cosas; llorar y rezar el rosario hasta que conseguía dormirme. La celda no tenía baño. El único baño del lugar lo compartía con las enfermas, Cada vez que iba, tenía que ponerme una especia de túnica y unos grandes zuecos de madera. Pero eso no era lo malo. Lo malo eran los gritos de las enfermas, esos aullidos en la noche.”

En libertad, volvió a Rosario donde se la encontró trabajo vendiendo publicidad por la calle, tuvo distintos trabajos y luego se fue a Caucete, San Juan, donde los Galiffi tenían viñedos.
Allí se dedicó al cultivo de viñedos de la antigua propiedad de su padre a la que llamó –como si el nombre pudiera restituirle un paraíso perdido: “La viña del Señor”. Allí vivió sin sobresaltos acompañada de una hija y de su hermano. Para sobrevivir al llegar tuvo que empeñar de sus valiosas joyas. Allí formó pareja con un porteño, de oficio pintor, llamado Julio Fernández, adoptando una hija llamada Karina Alejandra Fernández.

Cuando la ubicó en 1972 periodistas de Gente, llevando una vida limpia, como dueña de una zapatería, en donde le decían “la Nena” o señora simplemente, y solo se hablaba maravillas de la ella.
De los años de locas aventuras solo conservaba un medallón con la foto de Don Chicho, su padre, a quien Ágata veneraba.



En San Juan capital vivió sus últimos años -cuando ya había vendido su finca- en un alto edificio en el cual tenía un departamento, sobre calle 9 de Julio y Caseros, conforme un diario local. De esta etapa, varios de sus vecinos aún la recuerdan con simpatía y cariño y sobre todo por su indudable filantropía. Parece ser que su salud se deterioró por un problema digestivo o hepático. Fue internada en el entonces Sanatorio Almirante Brown.  Pero más que nada cayó en un tremendo estado depresivo, prácticamente se dejó morir. Se cuenta que en la ocasión Ágata, que ya no quería comer, accedió a que una dilecta amiga, llamada Encarnación Font, le diera "algunas cucharadas de sopa''. Fue cuando le dijo muy apesadumbrada: "negra, nos abandonaron todos...''. Al día siguiente falleció, era un crudo invierno del 6 de julio de 1985.

En su tumba sencilla existe una placa de bronce, con una de sus fotos, una frase afectuosa de su compañero e hija, y la figura de un reloj, que con sus agujas señala la hora de su muerte. Estos datos indican la última morada de esta mujer tan particular, de personalidad dual, que indudablemente formó parte de una historia que tuvo ribetes legendarios.


7 comentarios:

  1. Muy interesante. Muchas gracias por la publicación

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  2. Muy interesante. Muchas gracias por la publicación

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  3. Qué bueno saber sobre la vida de la "Flor de la Mafia". Una historia interesante y muy particular. Gracias!

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. Bueno ahora tenemos a los monos en Rosario,y en Tucuman a Manzur y Alperovich.

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  6. Mi madre siempre contaba estas historias

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