martes, 14 de julio de 2015

LAS SIETE INVASIONES INGLESAS AL RÍO DE LA PLATA

LAS SIETE INVASIONES INGLESAS AL 

RÍO DE LA PLATA



Nos han acostumbrado a considerar las invasiones de 1806 y 1807 como la primera y la segunda; pero las invasiones inglesas son siete, cuatro en la Época Hispánica y tres en nuestro desarrollo independiente. Antes de referirnos a ellas debemos primero hacer algunas consideraciones.
Uruguay y la Argentina son los países americanos que más cantidad de costa han perdido a lo largo de la historia. Se nos dirá que Bolivia perdió toda su costa del Pacífico, es cierto, pero Uruguay y en parte la Argentina perdieron una extensión mucho mayor que la boliviana.
Si partimos de la base de que nuestro territorio original fue el del Virreinato del Río de la Plata, hemos perdido la costa marítima que va de la Isla Santa Catalina hasta la frontera actual con Brasil en la localidad del Chuy.
En el sur desde 1810, Argentina ha perdido por lo menos la mitad del Estrecho de Magallanes y las costas de las islas, al sur del Beagle que dan sobre el Atlántico.
Hasta 1826, las costas del Alto Perú (hoy Bolivia) sobre el Pacífico, pertenecían primero al Virreinato y luego a las Provincias del Río de la Plata. Incluso el Puerto de Cobija perteneció a la jurisdicción de Salta.
Tampoco somos dueños, todavía, de nuestras grandes islas del Atlántico Austral como Malvinas y Georgias del Sur y se nos disputa la posesión de las islas Sándwich. Argentina las reclama pero desde que fueron puestas a la orden de la Capitanía de Puertos de Montevideo PERTENECIERON INDISCUTIBLEMENTE A LA PROVINCIA ORIENTAL.
En cambio Brasil tiene su isla Trinidad a 1.200 kms. de Río de Janeiro; Ecuador conserva las islas Galápagos a 1.050 kms. de su costa y Chile tiene las islas Juan Fernández y la de Pascua, esta última a más de 3.000 kms. de su costa continental.
En general casi todas las naciones americanas han conservado sus islas, aunque Venezuela haya perdido a Trinidad; pero ninguna ha sufrido y sigue sufriendo una presión tan sostenida y constante del Imperio Británico.
En la época hispánica se podía comprender esa presión y ese ataque a España, en una lucha de predominio España y Francia por un lado, unidas por los lazos familiares Borbónicos y desde 1761 por el "Pacto de Familia", e Inglaterra pujante, formando su imperio en base a su poderío marítimo y su adelanto industrial.
En la época independiente, la agresión es mucho menos justificable. La Argentina obtiene su independencia contando con la ayuda inglesa en armas y pertrechos. Es cierto que paga el duro precio de la dependencia económica, pero esa era una fatalidad como explicaremos.
Los argentinos fueron muy buenos amigos de Inglaterra, nos convertimos nosotros también en su proveedor de cueros, grasas y carnes; nos adaptamos a sus necesidades y modalidades; pero fuimos atacados en Malvinas, en el Atlántico Austral y en la Antártida, en plena paz.
Los tiempos han cambiado, la Argentina ha alcanzado su independencia económica, pero aún sigue la irritante presencia inglesa en parte de su territorio y seguimos sufriendo en nuestro país la ocupación argentina en Martín Garcia, aún estando en paz y esperando reivindicaciones que duran demasiado en concretarse.
No todo fue negativo en este dominio inglés de nuestra economía, ni podemos dejar de admirar el empuje inglés en las empresas humanas y el vigor de sus instituciones democráticas, así como la defensa de la libertad que realizó Inglaterra en las dos últimas guerras mundiales; pero la nación de Nelson, Wellington y Churchill, la de Locke y Shakespeare deberá reconocer que otra nación que ha tenido a San Martín, Belgrano, Brown, Rivadavia, Mitre, Sarmiento y Roca, no puede seguir teniendo ocupadas las Malvinas, sus islas australes y antárticas, con argumentos basados y sostenidos con la fuerza.
Esa pérdida de costas e islas soportada por la Argentina, por una presión que es la de las mayores que ha realizado la "Reina de los Mares" a un país sudamericano, es cierto que tiene otros factores de causa; pero la acción inglesa ha sido decisiva. Nuestra falta de conciencia marítima, nacida de problemas coloniales y 1a existencia de una vasta y rica tierra, de demografía débil, han influido para posibilitar ciertas acciones; pero los uruguayos tenemos condiciones para el mar y estamos reaccionando.
¿Cuáles han sido las causas para que Inglaterra interviniera más en Uruguay y la Argentina que en otras naciones sudamericanas? Creemos que son varias y las expondremos brevemente.
Es indudable que hubo un motivo político básico que fue el de consolidar el poder del imperio inglés, en una zona importante y rica con grandes posibilidades potenciales.
Consideramos muy importantes los motivos geopolíticos y navales, por ser el Atlántico austral un mar de creciente importancia estratégica y a Inglaterra le interesaba dominar la Argentina o alguna de sus partes,como la Banda Oriental, hoy Uruguay, así como dominó en Singapur, la India y Ceylán, Sudáfrica Y Gibraltar. Todas esas posiciones eran o son dominantes del pasaje entre mares, capitales para una potencia marítima. Así como desde Cabo de Buena Esperanza se domina el pasaje Atlántico al Indico, desde Colonia del Sacramento se dominaba la entrada y salida de la hoy llamada Hidrovía del Río Uruguay y Paraná hasta el Mato Grosso brasileño y la Patagonia, Malvinas o la península Antártica, se domina el pasaje del Atlántico al Pacífico Austral. Esta última meta empezó a tener enorme importancia desde fines del siglo XVI a 1914, en que se inauguró el Canal de Panamá. Su importancia potencial siguió subsistiendo y ahora crece con la posibilidad de anulación del Canal por sabotaje o la presencia en los mares de petroleros, graneleros o minerales gigantes, cuya manga no permite el uso de Panamá.
Los motivos económicos dieron importancia a la Argentina y sus mares fueron otro de los factores importantes, motivadores de las repetidas agresiones.
Desde que en 1680 Dn. Manuel Lobo fundó la Colonia del Sacramento, base avanzada de la penetración portuguesa en el Río de la Plata, esta población fue el mayor centro del comercio legal y contrabando en el Virreinato. Buenos Aires creció con el contrabando realizado por los ingleses, portugueses, holandeses y franceses. Los funcionarios hacían la 'vista gorda' y los perjudicados fueron los comerciantes monopolistas y el comercio mercantil español.
Se reveló entonces la capacidad potencial de Buenos Aires y del litoral, fundamentalmente en riqueza ganadera. Además, desde 1776 la plata del Potosí debía llegar y salir de Buenos Aires. La riqueza ganadera, cueros en enorme mayoría, astas, cebo, tasajo o carne salada, se obtenían y vendían muy baratos y se adquirían todo tino de productos manufacturados de los que carecía el virreinato, especialmente textiles de calidad.
Inglaterra fue la primera nación e tuvo su revolución industrial y desde 1770, aventajó en 30 ó 50 años al resto de Europa. Con excesos de producción debía buscar mercados o si era factible o mejor, colonias donde ubicarlos. Si además podía extraer de esos mercados materias primas baratas, mucho mejor.
El Río de la Plata no sólo reunía todas las condiciones, sino que potencialmente era extraordinario.
Finalmente otra circunstancia económica primó en los últimos tiempo para la "invasión marítima inglesa": la riqueza en pinnípedos y ballena de nuestras costas y mares patagónicos y malvineros.
A partir de la tercer década del siglo XVIII hasta nuestros días, primero los británicos, luego los norteamericanos, franceses, noruegos, holandeses, sudafricanos, han devastado nuestros mares de cientos de miles de cetáceos y de varios millones de pinnípedos, hasta casi la extinción de especies y exterminio masivo de otras.
Hoy siguen rusos y japoneses y esta historia continúa.
Pasemos entonces somera revista a las siete invasiones inglesas, recalcando sólo algunos aspectos menos conocidos o expresando conceptos que pueden resultar novedosos.
La primera invasión inglesa (1763)
El poner una fecha sólo significa marcar el momento de mayor esfuerzo de la intentona, porque podríamos decir que desde 1680 a 1777, casi por un siglo, Inglaterra apoyó, alentó o participó en un continuado ataque contra el virreinato del Río de la Plata, ya fuera como aliada declarada en la ayuda al agresor portugués, o en el apoyo diplomático con su poderío de primera potencia en el momento de la paz, o con su acción directa, todo en la zona del noreste y Río de la Plata.
Desde su fundación de la Colonia del Sacramento en 1680, este puerto se convirtió en el centro del comercio y contrabando portugués y también Inglés.
En 1703 por el tratado de Methuen, Inglaterra y Portugal iniciaron una alianza comercial y política que traería frutos muy importantes para ambas potencias. Esta alianza estrecha y sostenida fielmente hasta 1911, es una de las más notables y de mayor extensión en el tiempo de la historia moderna. Portugal siguió en interdependencia las aguas inglesas triunfadoras y obtuvo, en cambio, muchos dividendos que no hubiera obtenido en forma singular.
Podríamos decir en cuanto al Virreinato, que la acción anglo-portuguesa se ejerció en forma combinada en el nordeste y Río de la Plata, con los portugueses como principales protagonistas y en la Patagonia e islas del Atlántico Sur por solo los ingleses, los cuales ocuparían Puerto Egmont en Malvinas.
No bien se conoció en Buenos Aires la creación de la Colonia del Sacramento, el Gobernador dispuso una expedición para expulsarlos y el 7 de agosto de 1680 luego de encarnizado combate, la plaza fue tomada. El brillante y completo triunfo fue anulado por las acciones diplomáticas y en febrero de 1683, la "Colonia" fue restituida a los portugueses.
Producida la guerra de sucesión española, la plaza fue tomada nuevamente el 14 de mayo de 1705, luego de brillantes acciones de los hombres de Buenos Aires. Luego de la Paz de Utrecht y por influencia de Inglaterra, volvió a ser devuelta en 1716. El tratado de Mathuen estaba en marcha.
En 1735 la Colonia fue sitiada hasta 1737, en que una Convención de Paz suspendió las operaciones.
El Tratado de Utrecht de 1713 dio a los ingleses la trata de negros en América y la posibilidad de intervenir económicamente en Buenos Aires hasta 1739.
Fernando VI, casado con Doña Bárbara de Braganza, sufrió la influencia de su esposa y favoreció con su política a Portugal, en detrimento de los intereses españoles. El Tratado del 13 de enero de 1750, llamado "Permuta" o de "Madrid", obtuvo la promesa de devolver la Colonia a cambio de grandes avances -portugueses en Río Grande y el Paraguay. Incluía la deplorable cláusula de la entrega de los siete pueblos de las Misiones Jesuíticas, a todas luces injusto y desató la "guerra misionera". Debido a la misma vino al Río de la Plata en 1756 una poderosa expedición naval al mando de Don Pedro de Cevallos, último gran paladín hispano en América de finales del siglo XVNI.
Fernando VI, pacifista, tuvo en Zenón de Zomodevila, Marqués de la Ensenada, un gran propulsor de la escuadra española, de importancia secundaria, después las de Inglaterra y Francia, desde los tiempos de Felipe V. Inglaterra, con una intriga cortesana, logró eliminar a Ensenada, lo que fue celebrado en Londres como un triunfo inglés. Sin embargo, a fines del reinado de Fernando VI en 1758, la escuadra española era ya poderosa nuevamente, pues tenía 45 navíos. Inglaterra tenía más de 130 y Francia contaba con 60.
En 1759 subió al trono Carlos NI con un claro concepto del poder naval. Y comenzó a engrandecer la escuadra española. Lamentablemente el Pacto de Familia con Francia de 1761 fue muy oneroso para España.
La guerra en las misiones jesuíticas fue el pretexto de Portugal para no devolver Colonia del Sacramento; pero se había logrado, además, vulnerar y remover la línea de Tordesillas en forma legal, ya que, en la práctica, se la había violado desde hacía más de un siglo.
En 1761 se suspendió el 'Tratado de Permuta" y Cevallos inició hostilidades contra la Colonia, a la que sitió y rindió el 2 de noviembre de 1762, con su poderío militar y sus grandes condiciones de guerrero y conductor. Pronto debió defenderse a su vez de un ataque anglo-portugués, al que como punto culminante de esta agresión secular denominaremos primera invasión inglesa, aunque sea anglo-portuguesa en realidad.
El embajador portugués en Londres organizó una verdadera expedición de conquista al Río de la Plata. Se trataba de ocupar posiciones militares y convertir la zona de la Colonia en un centro comercial anglo portugués en una especie de enclave en el Río de la Plata. A tal efecto, y con la intervención de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, se efectuó una suscripción hasta lograr reunir 100.000 libras esterlinas, cargando las naves de géneros y mercaderías para unir, a la campaña guerrera, el provecho comercial.
John Mac Namara, aventurero valeroso y experimentado, fue el jefe de la expedición, el cual armó por su cuenta un navío, el "Lord Clive", de 64 cañones que le vendió al Almirantazgo. Igualmente se armó la fragata 'Ambuscade" (Capitán Roberts) de 40 cañones y se embarcaron 700 hombres de tropa y dotación de los buques.
Las naves zarparon de Inglaterra en julio de 1762 y fueron a Lisboa, donde se dispensaron grados y honores y, por último, salieron hacia Río de Janeiro el 30 de agosto de 1762. En la escala de este puerto, el Conde de Bobadilla, gobernador de la plaza, le agregó un poderoso refuerzo de un navío, el "Gloria", de 60 cañones, una fragata y seis bergantines, además de 600 hombres de tropa. La expedición era una verdadera invasión para que darse. Era la más poderosa fuerza naval que hasta entonces se había preparado contra el Río de la Plata.
Los invasores arribaron frente Maldonado a principios de diciembre de 1762 y allí apresaron una pequeña embarcación española que les informó la rendición de la Colonia.
El 4 de diciembre estaban frente a Montevideo e intentaron dirigirse contra Buenos Aires; pero el Río d la Plata, con sus bajos y corrientes, se lo impidió. El 2 de enero se apostaron frente a Montevideo con intenciones de efectuar un ataque contra la plaza, pero al día siguiente llegó un práctico desde Río de Janeiro informándoles que los navíos tenían mucho calado para entrar a Montevideo y por ello resolvieron atacar la Colonia.
Entretanto Cevallos, muy enfermo de paludismo, estaba en la Colonia y repartía sus tropas en Maldonado, Montevideo y Buenos Aires, dejando en la Colonia 500 hombres y 100 en la de San Gabriel.
El 6 de enero de 1763 el Comodoro Mac Namara encabezó el ataque con el "Lord Clive" sobre el fuerte de Santa Rita; el "Ambuscade" atacó el fuerte de San Pedro y el "Gloria" lo hizo contra el de San Miguel. El cañoneo comenzó a mediodía y fue intenso, pero las tropas de Cevallos, parapetadas en un terreno bajo, no sufrieron mayores bajas, pues los tiros enemigos eran muy elevados.
Los disparos fueron muchísimos, habiendo efectuado las naves atacantes más de 3.000, de bala rasa, palanqueta y metralla, y desde tierra se le contestó con igual intensidad.
A las 1600 horas, el "Lord Clive", que ya tenía 40 bajas entre sus 500 tripulantes, fue incendiado por un disparo desde la plaza. Sin duda, sería una bala roja, es decir, una bala de hierro calentada al rojo vivo. El incendio se propagó y no pudo ser dominado, incendiándose la nave totalmente y su tripulación pereció quemada o se ahogó. Se salvaron 80 hombres a nado y 2 en un pequeño bote; en cuanto a Mac Nammara murió en el incendio, o según otras versiones fue herido y se arrojó al agua, pereciendo ahogado.
Las otras naves que habían recibido fuerte castigo, especialmente, la fragata "Ambuscade", se retiraron. El "Gloria", y además naves menores portuguesas, también recibieron algún castigo, aunque no se empeñaron tanto en el combate. La fragata tuvo 80 muertos y numerosos heridos y la división naval portuguesa se retiró hacia Río de Janeiro. Floja fue la actuación de una débil división naval española.
La Paz de París de 1763, donde medió en favor de Portugal la decisiva influencia inglesa, determinó una nueva entrega de la plaza a Portugal.
En los ataques portugueses desde 1773 y en especial en 1775, sobre Río Grande, se reanudó la lucha y, además, la ocupación inglesa de Puerto Egmont en el sur hicieron que España creara el virreinato del Río de la Plata. Don Pedro de Cevallos fue nombrado primer virrey y zarpó con 20 naves de guerra, entre ellas seis poderosos y flamantes navíos, 96 naves mercantes de transporte y más de 9.500 hombres de tropa que, con las tripulaciones completaba 20.000 hombres. Además, se contaba con 600 cañones y pertrechos de guerra. La más poderosa maquinaria bélica que habían visto nuestras aguas, tomó Santa Catalina, sitió y rindió Colonia en 1777.
Con la poderosa expedición y el genio guerrero de Cevallos terminó esta guerra por más de treinta años, recomenzando en la época independiente.
La segunda invasión inglesa (1765-1774)
Fue casi contemporánea de la anterior, pero realizada exclusivamente por Inglaterra, en nuestro Atlántico Sur.
La zona sur de nuestro territorio empezó a ser codiciada por franceses y británicos a partir de principios del siglo XVNI.
El tratado de Tordesillas no fue respetado por Francia e Inglaterra en el Atlántico Norte, prácticamente desde su promulgación el 7 de junio de 1494.
La actitud de Francisco I explica claramente su pensamiento cuando exclama: "Quiero ver el testamento de Adán". Se refería al reparto realizado por el Papa Alejandro VI y perfeccionado en Tordesillas.
A pesar de las frecuentes violaciones al famoso tratado en el Norte, el Atlántico Sur era un mar español y lo mismo sucedía con el Océano Pacífico en su parte americana.
Fue a partir de fines del siglo XVI cuando corsarios y piratas empezaron a visitar las Islas Malvinas.
También es justo agregar que desde fines del siglo XVI los holandeses merodeaban por las islas, pero iban en tránsito para el Pacífico.
Los ingleses visitaron nuestros mares a partir de 1683, con los aventureros William Dampier, John Cook y Ambrose Cowley, todos en una nave. En 1690 John Strong visitó las Malvinas y nombró Falkland Sound al estrecho que separa las dos islas mayores. Finalmente, en 1708 las islas fueron avistadas por el corsario inglés Woodes Rogers.
En 1711 se escribió un memorial que fue publicado más de veinte años después en Londres, con el sugestivo título de "A proposal for humbling Spain - written in 1711 by a person of distinction". En el mismo se proponía el envío do una expedición para tomar Buenos Aires con 2.500 hombres y se daban detalles sobre las riquezas y producciones del país. La expedición del almirante Anson, por su parte, en 1739/44 llamó la atención sobre la necesidad de ocupar las islas Malvinas y otros puntos de nuestra Patagonia.
Existían entonces grandes posibilidades de una acción británica en las islas, y sumándose al interés geopolítico y estratégico se agregó un incentivo económico: la caza de ballenas y pinnípedos que pululaban en las islas.
Los cazadores ingleses de ballenas y lobos iniciaron una intensa acción de depredación desde mediados del siglo XVN; comenzó en las Malvinas y siguió en la costa patagónica, hasta el Cabo de Hornos, Isla de los Estados, etc
En cuanto a los marinos franceses, digamos que, especialmente de Bretaña y muy particularmente de Saint Maló, vinieron numerosas naves, que cruzaban el Pacífico para realizar su comercio.
De 1648 a 1716 se m más de 100 viajes a nuestros mares del sur y también más de una decena de ellos tocaron o avistaron Malvinas, que exploraron y de las cuales fueron los primeros en dar una representación. Las llamadas Islas "Nouvelles", aunque se impuso el nombre de Malvinas, derivado de Saint Maló.
Fueron también los franceses, los primeros en colonizar las Malvinas y lo hicieron por intermedio de Luis Antonio de Bougainville, excepcional diplomático, militar, marino y científico francés. Con las "L'Aigle" y la corbeta "Le Sphinx", zarpó de Saint Maló el 8 de septiembre de 1763 y el 2 de febrero de 1764 entraron en la bahía que llamaron Francesa, o del Este, que es Anunciación para los españoles y "Berkeley Sound" para los ingleses.
Poco después desembarcaron cañones y fundaron un fuerte, a partir del 2 de mayo de 1764 y lo llamaron "Fort Du Roi" o "Fort Royal". Al puerto lo denominaron "Saint Louis".
Bougainville había fundado un fuerte en las Islas Malvinas que pertenecían a España, y esto iba a originar lógicas reclamaciones a Francia, su estrecha aliada.
Entretanto, Inglaterra, desde 1749, y bajo los impulsos estratégicos de Lord Anson, Lord del Almirantazgo, intentó realizar una exploración de las Malvinas, para lo cual solicitó permiso a España, en una clara demostración del reconocimiento hispánico. El permiso les fue negado por el ministro español Carvajal, y esta prohibición fue acatada por los británicos.
Unos años después y apenas producida la colonización francesa, la idea de ocupar las Malvinas por su posición estratégica y estación de aguada y víveres para pasar al Pacífico, fue llevada a cabo en detrimento, nuevamente, de los intereses; españoles.
Mí recordado maestro y amigo, el doctor Ricardo Caillet Bois, ha significado que esta acción inglesa fue emprendida para lograr el pago español prometido por la devolución de Manila, en las islas Filipinas, que aún no se había concretado. Creemos, sin embargo, que estas expediciones, para ocupar las Malvinas, son la continuación de una firme política británica de usurpación y conquista de posiciones del imperio hispanoamericano, con la cual coincidió el problema de Manila.
El 21 de junio de 1764 partió de Inglaterra una división naval al mando del Comodoro John Byron, con el "Dolphin", de 24 cañones, y el sloop "Tamar", de 16 cañones. Debía efectuar reconocimientos de las islas Pepys y Malvinas y buscar un lugar apropiado para establecer una colonia. Aún se creía posible la existencia de la imaginada isla fantasma llamada Pepys por Ambrose Cowley.
No relataremos el viaje de Byron, experimentado marino, oficial de la expedición de Anson y antecesor del ilustre poeta romántico inglés; sólo diremos que el 4 de enero de 1765 salió del Estrecho y se dirigió hacia las Malvinas y el día 15 se hallaba en un hermoso puerto, situado entre la isla Trinidad (Saunders para los ingleses), Vigía (Keppel) y una saliente irregular de la Gran Malvina, en el noroeste de la misma.
Byron denominó al Puerto Egmont en honor de John Percevel, primer Lord del Almirantazgo y segundo Conde Egmont.
El 23, el comodoro y sus planas mayores desembarcaron en la isla Trinidad y tomaron posesión del puerto y las islas vecinas, con el nombre de Falkland Islands, para el rey Jorge NI de Inglaterra. Los franceses ya hacía un año que habían tomado posesión a nombre de Luis XV y ambos eran intrusos.
Luego que Byron regresó a Inglaterra se decidió tomar posesión formal de Puerto Egrnont y para cumplir esa comisión zarpó el capitán de navío John Macbride, con la fragata "Jason", de 30 cañones, la balandra "Carcass" y un buque de abastecimiento llamado 'Experiment".
El capitán Macbride llegó a Puerto Egmont el 8 de enero de 1776 y comenzó a construir un fuerte artillado que llamó Fort George.
Empezó, entonces, desde la expedición Byron, la "segunda invasión inglesa".
Los españoles, que tenían conocimiento de la ocupación francesa, reclamaron ante su aliado y luego de arduas negociaciones consiguieron el reconocimiento francés de su soberanía en las Malvinas. Puerto San Luis les sería entregado previo una compensación económica al capitán Luis Antonio de Bougainville. Así se cumplió solemnemente el 2 de abril de 1767, quedando el fuerte, que pronto se llamaría Nuestra Señora de la Soledad, a cargo del gobernador español de las islas, capitán de navío Felipe Ruiz Puente. Era un importantísimo reconocimiento internacional.
Con respecto a la ocupación inglesa, los españoles buscaron primero la situación de Puerto Egmont y luego presionaron diplomáticamente para lograr su devolución o llegar a la guerra con el apoyo de sus aliados franceses. Esto último no pudo lograrse por defección del rey francés y, en consecuencia, España se decidió a efectuar un ataque para reconquistar las islas. La Real Orden del 25 de febrero de 1768 ordenaba al gobernador de Buenos Aires, Don Francisco de Paula Buccarelli, expulsar a los ingleses de los dominios de Su Majestad Católica. Para ello se había reunido en el Río de la Plata una poderosa división de cuatro fragatas al mando del capitán de navío Ignacio de Madariaga, que era Mayor General de la Real Armada, es decir, algo así como Jefe del Estado Mayor.
En esta escueta síntesis digamos que el gobernador dio órdenes a Madariaga, el 26 de marzo de 1770, para que procediera a expulsar a los ingleses, y éste alistó sus fuerzas, entonces compuestas por las cuatro fragatas de 20 a 28 cañones, un chambequín y un bergantín. La tropa embarcada era de 260 a 294 hombres y el total de hombres, entre marinos y soldados, sumaban 1.400 y los cañones 140.
Esta expedición había sido precedida por una división compuesta de la fragata "Santa Catalina' y dos embarcaciones menores que habían visitado Puerto Egmont. Comprobaron que los ingleses únicamente tenían en ese lugar una fragata y que la artillería del fuerte era muy débil.
Madariaga con sus fuerzas atacó Puerto Egmont, y los ingleses dispararon el "cañonazo del honor" y se rindieron. Ello ocurrió el 10 de junio de 1770.
Cuando llegaron a Inglaterra las noticias de la ocupación de Puerto Egmont por parte de los españoles, el gobierno se preparó para la guerra y exigió, se reparase el honor nacional herido. España solicitó la alianza de Francia, pero esta nación se desentendió de la cuestión, aduciendo no estar preparada suficientemente. Carlos NI hubo de ceder y ordenó se devolviese Puerto Egmont; pero dejando a salvo la soberanía española sobre las islas en una declaración expresa.
En estas negociaciones Inglaterra se comprometió a devolver las islas, una vez que hubiese transcurrido un tiempo prudencial. Es lo que se ha llamado la "promesa secreta". Puerto Egmont fue devuelto a Inglaterra el 16 de septiembre de 1771.
A partir de esa fecha, los ingleses continuaron en Puerto Egmont y lo españoles en Puerto Soledad; mientras los diplomáticos de Carlos NI reclamaban el cumplimiento de la "pro mesa secreta".
Recién el 20 de mayo de l774 lo ingleses abandonaron las islas, evacuando Puerto Egmont, el cual fue destruido posteriormente por los españoles.
¿Cumplieron los ingleses su "promesa secreta", aunque tarde, u otra razones, aconsejaron la evacuación? Quizás se dieron cuenta de la debilidad de la posición en una probable guerra previsible, o se encontraban muy preocupados por la insurrección de su gran colonia americana, la cual estaba en abierta oposición con la metrópoli.
La segunda invasión inglesa duró así de 1765 a 1774, con la corta interrupción en que Puerto Egmont fue tomado por los españoles. De todos modos, antes y después, los balleneros y loberos ingleses siguieron depredando. Desde poco antes de la evacuación de Puerto Egmont, también se agregaron loberos norteamericanos.
Los españoles seguirían gobernando solos hasta 1811.
La tercera y cuarta invasiones inglesas (1806-1807)
Son las que comúnmente se conocen como la Primera y Segunda Invasión Inglesa en nuestros colegios. Es suficientemente conocido este tema y nos referiremos principalmente a las consecuencias de las acciones libradas.
Carlos Roberts, en su obra "Las Invasiones Inglesas del Río de la Plata (1806-1807)"[1], señala varias proyectadas invasiones inglesas al Río de la Plata. En varias de ellas está implicado D. Francisco Miranda, ilustre precursor de la independencia americana. En 1789/90; en 1796, en 1799/1801 y en 1803 hubo planes, órdenes y aún inicios de invasiones que no prosperaron.
Librada la batalla naval de Trafalgar, el 21 de octubre de 1805, Inglaterra adquirió el dominio total de los mares, quedando muy disminuido el de sus rivales Francia y España. Inglaterra dominó los mares y la "Francia Napoleónica", el continente. Desde 1804 España había entrado en la contienda al lado de su antigua aliada: Francia.
En Trafalgar, Francia y España perdieron entre ambas 19 navíos, pero este hecho no era decisivo, aunque sí la culminación de una serie de derrotas y la desmoralización que produjo sentir la superioridad del material, tripulaciones y tácticas, demostradas por los ingleses. Muchos más navíos había perdido España en sus arsenales, donde se pudrían por falta de presupuesto para sus reparaciones.
Después de Trafalgar los ingleses tenían más de 130 navíos en servicio, mientras que España y Francia sumaban menos de 90 y de ellos sólo unos 60 estaban en condiciones de actividad. La superioridad inglesa era absoluta y el dominio de los mares lo conservó por más de un siglo. Esa superioridad permitió la tentativa particular del comodoro Sir Home Popham, "tam Marte quam Mercurio", personaje extraordinario que creyó, a fines de 1805, que se habían dado las condiciones para dar un golpe sobre Buenos Aires. Partiendo de Ciudad del Cabo, según un último plan inglés que él conocía, se decidió a realizar la tentativa, contando con el seguro respaldo que obtendría, si lograba sus propósitos.
Las dos invasiones inglesas, de 1806 y 1807, tuvieron por causa la política inglesa de entonces, concordante con la que permanentemente era sostenida por el imperio: obtener una colonia importante de gran valor estratégico naval y un mercado de gran porvenir que, además, podría absorber sus excedentes industriales.
Fueron dos importantes operaciones anfibias, especialmente la segunda, que sólo admite comparación con la de Don Pedro de Cevallos en 1776/1777.
Estas dos operaciones anfibias pudieron desarrollarse con absoluta tranquilidad en su faz naval, por el dominio absoluto del mar recientemente adquirido.
La fuerza naval que atacó Buenos Aires era poderosa: dos navíos de 64 cañones, dos fragatas, un bergantín y cinco transportes armados; eran demasiado para las fuerzas navales españolas del Río de la Plata, constituida por débiles o viejas unidades cañoneras. En efecto, una corbeta ligera, un bergantín, tres goletas, dos sumacas y 25 lanchas cañoneras, era todo lo que contaban los españoles. La desproporción ante el invasor era tanto que con sólo un navío de 64 cañones, se superaba la potencia de fuego de toda la fuerza española. Por ello los marinos españoles combatieron en tierra y lo hicieron con bravura y tesón.
La fuerza terrestre inglesa compuesta por 1.641 hombres, era en cambio pequeña para dominar una ciudad de casi 50.000 almas, contando los habitantes cae los alrededores. Allí radicó la debilidad inglesa y el Capitán de Navío Santiago de Liniers, el alma de la Reconquista, fue quien se apercibió de ello.
Comenzada con 1.000 hombres desde la Banda Oriental, la reconquista se realizó entre el 5 y el 12 de agosto de 1806 y el héroe fue Liniers que quedó como autoridad militar y civil, en ausencia del Virrey.
Mientras sus tropas eran rendidas en el fuerte, la flota inglesa no pudo prestarle ayuda porque los bancos de la ciudad la mantenían alejada y sus cañones no tenían alcance suficiente para cooperar con su gente. El Río de la Plata había ayudado a dificultar el ataque inglés con una de sus sudestadas y sus bancos, que impidieron actuar a los buques ingleses contra la flotilla reconquistadora.
Cuando el gran tesoro recogido como botín en Buenos Aires llegó a Londres, se hizo una triunfal recepción y la popularidad de Sir Heme Popham alcanzó la de los grandes héroes de Inglaterra. La noticia de la derrota fue terrible y preparó las acciones para insistir. Había una base en el Río de la Plata y un hecho importante: En todo el tiempo, que transcurrió entre la reconquista y el segundo ataque inglés, la flota británica fue dueña del no sin que nadie pudiera disputarle el dominio de las aguas. Esta prueba histórica de la enorme importancia del poder naval en nuestro país debe ser siempre tenida en cuenta.
La segunda invasión inglesa se realizó con efectivos muy superiores, reunidos en varias expediciones parciales.
La flota mandada por el Vicealmirante Jorge Murray se componía de cinco navíos de 64 cañones cada uno, cinco fragatas con un total de 150 cañones, 12 naves menores que sumaban 175 cañones. Todo esto hacía un poderío total de 23 o 24 naves de guerra con más de 650 cañones.
Los transportes, muchos de ellos armados, eran más de 50.
Las tropas reunidas oscilaban en 15.000 hombres, aunque repartidos en la Banda Oriental parte de ellos.
Tomado Maldonado. luego Montevideo, el desembarco inglés se realizó el 27 de junio de 1807 y poco más de 9.000 hombres tomaron tierra en la Ensenada con 16 piezas de artillería. Las mandaba el Teniente General John Whitelocke.
Ya sabemos que del lado español un ejército miliciano al mando de Liniers compuesto de 8.000 hombres se aprestó a la defensa con 49 cañones de diversos calibres.
Después de la falsa maniobra de Liniers al cruzar el Riachuelo y de su derrota en Miserere, el ataque final inglés se realizó al amanecer de un frío 5 de julio de 1807.
De 5.021 a 5.787 ingleses fueron alistados y atacaron a los 8.000 españoles y criollos. Los invasores eran tropa aguerrida y veteranos. Los españoles bisoños y algunos armados con solo armas blancas.
Después de tomar la Plaza de Toros con fuerzas superiores y luego de una heroica resistencia, el resto de la tropa inglesa fue derrotada por los criollos con la ayuda de toda la población, que hostilizó y causó bajas a los invasores en su paso por la ciudad.
El Retiro y Plaza de Toros fueron los lugares de más sangrienta resistencia, pues allí el total de bajas de los defensores (muertos, heridos y desaparecidos) llegó al 27 % y el de los ingleses vencedores alcanzó al 20 %. En el resto de la línea las bajas de los defensores fueron del orden del 8 % y entre los ingleses alcanzó al 23 %.
Enorme fue el esfuerzo inglés en la segunda invasión. Se preparó una tercera, más poderosa, que no llegó a concretarse al convertirse España en aliada de Inglaterra cuando su territorio fue ocupado por fuerzas de Napoleón.
La expectativa comercial está señalada por las naves abarrotadas de mercancías inglesas, especialmente géneros, que entraron a Montevideo, durante los breves meses de ocupación.
Año 1807 - Naves entradas a Montevideo.
Febrero: 78 naves
Marzo: 27 naves
Abril: 18 naves
Mayo: 5 naves
Junio: 4 naves
Suman un total de 132 naves. [2]
Era una invasión comercial paralela.
Gran parte de la mercadería fue mal vendida, luego de la nueva derrota.
Buenos Aires conoció su hora más gloriosa y tornó clara conciencia del valor de sus hijos. Las dos grandes victorias presagiaban a Mayo.
Quinta invasión inglesa (1833 hasta nuestros días)
Nos referimos a la ocupación de las Malvinas el 3 de enero de 1833.
Desde la evacuación de los ingleses en 1774 los españoles continuaron ocupando las islas desde Puerto Soledad y lo hicieron continuamente. Hubo veinte gobernadores y al mismo tiempo comandantes navales de las islas, con funcionarios gubernamentales y más de cien habitantes, entre colonos, presidiarios, soldados y marinos.
Los edificios llegaron a ser treinta, la mitad era de piedra, mientras que el resto era de "tepes", o sea tierra entramada por raíces de césped.
Dos de los gobernadores fueron criollos, el Teniente de Fragata Jacinto de Altolaguirre (nacido en Buenos Aires en 1754 y muerto en Madrid como Teniente de Navío en 1787), quien gobernó las islas de 1781 a 1783, y el Capitán de Fragata Francisco Xavier de Viana y Alzaibar (nacido en Montevideo en 1764 y muerto en la misma ciudad en 1820) que gobernó dos veces, de 1798 a 1799 y de 1800 a 1801.
De los otros gobernadores señalamos sus nombres y períodos de gobierno en el Apéndice nº 1 de este trabajo.
El 26 de octubre de 1790 se firmó en San Lorenzo, el Tratado de Nookta Sound, llamado así por una cuestión suscitada entre España e Inglaterra por la ocupación de la Bahía de Nookta, hoy de Vancouver, en la costa occidental de América del Norte. Por ese Tratado, Inglaterra y España se reconocían los territorios que poseían entonces, entre las cuales se encontraba Malvinas. No obstante España concedió por primera vez autorización legal para comerciar, navegar, pescar y cazar en sus mares del Atlántico austral y Pacífico; aunque no se podía hacerlo a menos de diez leguas de población o establecimientos hispanos.
Los cazadores de pinnípedos, pues la ballena se había hecho menos frecuente en la zona, se ocuparon, ahora con permiso legal, de depredar nuestras costas y mares.
Muchos de los loberos eran oficiales de la Real Armada a media paga, los cuales aquí reforzaban sus finanzas particulares, a costa de la riqueza marítima española. Al mismo tiempo se hacían conocedores de la zona y se convertían en propulsores de ideas y empresas para ocupar estas tierras para Inglaterra.
Los americanos trabajaban en el aspecto comercial y de paso también aprendían los métodos de sus antiguos maestros ingleses.
Estos son hechos que, repetimos, nos muestran la acción imperialista británica en la zona. Ya después de Nookta Sound, ni las resoluciones de Tordesillas o los "Status Quo" que de ellos derivan, serían barrera legal, y podían pescar, cazar, navegar y comerciar en estos mares del Sud y ocupar los lugares que estuvieran abandonados o desiertos, en la Patagonia o en las islas del Atlántico Sud.
Los españoles evacuaron las islas Malvinas, ante la imposibilidad de defenderlas, por la situación planteada por la revolución del 25 de Mayo de 1810.
El último Gobernador hispano Pablo Guillen evacuó las islas, dejando placa y leyendas que expresaban que las islas Pertenecían a Fernando VN y que España las reocuparía en el futuro (Ver Apéndice nº 2).
Las islas permanecieron sin autoridad local hasta 1820, siempre frecuentada por los loberos ingleses y americanos.
El 6 de Noviembre de 1820, el Coronel de Marina David Jewett, Comandante de la Fragata "Heroína" tomó posesión de las islas a nombre de las Provincias Unidas de Sudamérica. Luego de este acto de reafirmación de soberanía sobre el archipiélago heredado de España, las autoridades de Buenos Aires siguieron ejerciéndola.
En 1821, por dos meses, Guillermo Mason, nuevo Comandante de la "Heroína", fue el Comandante Militar de las islas. De 1823 a 1829 se dieron concesiones de tierras y derechos de explotación del ganado y caza de anfibios a Jorge Pacheco y Luis Vemet.
En 1824 fue nombrado Comandante militar de las islas Pablo Areguatí, durante varios meses.
El 10 de junio de 1829 fue nombrado "Primer Gobernador Militar y Político de las Islas" Luis Vernet, un hamburgués descendiente de franceses, de gran cultura y espíritu de empresa.
Vernet restauró Puerto Soledad, que llamó Puerto Luis, creó una próspera colonia de hasta 150 habitantes y ejerció sus derechos de exclusividad, en cuanto a la caza de anfibios y la pesca. A pesar de sus repetidas advertencias, los loberos se negaban a abandonar la caza de lobos y depredaban en las islas. Finalmente Vernet detuvo tres goletas americanas y las envió a Buenos Aires, siendo justa y legal su acción, desató las iras del cónsul americano Slocum que ordenó al Comandante de la corbeta americana "Lexington" Silas Duncan, que tomara represalias.
El comandante americano cumplió con creces sus órdenes, atacó y destruyó la colonia de Vernet a fines de diciembre de 1831 y se alejó de las islas a principios de enero de 1832. Estados Unidos nos debe una reparación.
Inglaterra entretanto esperaba su oportunidad para ocupar las islas y la ocasión parecía propicia.
En ese aciago 1832, mientras el país se debatía en potencial guerra civil, un nuevo gobernador fue transportado a las Malvinas a bordo de la goleta de guerra "Sarandí": el Mayor Francisco Mestivier. En ejercicio de su cargo, fue asesinado por su dotación, pocos meses después.
Al regresar la goleta "Sarandí" a Puerto Soledad, su Comandante, el Teniente Coronel de Marina José María Pinedo, inició el sumario y apresó a los asesinos. En ese crítico momento apareció la poderosa Corbeta "Clío" de Su Majestad Británica y su Capitán John Onslow informó que venía a tomar posesión de las islas que habían pertenecido siempre a Inglaterra.
La breve relación de situaciones, los Tratados, los 20 gobernadores españoles, los gobernadores argentinos, la ocupación exclusiva de España y Argentina desde 1774, prueban que el argumento era falso y que las Malvinas pertenecían a España y a su heredera la Argentina. Que se habían ocupado en forma efectiva durante muchos años y que Inglaterra siempre lo había sabido.
El 3 de febrero de 1833 se consumó el cínico despojo, ante la actitud de Pinedo que puesto, es cierto, en muy crítica situación de debilidad militar, demostró no ser un cobarde, pero si un pusilánime. Estando en plena paz, con oficialidad y tripulación compuesta con fuerte proporción de británicos, Pinedo cedió y regresó a Buenos Aires el 5 de enero de 1833, con los habitantes que quisieron hacerlo. Al resto no se les preguntó si querían o no seguir siendo argentinos ...
Desde entonces y por la fuerza, siguen en las Malvinas, ocupadas desde esa injusta quinta invasión inglesa.
Sexta invasión inglesa (1845-1847)
Esta invasión inglesa es parte de los bloqueos anglo-franceses que se suceden desde 18,18 a 1840 por parte de Francia y desde 1845 a 1847 con la cooperación inglesa. Francia siguió sola hasta 1848.
Los argentinos seguíamos en guerra civil y Juan Manuel de Rosas ejercía la dictadura. Sus procedimientos para con los súbditos franceses y luego ingleses, a los que quiso incorporar a sus ejércitos, dieron el pretexto para la intervención francesa y luego inglesa. Ambas potencias esperaban la oportunidad para ocupar zonas o ejecutar ventajosas empresas comerciales en el país.
Los bloqueos duraron 2.000 días y Buenos Aires permaneció cerrada para el comercio durante ese tiempo. Nada pudimos hacer ante tan poderosa fuerza de barcos modernos, fragatas, corbetas y bergantines de eficiente y nueva artillería. Sin embargo se sostuvo el honor nacional.
Los acontecimientos más importantes, son el apresamiento de la pequeña fuerza Argentina naval que mandaba el Almirante Brown el 2 de agosto de 1846; excursiones por los ríos, especialmente de Garibaldi; y el Combate de Obligado, por siempre honroso para la historia Argentina.
Obligado se libró en el Paraná el 20 de noviembre de 1845. Los efectivos anglo-franceses consistían en tres poderosas naves y ocho veleros con cien piezas de artillería modernas, algunas de ellas arrojaban granadas Paixhans, con espoleta.
La acción fue sangrienta y las tropas criollas, que defendían su tierra, se comportaron con heroísmo, aunque solo tenían viejos cañones de poco calibre.
La cadena que obstruyó el río era defendida por algunas naves y lanchones que pronto fueron atacados y eliminados. La acción empezó a las 9 de la mañana y las cuatro baterías federales, tres de ellas mandadas por los oficiales de marina, Alvaro de Alzogaray, Juan B. Thorne y Eduardo Brown, hijo del Almirante, se batieron hasta agotar la munición, sufriendo el terrible fuego que les causaba fuertes bajas. La cadena fue finalmente cortada y a las 17 horas se le terminó la munición a Thorne en la última batería que aún contestaba.
Casi a las 6, desembarcaron las tropas aliadas, y el General Mansilla las cargó a la bayoneta; pero cayó herido y las otras cargas criollas incluida la de la caballería obtuvieron algún éxito pero fueron finalmente rechazadas.
Los aliados tuvieron un centenar de bajas y varias averías en sus naves. Las bajas argentinas sumaron 240 hombres.
Rosas era el gobernante argentino a cuyo cargo las Provincias Argentinas habían delegado sus relaciones exteriores; pero en Obligado combatió la Argentina de siempre y no la defensa de un régimen o una persona como se presenta corrientemente.
Un gran convoy escoltado por un barco mayor y otras naves de guerra, realizó un viaje accidentado por el Paraná en 1846. Pero el Tonelero, San Lorenzo y Quebracho, demostraron a los aliados que la Argentina no cedería.
La paz que se firmó fue honrosa a nuestro país, pero no compensó los sacrificios realizados, ni las pérdidas sufridas.
Séptima invasión inglesa (1908 ha nuestros días)
Para explicar esta séptima invasión inglesa es necesario hacer unas apreciaciones previas.
Las Islas Malvinas son islas de nuestro Atlántico Austral, las Georgia y las Sándwich del Sur son islas subantárticas, o sea comprendidas dentro de la convergencia antártica, línea donde las temperaturas marítimas de las aguas que rodean al sexto continente, crecen varios grados de súbito.
La Antártida es un continente más grande que Europa, y la Argentina reclama un sector que tiene más de un millón de kilómetros cuadrados.
La Antártida fue descubierta hacia 1819 por loberos argentinos, ingleses o americanos, pero las islas subantárticas fueron descubiertas bastante antes. Así Georgias lo fue en forma muy dudosa y discutible por Antonio de la Roche en 1670, en forma más perfecta por el navío mercante español "León" en 1756 y visitadas por James Cook en 1775.
El mismo gran navegante inglés James Cook descubrió en 1775 las islas Sándwich del Sur, situadas a más de 2.000 kilómetros de las costas patagónicas. Pero las tres islas más norteñas fueron descubiertas por el almirante ruso Fabián Gotlieb de Bellingshausen en 1820.
La Antártida y las islas subantárticas fueron visitadas por exploraciones de varios países. En nuestro sector, la Argentina, se inició desde 1901 y ocupó permanentemente el observatorio de Orcadas desde 1904, siendo el único caso de base permanente en todo el continente antártico. Desde 1908 y en forma regular desde 1947, la Argentina envió expediciones antárticas a su sector. El Alférez de Navío y Doctor José María Sobral fue el primer argentino que invernó en 1902/03 en la Antártida y es uno de los hombre-símbolo de la soberanía antártica Argentina.
En 1892, C. A. Larsen fue enviado a los mares antárticos por una compañía ballenera de Sandfjord (Noruega), para estudiar las posibilidades de explotar las ballenas. La nave de Larsen fue el "Jasón", que efectuó una campaña en la zona del noroeste del Mar de Weddell. Este fue el inicio del descubrimiento de una explotación despiadada de la ballena, comenzada en 1904 y que aún continúa. La ballena perseguida casi hasta el extremo en los mares boreales, solo habitaba en grandes cantidades en la Antártida.
La primera compañía ballenera que se estableció en las Georgias del Sur en Isla San Pedro, su isla mayor, fue argentina, propulsada por el mismo Capitán Larsen, que luego de la aventura con Otto Nordenskjöld y el naufragio del "Antarctic", se quedó en el país.
La compañía de pesca argentina se creó con capitales y naves de bandera argentina pero con tripulaciones noruegas en su mayoría. Larsen era el gerente y el 16 de noviembre de 1904 establecía la primera factoría ballenera en Grytviken, en Isla San Pedro, Bahía de Cumberland. Las islas estaban deshabitadas entonces y la Argentina izó allí su pabellón y la compañía comenzó a cazar ballenas.
En 1905 visitó la isla San Pedro el "Guardia Nacional", transporte de nuestra Marina, el que llevó víveres y pertrechos para la Compañía.
También se hicieron reconocimientos y se levantó un cuarterón de Bahía Cumberland.
En 1905/6 se instaló en la isla una factoría flotante noruega, que poco después naufragó, y en 1907 apareció una segunda.
En 1907/8 las compañías que operaban eran tres y en 1908/9 eran cinco, dos noruegas, una inglesa, una sudafricana y la Argentina.
El gran auge del negocio ballenero despertó la codicia inglesa, y una idea la puede dar el hecho de que desde 1905 a 1929 se habían capturado en aguas antárticas, en su gran mayoría en nuestro sector, 95.776 ballenas. En ese cuarto de siglo, el gran total mundial fue de 200.000 ballenas capturadas, lo que indica que en la Antártida se capturaba el 50 % del total. Entonces había 69 compañías balleneras y una sola era Argentina, la primera.
Hasta 1908, Inglaterra, asentada en Malvinas, no había dado mayores muestras de interés en apropiarse de esa zona, pero la riqueza económica la impulsó a dar el zarpazo que consideramos como la séptima invasión inglesa.
En efecto, el 21 de, julio de 1908 se promulgaba, rubricada con el Gran Sello del Reino Unido, una Carta Patente que establecía cine eran Dependencias de la Colonia de las Islas Falkland, las islas "South Georgia, South Orkneys, South Shetlands, Sándwich Islands, y el territorio conocido bajo el nombre de Graham's Land situado en el Océano Atlántico del Sur, al sur del Paralelo 50º de latitud sur y ubicado entre los grados 20 y 80 de latitud oeste". El texto casi completo lo publicarnos como Apéndice Nº 3, traducido del inglés y tomado de la obra "La disputa con Gran Bretaña por las islas del Atlántico Sur", del doctor Ernesto J. Fitte, recientemente fallecido y a quien con este trabajo rendimos nuestro homenaje.
Veamos lo que dice un autor británico de esta insólita declaración unilateral, que por primera vez se apropiaba de islas, tierras y mares: "Este año de 1908 fue marcado por un acontecimiento de suprema importancia en la historia de las islas. El 21 de julio un Título de Privilegio fue pasado bajo el gran Sello, designando al Gobernador de las Islas Falkland como Gobernador de Georgias del Sur, las islas Orkney del Sur, las Islas Shetland del Sur, las Islas Sándwich del Sur, y la Tierra de Graham y dando disposiciones para ese gobierno como Dependencias de la Colonia. Este impreciso, inadecuado Título de Dependencias de las islas Falkland comprende la tierra entre las longitudes 20º y 50º O. al sur de la latitud 50º S. y entre las longitudes 50º y 80º o al sur de la latitud 58º S. Estos límites incluyen un sector del área de tierra antártica del sur, y también más de un millón de millas cuadradas de mar, fácilmente accesible para la caza de ballenas, la pesca y la caza de focas, ascendiendo el área total a alrededor de tres millones de millas cuadradas, o al uno y medio por ciento de la superficie total del globo [3].
Dominio soberano sobre mares e islas en 1908, cuando Inglaterra sostuvo el "Mare Liberum", aún hoy se están discutiendo los derechos reales sobre el mar, especialmente de soberanía de los estados ribereños. Por otra parte, en la Antártida no consultó ni tuvo en cuenta derechos argentinos.
La más extraordinario es que dentro de esa extensión enorme quedaba incluida nada menos que la parte sur de nuestra Provincia de Santa Cruz, Tierra del Fuego y tierras chilenas al Sur del paralelo 50º S. pertenecientes al territorio trasandino de Magallanes.
Tanto el gobierno argentino como el chileno protestaron por esta absurda y arbitraria medida y el 28 de marzo de 1917, Inglaterra rectificó, graciosamente, su imperio antártico y estableció como límite Norte, entre los meridianos 30º y 8º W, el paralelo 58º S. El resto seguía igual y con esta medida quedaban fuera del mencionado sector, las Malvinas, que no necesitaban de esa declaración adicional de prepotencia y los territorios chilenos y argentinos.
Nuestro sector antártico, señalado con tanta mesura como derecho, está totalmente incluido en el sector inglés.
A miles de kilómetros de su metrópoli, el imperio y el poder inglés daban una muestra de fuerza y aprovechaban la debilidad marítima de una nación amiga y cooperadora.


PRIMERAS INVASIONES INGLESAS AL RIO DE LA PLATA.
Ataque de la flota anglo – portuguesa a Colonia del Sacramento. 6 de enero de 1763.
El actual territorio de la República Oriental del Uruguay, debido a su ubicación estratégica en el continente, es, fue y será por siempre, la llave para la navegación del Río de la Plata, Río Uruguay, Paraná y Paraguay, además de todos sus afluentes navegables como Río Negro de Uruguay, Bermejo, Carcaraña o Pilcomayo de Argentina, este último limite con el Paraguay, por nombrar solo algunos, contando también con importantes costas y puertos sobre el Océano Atlántico. Esta situación geopolítica provoco reiterados enfrentamientos entre naciones por el control de los puertos (naturales y de excelente calidad) y las vías navegables para su acceso al interior del continente.
Esto permitía el control del comercio de la región y concomitantemente, el dominio militar y político de la cuenca del Plata y sus afluentes. Si bien en nuestros días resulta una importante ventaja contar con puertos naturales, en la época, dominar estos sitios dispersos en las costas del continente, representaba lisa y llanamente la concentración del comercio, la producción de servicios adjuntos y otras actividades más. Para las autoridades del Imperio Español, el establecimiento de un asiento portugués y su aliado ingles en la entrada trasera de su reino americano les hacía más complejo el mantenimiento de su supremacía económica y comercial.
¿Como esas ventajas naturales para el comercio se apreciaban a la vez como una dificultad para el control de la Corona? La respuesta no es para nada simple; y deberemos despojarnos de nuestra visión de personas del siglo XXI y analizar la situación con los conceptos del siglo XVIII., para una comprensión cabal.
En primera instancia, las ventajas de nuestros puertos y vías navegables eran apreciadas por las autoridades y comerciantes portugueses y anglo holandés. El comercio era incentivado por ellos hacia nuestras costas y de aquí hacia el interior del territorio español. No siendo igual en el pensamiento y acción de las autoridades españolas, quienes imponían un férreo y cerrado monopolio comercial principalmente en el Pacífico o Mar del Sur. El sistema de comercio español (pocos puertos, sistema de extracción colonial) imponía que desde las colonias del Plata se enviara hacia Europa productos pecuarios primarios (principalmente cueros, cebo), así como de forma directa e indirecta (contrabando) metales preciosos. Se las abastecía con productos españoles que llegaban con poca asiduidad, altos costos y en la mayoría de los casos de muy baja calidad.
En contraposición el sistema de comercio británico, impulsado desde lo material por la revolución industrial y basados en las ideas del escocés Adam Smith y a las del francés Francois Quesnay con su laissez faire, laissez passer, (dejar hacer dejar pasar); se lanza a conquistar el mundo blandiendo en una mano productos industrializados y en la otra su espada. Estas ideas de “dejar hacer, dejar pasar” fueron aplicadas por la corona británica a su política exterior, en una combinación de intereses privados y públicos (geopolíticos y socio-económicos). Se dejaba a los empresarios la iniciativa sobre las distintas expediciones que además de tener rentabilidad económica deberían servir a los intereses de la corona. Ejemplo de estas empresas es la East India Company que promovió la invasión de la India en 1757.
Las primeras invasiones al Río de la Plata son consecuencia de la política británica anteriormente mencionada.
EL ATAQUE A COLONIA DEL SACRAMENTO Y EL CELEBRE HUNDIMIENTO DEL NAVÍO INGLES LORD CLIVE.
En el mes de Junio de 1762 se convoca a voluntarios en Londres para integrar una expedición al Río de la Plata, con promesas tales como el libre saqueo de las ciudades de Montevideo y Buenos Aires.
Aproximadamente 700 tripulantes fueron convocados para la expedición, financiada por una sociedad por acciones, que reunió una cifra de aproximadamente 100.000 libras esterlinas. Con este dinero se adquirieron, remodelaron y equiparon dos buques de guerra pertenecientes al Almirantazgo británico, los buques fueron: el HMS Kingston de 50 cañones – rebautizado como LORD CLIVE - y la fragata Ambuscade de 28 cañones, a los que se les complementó su capacidad artillera hasta 64 y 40 cañones respectivamente. En julio de 1762 la expedición parte de Londres con destino a Lisboa (en ese momento Colonia estaba en poder de Portugal y constituía el punto de partida lógico para cualquier expedición contra Montevideo o Buenos Aires).
A bordo del Lord Clive iba el capitán Mac Nammara (comandante) y su socio Joseph Reed. Desde Lisboa el gobierno portugués (aliado del Imperio Británico) despacha hacia Río de Janeiro una carta para su gobernador Gomes Freire de Andrade, Conde de Bobadela para que “asistiera a los ingleses en cuanto necesitaran”, además de proporcionarle refuerzos. Para cumplir con dicha orden, en Río de Janeiro se realiza una leva forzada en la que 600 hombres fueron rápidamente adiestrados y embarcados a bordo de la fragata Gloria de 60 cañones, a la que se agregaron 6 bergantines. A fines del mes de Noviembre el contingente luso-británico se hizo a la vela desde Río de Janeiro hacia el Río de la Plata.
Ignoraban que a principios de mes, exactamente el 2 de noviembre, Colonia había caído en manos de Pedro de Cevallos, en esos días, Gobernador de Buenos Aires, el que sin perder un instante se abocó a la reparación de las defensas de dicha ciudad.
El 10 de Diciembre la flota captura en las cercanías de Montevideo una lancha española, y a través de su tripulación toman conocimiento de que Colonia se encuentra en manos españolas.
Luego de algunas escaramuzas (intento de ataque a los buques fondeados en Colonia – repelido por la artillería española- y una fallida misión de aprovisionamiento– se retira el grupo enviado a tales efectos luego de ser atacado por una partida española-), el 2 de enero se le incorpora un buque portugués enviado desde Río de Janeiro con órdenes de recuperar Colonia, luego de una junta de oficiales a bordo del Lord Clive, y después de escuchar los argumentos (estado de las obras defensivas de la plaza, cantidad importante de portugueses en ella, etc.) y de Guillermo Kelly, práctico del río recientemente llegado con el buque portugués, se decide atacar Colonia.
LA BATALLA DEL 6 DE ENERO.
Sobre el mediodía del 6 de enero la flota luso-británica se acerca a la costa; la fragata Ambuscade y el Lord Clive entran en la zona del puerto y se colocan paralelas a la costa, a unos 300 metros donde fondean sus anclas. El Lord Clive enfrentado al baluarte de Santa Rita y la Ambuscade al de San Pedro, la fragata Gloria se enfrentó (por la costa sur) al baluarte de San Miguel. El duelo de artillería entre los 60 cañones británicos y las fortificadas 100 piezas de artillería españolas, que en poco tiempo produjo una dispar cantidad de bajas en los contingentes enfrentados (120 en el británico y menos de 10 en el español).
A las 4 de la tarde, una “bala roja” (balas de cañón incendiarias que producían estragos en los buques de madera) impacta en la popa del Lord Clive, el que en pocos minutos toma fuego hasta la arboladura, produciéndose después un incendio en todo el buque; provocando que la tripulación se lanzara a las aguas en un acto de desesperación. Inmediatamente después las fragatas Ambuscade y Gloria picaron cabos y se retiraron de la batalla.
Debido al número de sobrevivientes que podrían ganar la costa (con posibilidades de reagruparse y atacar la plaza), el Gobernador Cevallos ordeno dispara los cañones contra los náufragos de los que solo 78 de los 400 tripulantes llegaron a tierra firme, mientras el majestuoso Lord Clive se hundía presa de las llamas.
LOS SOBREVIVIENTES
Los 78 sobrevivientes eran, 4 oficiales, 2 Guardiamarinas y 72 marineros. EL gobernador Cevallos luego de que los náufragos fueran interrogados ordenó que se les proporcionara un juego de ropa a cada uno de ellos. Los oficiales fueron juzgados sumariamente y ahorcados en la plaza. El resto de los tripulantes fue enviado a Buenos Aires y posteriormente internados en las provincias de Mendoza y Córdoba, donde algunos se asentaron, en tanto otros volvieron a su país de origen ese mismo año al firmarse la paz en Fontainebleau.


sábado, 11 de julio de 2015

PEPA LA FEDERALA

PEPA LA FEDERALA



En un documento de 1844, da cuenta de las acciones y vicisitudes de Pepa la Federala:

¡VIVA LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA! ¡MUERAN LOS SALVAJES UNITARIOS!

Buenos Aires, Marzo 19 de 1844. Año 35 de la Libertad, 29 de la Independencia y 15 de la Confederación Argentina.

La alférez graduada de Caballería, doña Pepa la Federala: Solicita el ajuste de sus sueldos, haciendo una breve reseña de sus servicios y acciones de guerra en que se ha hallado, citando varios jefes para los efectos consiguientes y obtención á las gracias que la munificencia de S. E. ha sabido acordar al ejército,

Excmo. señor:

Doña Josefa la Federala, Alférez graduado de Caballería, ante la justificada integridad de V. E., con mi mayor respeto digo: Que habiéndome hallado en la acción de Chascomús á las órdenes del señor General don Prudencío Ortiz de Rosas, y de allí en Marzo de 1840 en Entre Ríos a las órdenes de aquel General en jefe don Pascual Echagüe, llevando en mi compañía 26 hombres voluntarios á mis órdenes, vecinos de Ranchos Blancos; que en mi marcha tomé un bombero de los salvajes, que presenté al gobernador, salvaje hoy día Mascarilla, y de allí me incorporé al mencionado ejército de Entre Ríos, habiendo sido agregados dichos 26 hombres al núm. 2 de Caballería de Buenos Aires, quedando yo en la escolta de aquel General en Jefe. Fuí bombera voluntaria y entré en la trinchera del salvaje Lavalle, donde fuí tusada del salvaje Benaventos y sentenciada á muerte por el de igual clase Pedro Díaz, teniendo la suerte de escapar y reunirme al Ejército Confederado, hallándome en seguida en la batalla de Sauce Grande, cuyos testigos cito en esta Capital, que pido á V. E. certifiquen: el Coronel graduado don Antonio Félix de Meneses, y el que era comandante del Batallón Entre Riano, sargento mayor don jacinto Maroto, hallándome desempeñando las funciones de Posta, quedé herida en la batalla, y salvé por una partida del núm. 2 en comisión, recogiendo heridos, que como yo, éramos 70 ú 80, y conduciéndonos a la Capital del Paraná, a las órdenes de Don José M. Echagüe, quien me prodigó todos los auxilios necesarios; cumplidos diez días supliqué al Excmo. señor Presidente Oribe se dignase llevarme en su compañia, aunque muriese en el camino, lo que conseguí y fui conducida a San Nicolás, dejándome dicho Excmo. señor en casa del comandante Garretón para curar de mis heridas, pero sabiendo que mi Coronel Don Vicente González se hallaba acampado en el Arroyo del Medio, me olvidé de mis heridas y haciendo un carguero de jabón conchavando dos peones envié innumerables partidas de salvajes que salían de San Pedro, teniendo la dicha de incorporarme a mi coronel, el que siguió con el Presidente Oribe y por consiguiente me hallé en la acción de Quebracho Herrado y sin sanar de las heridas me hice cargo del Hospital de Sangre, y sucesivamente en todas las demás acciones cual fue la del Monte Grande en Tucumán; y por último, de regreso, en la de Coronda y Santa Fe; siendo después nombrada por el señor Presidente Oribe ayudante 149 del Hospital de Sangre, hasta que vine a esta Capital.
Excmo. señor, desde el año 1810 sirvo a la Patria con el mayor desinterés.

Viuda del Sargento Mayor Don Raymundo Rosa, que murió de diez y ocho heridas en el campo de batalla en la Cañada de la Cruz a las órdenes del Señor General Soler, la posición triste en que me encuentro, de tantas vicisitudes de la guerra, me pone en la precisión de implorar del Padre de mi Patria, por lo que humilde suplico se digne ordenar sean hechos mis ajustes por la contaduría y opción a los premios que V. E. tiene conferidos al Ejército, para poderme reponer de mi salud y estar pronto y de centinela contra todos los salvajes que quieran envolvernos en su inmunda rebeldía a cuya gracia quedaré eternamente reconocida.


Fuentes:

- Ramos Mejia, José María. Rosas y su tiempo.Orient.Cultural Editores,1952.
- Chavez, Fermín. Juan Manuel de Rosas. Su iconografía.Edit.Oriente, 1970.
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar


MANUEL ALVAREZ EL PRIMER MEDICO EN BUENOS AIRES,

MANUEL ALVAREZ

EL PRIMER MEDICO EN BUENOS AIRES,  ENERO DE 1605


Manuel Alvarez era «surujano»
.
¿Cómo fueron los inicios de la profesión médica en un lugar como la actual capital argentina, que hasta bien entrado el siglo XIX era poco más que una aldea? Las actas del Cabildo bonaerense contienen riquísimo material histórico sobre ese y otros aspectos de la vida en la ciudad. Con la ayuda de diversas fuentes historiográficas, el investigador Héctor A. Cordero reconstruye los primeros pasos de la ahora pujante urbe.

El primer médico que ejerció su profesión en la ciudad de que tenemos noticias fue Manuel Alvarez. No se ha hallado constancia de otro que lo hiciera antes que el nombrado. La presentación que hace al Cabildo en 24 de enero de 1605, acompañado por el regidor Pedro Morán, no dice que es médico precisamente, sino cirujano. «Surujano», escribirá el redactor del acta de la fecha; posiblemente lo pronunciara de esa manera. Manuel Alvarez entró en la sala de sesión y «pidió se le recibiese por cirujano»; dijo que «se obligaría a curar españoles y naturales» en la ciudad; «curar y sangrar a todos de las enfermedades que tuvieren, y acudiendo a todo como se debe y es obligado». Como se debe y es obligado, justo juicio sobre su responsabilidad. Naturalmente, si nuestro primer médico aceptaba la responsabilidad de su cargo, de su función, también puso de manifiesto sus derechos, y pidió «se le señalase estipendio y salario».
«Solicita se «le den cuatrocientos pesos en los frutos de la tierra a precio de reales, y además de ésto, le paguen las medicinas y ungüentos que pusiere». A los cabildantes les pareció muy caro lo requerido, y las exigencias de Alvarez no fueron aceptadas. El cirujano se retiró de la sala. No sabemos qué habrán dicho los señores del Cabildo; tal vez, expresado enojo por las desmedidas pretensiones del médico.
Y debieron tener razón, porque en la sesión efectuada el 31 de ese mismo mes, en un momento dado «entró el cirujano y dijo que aceptaba el concierto del salario que se le ofrece de cuatrocientos pesos»; nada se dice allí del pago de los ungüentos y medicinas, pero sí en el contrato que se firma el 7 de marzo. En el acta se lee: «el Cabildo lo dé cobrado y por tercios del año». Hubo acuerdo esta vez, y el doctor Alvarez firmó su conformidad.»

De El primitivo Buenos Aires, por Héctor Adolfo Cordero. Segunda edición. Plus Ultra, Buenos Aires: 1986

La alimentación en la Buenos Aires colonial

La alimentación en la Buenos Aires colonial


  La historia de Buenos Aires es un tesoro que se descubre de a poco. La ciudad tiene bajo su suelo un valioso patrimonio histórico demostrado en las diversas excavaciones arqueológicas. Ese patrimonio, ya reconocido por la sociedad, es estudiado e intenta servir para su preservación y los hallazgos obtenidos pueden contar, inclusive, qué y cómo se alimentaban los habitantes de Buenos Aires en épocas de la colonia.
  Mario Silveira, investigador del Centro de Arqueología Urbana de la UBA, especializado en zooarqueología, (el estudio de las faunas de sitios arqueológicos.) ofreció la charla “Genealogía de una ciudad: los habitantes de la Buenos Aires colonial y su alimentación” en el marco del Ciclo de Conferencias organizado por el Centro Cultural Rojas en la Sociedad Científica.
  Silveira, experto en realizar trabajos sobre los restos óseos que aparecen en los sitios arqueológicos detalló que “esto nos cuenta cuál fue la subsistencia de un grupo o de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires de los distintos estratos sociales”. Para ello se estudiaron los restos que había en los basureros de la época y que fueron rescatados gracias a las excavaciones realizadas por Arqueología Urbana de la UBA.
  “Lo que tratamos de conocer es cómo era la comida en el pasado”, aseguró el investigador para quien “la comida es algo más que un sustento y que calorías. Es casi como el lenguaje; hay una forma social de comer”.
  Silveira distingue dos claras fronteras para la comida en el Río de la Plata. La primera se establece cuando llegan los españoles, “ahí se exporta un sistema de comida indígena y entra una forma de comer traída desde España”. Es forma de comer “colonial” llega hasta mucho más allá de la época colonial, “hasta mediados del S XIX, diríamos hasta poco después de la caída de Rosas”.
  La primera frontera es la caracterizada por la “comida indígena, comen pescado, la caza y consumo de venados y perdices”. La pampa era habitada por los querandíes (nombre dado por los guaraníes ya que en su dieta diaria consumían grasa de animal y significa "hombres o gente con grasa"). Por cierto que tenían una costumbre extraña, “cuando las langostas copaban los campos, quemaban la maleza, los restos eran molidos convirtiéndolo en harina y la comían”. Ni bien se funda la ciudad hacia 1580 se establece una manera de distribuir la carne. Por cierto, esto lo disponía el Cabildo quien hacía una especie de licitación “veía quién y cuánta carne ofrecía durante un año”.
  En esa época se faenaba de manera muy primitiva y se vendía por cuartos. “Esa carne era dura y nos da pautas para saber cómo se cocinaba. La carne era el ingrediente principal en las comidas de la época”. La carne era tiernizada hirviéndola durante mucho tiempo. El puchero no faltaba como así tampoco la sopa. Esta era la entrada de cualquier menú. El locro y los guisos eran menús típicos”, sostuvo Silveira.
  En cuanto al valor, “la carne era muy barata. En proporción, el azúcar y la yerba costaban entre 20 y 30 veces más que la carne”. Esto hace suponer que la carne era consumida en todos los estratos sociales.
  La feria más importante se asentaba en la plaza que estaba frente al puerto. Ocupaba dos manzanas y asentando la mercadería en el suelo, se disponían los puestos para la venta. La pieza frita de pescado era la comida “al paso” que los habitantes tenían en la época colonial, similar al “pancho” actual.
  Hasta mediados del siglo XVIII se mantuvo el sistema de licitación anual por el Cabildo y ya existían tres mataderos en la ciudad.
  Uno de los problemas básicos que tenía la ciudad era dónde tirar la basura. “Como no había recolección, era una cosa terrible. Se encontraba de todo, restos de animales y hasta esclavos” aseguró el investigador. Esto se descubrió en las excavaciones de los basureros. De acuerdo a los hallazgos, se determinó que en la Buenos Aires colonial “casi todos tenían quintas”. Los habitantes eran además grandes consumidores de verduras y frutas. “se encontraron semillas de zapallos, carozos de duraznos, ananá, pelones, higos, naranjas, etc.
 . Fuente: Télam-UBA.



ESCUELA DE NÁUTICA

ESCUELA DE NÁUTICA


La Escuela de Náutica de Argentina fue fundada a finales de 1799 por Manuel Belgrano, uno de los padres de la patria argentina y por Ventura Miguel Marcó del Pont, Síndico del Consulado de Comercio.-

La historia de la Primera Flotilla Mercante Armada de Buenos Aires, fue tan heroica como efímera. En el breve período entre 1800 y 1803; nació, se cubrió de gloria y desapareció sin casi dejar rastros. La cúspide de gloria estuvo dada por la Batalla de Bahía de Todos los Santos, Primer Combate de la Historia Naval Argentina. Sus héroes no pasaron al bronce ni al mármol, pero sus herederos de la Marina Mercante Argentina nunca dejamos de recordarlos, conmemorarlos y emularlos.
Desde los lejanos tiempos de la conquista, para los vecinos de puertos y ciudades de ultramar, tanto como desde siempre para los peninsulares, era tan común entrar en guerra contra Portugal; Francia o Gran Bretaña, como hacer las paces, o, incluso aliarse fraternalmente a ellas con la misma naturalidad con la que algún tiempo antes se las había combatido a muerte. Particularmente en el Río de la Plata, el enfrentamiento permanente era entre españoles y portugueses por la posesión de la Colonia del Sacramento en la costa enfrentada a la capital virreinal: Santa María de los Buenos Aires.
La entrada en vigor en 1778 del Real Reglamento de Aranceles de Comercio Libre, junto al permanente arribo de toneladas de plata provenientes del Alto Perú que partían hacia España, aumentaron notablemente el volumen del comercio de Buenos Aires. Esto no pasaba inadvertido a los portugueses e ingleses, sobre todo en tiempos de guerra. Las naves españolas, cargadas de valores, eran atacadas en alta mar por los mismos mercantes que comerciaban en el mercado negro de los puertos cercanos a Buenos Aires o Montevideo.
En marzo de 1797, “…deseando el Rey fomentar en sus dominios de América el armamento de Corsarios que protejan nuestras costas y hostilicen al enemigo…” firma en Aranjuez esta Real Orden, “… concediendo con este objeto las gracias y franquicias que proporciona a los que armen en corso la ultima ordenanza de este ramos…”.
Esta orden hace eco inmediato en el Real Consulado de Buenos Aires. Este tribunal que reunía a los más poderosos comerciantes de la próspera capital, había sido erigido para estímulo del comercio, la industria y la educación especializada, apenas tres años antes. Al frente de la Secretaría, y a título Perpetuo fue designado directamente por S.M. el joven abogado porteño Dn. Manuel Belgrano, universitario formado en los claustros salamantinos, de gran visión y claras ideas sobre las potencialidades de su tierra natal.
Su puesto en el Consulado sirvió para difundir esas ideas de desarrollo e intentar concretarlas. Una de las más interesantes tuvo su hora el 25 de noviembre de 1799, cuando en una de las salas del tribunal consular se inauguraban los cursos de la Escuela de Náutica, que a semejanza de las establecidas en la Península, fue erigida bajo la protección del Real Consulado. Era la consagración de una de sus ideas más fuertemente promovidas. Belgrano había observado, estimulado por la lectura de Jovellanos y otros singulares contemporáneos, la importancia estratégica de la posesión de una flota mercante.
El establecimiento de la Escuela de Náutica, reforzó la añeja rivalidad entre Buenos Aires y Montevideo. Aquella era la capital virreinal y este un excelente puerto de mar, pero el comercio de la Reina del Plata era cinco veces mayor que el de su vecina cisplatina. Para colmo, la Comandancia de Marina del Río de la Plata -inspectora natural de las eventuales Escuelas de Náutica que pudiesen crearse- no se encontraba en la capital sino en el puerto oriental.
En esta coyuntura, la colaboración que prestaba la Armada al comercio de Buenos Aires, no era precisamente perfecta. Las pasiones humanas competían con los ideales del deber, amparados por la lejanía de la Metrópolis. A la hora de patrullar y combatir a los corsarios enemigos que asolaban a los buques españoles en tránsito hacia y desde Buenos Aires, siempre había plausibles fundamentos -ciertamente muy relacionados con la realidad colonial- para no salir a navegar: cuando no faltaban velas, cabuyería o pólvora; hacían falta marineros, pilotos o prácticos experimentados en la riesgosa navegación del inmenso Río de la Plata.
Los ataques portugueses ya eran alevosos. Las impunes naves enemigas podían verse en el horizonte argentino del río. Colmada la paciencia y exasperados por las cuantiosas pérdidas económicas, en noviembre de 1800, a instancias de Belgrano, la Junta de Gobierno del Real Consulado porteño resuelve recaudar fondos para armar buques mercantes en corso para la defensa de la ciudad y el comercio. Para ello se cobraría un Derecho de Avería del 4% a las importaciones y de la mitad para las exportaciones.
La Navidad de 1800 encontró a los miembros del regio tribunal ensimismados con los arreglos administrativos referentes a la compra y entrega del bergantín estadounidense “Antilop”, que había sido el elegido para encabezar la Armada de Buenos Aires.
Su precio había sido convenido en 11.000 pesos corrientes, que fueron abonados a su capitán con fondos de la Tesorería consular, previo acuerdo y visto bueno del Marqués de Avilés, virrey del Río de la Plata. El virrey había ya expresado su urgencia para que
“… pueda sin más demora proceder a activar las disposiciones concernientes á su apresto y pronta habilitazion, realizando el armamento qe tiene ofrecido pª concurrir de su parte á la defensa del comercio por medio del predicho Bergantin y otros buques que pueda proporcionarse, ya que el Navio Pilar (de la Real Armada. N. del A.) no remitió á propósito, y qe en estos puertos no hay otro alguno de su porte que poder subrrogar en su lugar…”
El “Antilop” era un bergantín guarnido como goleta, artillado con 4 carronadas cortas de a 16 libras; 10 cañones de a 10´ (5 en la banda de babor y 5 en la de estribor; todos sobre la cubierta principal y con sus correspondientes troneras), y otros 4 de a 4´.
Finalizados los trámites administrativos, el 28 de marzo de 1801, el buque del consulado se encontraba fondeado en las Balizas, frente a Buenos Aires. Ese día todo relucía particularmente; sus guarniciones habían sido renovadas: velas, cabos, amarras. Pilotos, marineros, artilleros y los granaderos que componían su guarnición militar estaban formados sobre la cubierta, impecablemente vestidos con sus correspondientes uniformes, orgullosos de su nave.
El Consulado había confiado el comando en el capitán mercante, Dn. Juan Bautista Egaña, un prestigioso criollo, fogueado en las lides de la mar que prestaba servicios en el puerto del Callao (Perú). A la hora señalada, varias lanchas acercaron a la nave a los miembros del Consulado, quienes encabezarían una particular ceremonia. Sonaron silbatos indicando órdenes desconocidas para el común de las gentes de tierra. Todo se puso en su sitio.
El Prior y el Secretario del Consulado pronunciaron sendos discursos arengando el fervor patriótico de la tripulación encargada de la defensa de la ciudad y su comercio. Se designó formalmente a Egaña capitán de la nave, que a partir de ese instante llevaría el nombre del Santo Patrono del Consulado: “San Francisco Xavier”, aunque todos conocerían al buque por su alias de “Buenos Aires”, pues ese nombre llevaba escrito en su popa, designando a su puerto de Matrícula como a su propietario.
Se hizo un solemne silencio mientras por la driza del pico de la cangreja se izaba el magnífico pabellón mercante del Río de la Plata , acompañado por el correspondiente toque de silbato. Al llegar al tope, la quietud del río se estremeció por el bramido del cañonazo con que se afirmaba el pabellón. Toda la tripulación e invitados rompieron en gritos de alegría y vivas a España y al Rey.
Abastecido de personal -a través de las “levas” que se hacían periódicamente en los puertos de Buenos Aires y Montevideo-, de guarniciones, munición y alimentos, zarpó de las “Balizas” en su viaje inaugural, el 11 de abril, llevando a su bordo varios cadetes de la Escuela de Náutica quienes, según su instituto, y por especial iniciativa de su Segundo Director -el piloto mercante corcubionés Dn. Juan de Alsina- pues se inclinaba decididamente hacia la enseñanza práctica. Según su idea, los cadetes “…debían saber cortar las jarcias, y otras faenas, para que cuando sean jefes, conozcan aquello que van a mandar…”.
Junto a su compañera, la goleta “Carolina”, adquirida también por el Consulado porteño, se dedicaron al patrullaje del Río de la Plata, persiguiendo a los corsarios portugueses y evitando sus tropelías. La iniciativa de Belgrano daba frutos concretos, y el comercio estaba protegido por una fuerza naval propia con un poder disuasorio suficiente.
La helada mañana del 25 de agosto de 1801, zarpa el “San Francisco Xavier” en el viaje de corso que lo llevaría a la gloria. La patrulla se extendería hasta donde fuese necesario. Recorrieron la costa sur de Buenos Aires, para luego subir por la costa oriental del Uruguay y más allá hacia el norte.
El amanecer del 12 de octubre, encontró al “Buenos Aires” a 8 leguas al sudeste de la barra de la Bahía de Todos los Santos, al norte del Brasil. Desde la cofa del trinquete, el vigía anunció tres velas unidas.
Egaña dio las órdenes para arribar sobre ellas. Eran un paquebote armado en guerra, y dos mercantes a los que comboyaba: un bergantín y una zumaca. Serían los mismos de los que le habían dado noticias a Egaña los prisioneros portugueses que llevaba a su bordo.
El paquebote de guerra “San Juan Bautista”, armado en guerra con más de 20 cañones de gran calibre, izó las señales de reunión, a lo que los mercantes respondieron de inmediato. Al punto Egaña ordenó zafarrancho: Aprontar velas, armas mayores y menores, agua y arena para los incendios, municiones, aclarar los cabos, etc… Se aproximó a las naves portuguesas, y estando a tiro de cañón, enarboló su pabellón español de primer tamaño, afianzándolo con su correspondiente cañonazo; los adversarios ejecutaron igual maniobra, y a las 7 de la mañana, apenas clareaba el día, rompieron el fuego por ambas partes. En ese momento quedó perfectamente clara la diferencia de poder de fuego entre el “San Francisco Xavier” y sus oponentes, tal como le habían predicho a Egaña. Aun así, los primeros disparos no surtieron mayores efectos, sobre todo porque el portugués se afanaba en desarbolar el bergantín porteño.
Egaña aprovecho el tiempo y el entrenamiento de su tripulación, para generar varias escaramuzas con el objeto de verificar cuáles podrían ser sus ventajas sobre el enemigo, quien lo superaba claramente en poder de fuego. A poco andar pudo observar que su preeminencia radicaba en el poder de maniobra del “Buenos Aires”. En él Egaña haría pivotear el combate para intentar volcarlo en su favor. No se podía arriesgar al combate de artillería, la diferencia era abismal; debería forzar a los portugueses a maniobrar de modo tal que pudiera abordarlo.
La confianza de Egaña en el valor y destreza de su gente, se emparejaba con la que tenía en su nave y en su propia idoneidad en los arcanos de la mar.
Resuelto el capitán criollo a la acción, y a darle la victoria a las armas de Su Majestad, ordenó largar todo aparejo en ademán de huir, a fin de engañar al enemigo, llamando toda su atención a su maniobra. Por su parte, el capitán del paquebote portugués, persuadido como estaría de la victoria, descuidó el buen arreglo que había mantenido durante el corto combate y, sin contención, dispuso largar “cuanto trapo podía” haciendo los mayores esfuerzos para alcanzar a los huidizos españoles. En ese estado de la persecución, viró Egaña repentinamente “por avante”, quedando “de vuelta encontrada” con el enemigo.
En pocos minutos las bordas del “San Francisco Xavier” y del “San Juan Bautista” quedaron enfrentadas y a tiro de fusil. Antes de que los portugueses pudieran salir de su asombro, el bergantín porteño descargó toda la artillería que tenía previamente lista con bala y metralla, para cubrir el abordaje.
Las descargas de bala, metralla, palanqueta y pie de cabra que efectuaba el paquebote lusitano, no surtían efecto en la tripulación de Egaña que se encontraba íntegramente tendida sobre cubierta; pero hicieron estragos en la arboladura del trinquete del “San Francisco Xavier”, provocando severos incendios en el velamen.
Con su autoridad e idoneidad, el capitán criollo había adiestrado tan disciplinadamente a su tripulación, que ningún contratiempo distraía su atención. Ordenadamente disparaban la artillería, la fusilería y “esmeriles” de las cofas. Los granaderos hacían estragos con sus granadas de mano. El desorden y horror provocado entre los portugueses, abrió paso a los 36 hombres del “San Francisco Xavier” quienes, a la voz de Egaña, abordaron el paquebote, con sable y pistola en mano.
En el combate cuerpo a cuerpo, los bravos españoles y criollos no tardaron mucho en superar ampliamente a los sorprendidos portugueses que se defendieron con valor y coraje. En medio del fragor del combate, entre disparos,humo de pólvora, golpes de acero, fuego y charcos de sangre; un marinero del “Buenos Aires”, eludiendo a la muerte a cada paso, corrió evadiendo directamente hacia la popa del paquebote.
Un solo objetivo nublaba su visión: Obsequiar a su bravo capitán el Pabellón de Guerra Portugués, el premio que tanta bizarría merecía. Al llegar al sitio del honor, los siete escoltas de la Bandera de Guerra, atacaron al marinero Manuel Díaz con fiereza. Nada podría interponerse entre este bravo marinero canario y ese pabellón.
Un portugués le asesta un chuzaso en la sien, a lo que el canario responde con un certero pistoletazo que le vuela la sien. Hiere a unos y ahuyenta al resto, corta la driza y recibe su tan ansiado trofeo. El Pabellón de Guerra cae tersamente en las manos de Díaz, condecorándose con la valiente sangre de los hijos de Portugal que el marinero llevaba entre sus dedos.
A las 10:30 de esa mañana, el paquebote se rendía bajo el pabellón de España. Habían muerto 7 portugueses, entre ellos su piloto; y otros 30 salieron heridos, contando a su capitán, quien lo estaba de gravedad. El propio Egaña había recibido dos serias heridas. Los dos mercantes portugueses, al percibir la derrota de su escolta, forzando la vela, se pusieron en huida hacia el puerto de Bahía desde donde habían zarpado.
Egaña encargó a algunos de sus oficiales el cuidado de su presa y, desatracándose de ella, se dispuso a la persecución. A pocas millas los apresó a ambos, descubriendo que en el bergantín llevaban 250 esclavos, y la zumaca estaba cargada de carnes.
Ante tan apretada circunstancia, viéndose Egaña con tres buques apresados y 160 prisioneros, resolvió embarcar a estos en la nave de menor entidad – la zumaca -, y devolverlos al puerto de Bahía de donde habían partido, llevando en triunfo Buenos Aires al paquebote y el bergantín portugueses. La alegría entre la tripulación era tanta, que en Acción de Gracias, Egaña ordenó celebrar una “función” litúrgica, junto a su tripulación, en honor a Nuestra Señora del Pilar, por ser ese día del combate, el de su solemnidad.
El alborozo de los porteños a la llegada de la “Flota” no tenía comparación. En el muelle se apiñaban los curiosos para vivar al valiente capitán, cuyo buque se erguía orgulloso sobre el manto de plata del anchuroso río, escoltando a sus presas. Los miembros del Consulado, acompañaron a Egaña y al valiente marinero Díaz hacia el Salón Noble del regio tribunal, para expresarles la gratitud del “Comercio” y de la ciudad toda. A Egaña se le honró con el asiento del Prior, y a Díaz con el de uno de los Cónsules. La multitud, desde la calle, escuchó atentamente a través de los amplios ventanales enrejados, los laudatorios discursos.
Como premio a tan valerosa acción de guerra, se obsequió a Egaña con un “sable con su cinturón a nombre de este Real Consulado con Puño de Oro y las armas de este mismo Cuerpo con la inscripción correspondiente que en todo tiempo acredite su valor y pericia”, y al marinero Manuel Díaz, la Junta de Gobierno le concedió “un Escudo de Plata con las armas de este Real Consulado para que lo lleve en el brazo derecho en memoria de su valor y desprendimiento con su correspondiente inscripción”. Asimismo el Consulado “informará de la acción a S.M. con toda energía, y suplicándole le conceda los honores de Teniente de Fragata”.
El año de 1801 pasó sin mayores sobresaltos. Los buques del Consulado continuaron patrullando las costas, desde “La frontera” en Carmen de Patagones, hasta el Brasil, llevando a su bordo cadetes de la Escuela de Náutica, tanto en puerto como en navegación.
A pesar de los resultados positivos, oscuras presiones ejercidas desde el anonimato por sicarios que veían en la “Armada de Buenos Aires” la evidencia de su inoperancia, hizo que esta vea el fin de sus días de gloria para las Armas de S.M..
En febrero de 1802, se abría un “Expediente formado para la venta de la Goleta nombrada Carolina perteneciente al Real Consulado, y el Bergantín San Francisco Xavier Alias Buenos Ayres”.
Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Escuela Nacional de Náutica Manuel Belgrano
Historia y Arqueología Marítima (Histarmar)
Portal www.revisionistas.com.ar
Vázquez, Horacio Guillermo – Glorioso origen de nuestra Marina Mercante
Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar


viernes, 10 de julio de 2015

Salón de Madame Mandeville

Salón de Madame Mandeville



Salón de Madame Mandeville, ubicado en el solar que hoy ocupa Florida 271, en Buenos Aires
Era este salón el más concurrido desde antes de llevar ese apellido la señorita Sánchez, que fue igualmente señora de Thompson, tres nombres distintos y una sola verdadera.  Fue también el más largo, no sólo por sus trece varas de longitud y seis de ancho, en el que llegaron á bailar sesenta parejas á la vez, sino porque reunió lo más selecto de nuestra sociedad.  Desde antes de 1806, hasta después de 1866, en largo medio siglo, con breves interrupciones, pasó por él cuanto de notable llegaba al país.  Tan consecuentes fueron sus comensales, que todavía en ésta última fecha, concurrían treinta años ha, algunos de la juventud elegante de 1837.

Ya el año de la Reconquista se reunían en torno a la mesa de malilla, las bellezas de su tiempo, rodeando al Virrey de la Victoria, y codeándose Pueyrredón, Sáenz Valiente, Sarratea, Lezica, Escalada y Almagro, con Beresford y sus ayudantes, que hallaban en tan amable sociedad lenitivo a sus breves horas de prisión.
No fueron meras sonrisas de banalidad, efímera galantería ó crítica de modas, lo que en ese ambiente de tolerancia y cultura se desarrollaba.  Entre dos amables cortesías, San Martín combinaba con el mayor Alvear, el color del uniforme y equipo del “Regimiento de Granaderos”, que ambos organizaban, entrando allí al pasar para el Cuartel del Retiro, (1812); como Rivadavia, en otro ángulo del salón, daba los últimos toques al “Reglamento de la Sociedad de Beneficencia” (1822), y en 1826, el Almirante Brown, ofrecía al general Balcarce bautizar con su nombre el buque más velero de la Escuadra, en recuerdo del que firmó el parte de nuestra primera victoria.  Mientras señoritas y caballeros flirteaban entre la danza, la amable dueña de casa, dábase tiempo para secuestrarse breves momentos en el aposento de sus secretos, y trazar con la velocidad de su pensamiento, páginas que han quedado hasta nuestros días, palpitantes de sentimiento patrio.
La noche del 15 de Octubre de 1812, numerosísima era la concurrencia.  Ostentaban sus joyas y belleza en estrado principal, las primeras patriotas argentinas, que ofrecieron al Gobierno el armamento costeado con su propio peculio, elevando la nota que la señora Thompson terminaba con este bello pensamiento: “Yo armé el brazo de ese valiente que aseguró su gloria y nuestra Libertad”.
Acompañaban a la activa Secretaria perpetua de toda noble iniciativa, las señoras: Quintana, Remedios, Nieves, María y Eugenia Escalada, Ramona Esquivel y Aldao,  Petrona Cordero, Rufina de Orma, Isabel Calvimontes de Agrelo, Encarnación Andonaegui, Magdalena Castro, Angela Castelli de Igarzábal y Carmen Quintanilla de Alvear. Esta, y el dueño de la casa, Señor Thompson, hacían “vis a vis” en la cuadrilla de honor, al mayor Alvear, con la espiritual Mariquita; el comandante San Martín acompañando la señora de Escalada, y el general Balcarce, la de Quintana.  A las de Azcuénaga, Casacuberta, Gómez, Elía, Luca, Riglos, Sarratea, Barquín, Balbastro, Rubio, Oromí, Casamayor, Soler, La Sala, atendían galantemente los Señores: Luca, García, Viamont, Rojas, López, Pueyrredón, Larrea, Tagle, Olazábal, Guido y otros.
Pero la nota sobresaliente de esa tertulia, en celebración de la victoria de Belgrano, no lo era tanto el Capitán Helguera, quién volara desde Tucumán con el parte Oficial, (rodeado en antesalas por militares, ciudadanos y aún sacerdotes, como Don Valentín Gómez, Molina, Rodríguez, pidiendo los primeros, detalles de la acción, y todos, informes de sus deudos en el ejército), como la gravedad del Jefe de Granaderos, derretido, cual simple cadete, ante la más jovencita, candidato oficial de tan tierna candidatura.  El mes anterior ya había obtenido licencia para desposar, a la que tan pocas horas le fue dable endulzar los días nublados del gran Capitán.
Notado el idilio por la dueña de casa, al pasar del brazo de Monteagudo, le hizo exclamar: “Observe Ud. a Hércules, teniendo la madeja en que le enreda Onphala.  Parece que San Martín vuelve de Libia…”.
Y esta ilustrada señora de ingenio, supo colocarse siempre al nivel de las exigencias, siendo la primera en todas las manifestaciones de patriotismo y caridad.  Fue así designada por sus compañeras, para pronunciar el discurso tan sentido como elocuente, el 3 de Julio del año 26, en la Sala Argentina, presentando al General Brown, a nombre del bello sexo argentino, una bandera de Almirante, inscrito entre orlas de laurel, en letras de oro: Al día 11 de Junio de 1826, que terminó con esta frase: “Ofrenda de su admiración, las señoras esperan que os acompañará en los combates que emprendéis en
defensa de nuestra Patria”.  El bravo irlandés, todo conmovido, contestó: “Que una vez enarbolada aquella bandera, no vendría abajo, sino cuando cayera el palo, o se sumergiera el buque”.
Un poco antes, nombradas las primeras socias que formaron la Sociedad de Beneficencia, ésta su Secretaria fundadora, ofreció la comida de recepción, a la que, si no faltó ninguna de sus consocias, sí faltaron más de una pieza de su numerosa vajilla de plata, pues marino inglés hubo la habilidad de sustituirlas por loza inglesa, tratando de convencer, que más valor tenía una porcelana china, o cristal de Bohemia, que fuente de plata maciza del Perú.  A lo que la anfitriona contestaba: “Sí, pero como ya dejado de ser nuestro el Alto Perú, el Potosí se aleja”.
No impidió esto enviara al contralmirante la bandeja de plata tan elogiada, añadiendo la negrita esclava, recado en su media lengua: “Manda decir mi amita que las naranjas también son para su merced”.  El contenido, fruto era del hermoso naranjo de su patio, y el continente, obsequio del señor Lezica, hecho a martillo en Chuquisaca.
Rodeaban a Madame Mandeville, la presidenta de la Sociedad de Beneficencia, Mercedes La Sala, y a su izquierda, la vice-presidenta María Cabrera; en frente, a uno y otro lado de la otra secretaria, Isabel Casamayor de Luca, Doña Joaquina Izquierdo, y Doña Manuela Aguirre, siguiendo las señoras Cossio de Gutiérrez, Foguet de Sánchez, Azcuénaga, Cipriana Viana y Boneo, Isabel Agüero, Josefa Ramos, y Chavarría de Viamont.
Alegre y concurrida tertulia siguió a la comida, en que descollaban por su gracia y las Sosas, López, Sarratea, del Pino, Coronel, Lezica, Lozano, Garrigós, Espinosa, Darragueira, distinguiéndose por su galantería, los jóvenes: Garmendia, Azcuénaga, Alcorta, Terrero, Gómez, (Don Goyito), Wilde, Lezica, Olazábal, Balcarce, Elía, Luca, Calzadilla, Olaguer Feliú, Varela y otros.
Delgada, de baja estatura, no llegó a ser una belleza; al par de la de sus hijas y nietas, remarcables tipos de esbeltez, sobresaliendo, sí, por aquella otra más durable belleza de la inteligencia, como lo comprueba su atracción, rodeada de todo lo más distinguido, y por su gran corazón y obras de beneficencia, que en pos de sí ha dejado.  Su fina educación, desde los primitivos tiempos de la Patria vieja, le hacía descollar, así en su fácil expresión en diversos idiomas, cual por su habilidad en el clave, el arpa y el canto.
De su ilustración como escritora, dejan muestra numerosos documentos, en el archivo de la Sociedad de Beneficencia.  El General Guido la compara en sus cartas a Madame Récamier, y el poeta Echeverría, oyéndola cantar al arpa sus poesías, en música de Esnaola, la denominaba La Corina del Plata.
En una de esas tertulias, después de encargada la Sociedad del Colegio de Huérfanas, tuvo ocasión de escapar a su saloncito para escribir, entre dos rigodones, la siguiente plegaria:
Oración que se enseñará a los niños expósitos.  “Padre Nuestro que estás en los cielos, tú eres nuestro solo Padre ¡por que los que nos dieron el ser nos han abandonado y arrojado al mundo sin guía ni amparo!  No los castigues, Señor, por esta culpa, pero dadnos resignación para soportar nuestra horfandad.  No permitas que cuando nuestra razón se desarrolle, sintamos odio y rencor contra los autores de nuestra desgracia; que ella nos sirva de ejemplo para no imitarlos; dadnos, Señor, entendimiento para aprender, a fin que podamos adquirir con nuestro trabajo nuestra subsistencia.  Haznos humildes, pues no tendremos tantos motivos para que nuestro amor propio sea irritado; dadnos un juicio recto para sabernos conducir; no nos abandone jamás tu misericordia; inspira caridad a los corazones que nos protejan para que no se cansen de nosotros, y haznos, Señor, dignos de tu gloria!”.
Fue, desde antes de su matrimonio, una de las más ricas herederas.  La manzana entera, limitada por las calles, hoy Cangallo, San Martín, Cuyo y Florida, se contaba entre los cuantiosos bienes de sus antepasados; la Quinta de los Olivos, desde las “Cinco Esquinas” hasta la Recoleta, y la Chacra de trescientas varas, por legua y media de fondo, desde la lengua del agua, tras la Iglesia de San Isidro, mínima parte fueron de sus cuantiosos bienes.
La sociedad elegante de entonces, como al presente y en todo tiempo, siempre ha sido dispendiosa.  Aunque en los tiempos que tradicionamos, al chocolate de la tertulia, no seguía la mesa cargada de flores y frutas, ni la moda de un nuevo traje por noche, ya había empezado a venderse en solares, la gran manzana referida; por sólo catorce mil pesos, la Quinta con lagares y esclavos, en la que ésta escribimos, y posteriormente en diversos lotes, los terrenos de San Isidro, excepto el contiguo al que habitara (actual propiedad de la sucesión Gramajo) que regaló a una de sus íntimas, para tenerla en su inmediación.
La casa que describimos a continuación, de tres altas ventanas con rejas, (apareciendo como en alto) abría su ancha puerta bajo el número 98 de la calle Florida, (numeración antigua), y subiendo sus cinco escalones de mármol, se entraba al patio.  Por la primera puerta de la derecha introducíase al gran salón, tapizados sus muros de riquísimo damasco de seda.  En medio del techo de espejos, enmarcados en espléndido maderaje, pendía una riquísima araña de plata, y gran chimenea francesa en el centro, había ya sustituido las antiguas copas de bronce con fuego.  Muebles de brocato amarillo, bajo cortinaje de lo mismo, completaban su mobiliario; hacia el testero opuesto al alto estrado, el arpa y el clavicordio, donde ensayó el Maestro Parera, la música del Himno Nacional.  Floreros y zahumadores en las esquineras, y sobre mesitas o consolas de pié de cabra, altos espejos venecianos, con plateados marcos de lo mismo.
En sus últimos tiempos, lucían una de las rinconeras, entre pebeteros de plata, la taza de Sévres, y grandes floreros que Luis Felipe obsequió a la esposa de su representante, en ocasión de repetidos actos de prodigalidad para el Hospital Francés.  Pasando una salita, seguía el gran comedor, con sus altos aparadores relumbrantes de argentería.  Antecediendo al salón, el gabinetito de confianza, con elevadas ventanas a la calle.  A otro cuarto de entrada, o antesala, se subía por los cinco escalones antedichos, pues, bajo tan altos pisos, había un gran sótano.
Suntuoso era el aspecto de aquel salón donde bailaban la contradanza, el minué, la polka de variadas figuras, en que se lucía el piecesito sobre medias finísimas caladas, o bordadas de oro o acero, zapatitos de raso negro, con atacados; el traje sobre el tobillo; muy tirante la pollera; el talle corto lo mismo; de dos mangas muy anchas, peinetones y peinado de bucles.
De aquel movible jardín de bellezas, destacábase en su salón color de oro, elegante y coquetona, la señora de la casa con su espléndido collar de perlas, pero de menos reflejos que sus pequeños ojos vivísimos; sumamente graciosa y atrayente, derramando gracia su ingenio tan movible como su personita, teniendo una palabra amable para cada uno.
A más del ilustre poeta argentino Don Juan Thompson, su primogénito, y Don Julio Mandeville, Secretario de la Legación Argentina en Londres, (su último hijo), ornato fueron de su salón cuatro bellísimas hijas, tan finas como bien educadas: Clementina, de admirable cuerpo escultural, con cierta tinturita de coquetería de buen tono; la espiritual Magdalena, que tanto era galanteada en francés, como en inglés, idiomas que hablaba bien, pero no mejor que el de sus expresivos ojos, sumamente habladores; Florencia, preciosa, fina, delicada, tipo algo ideal, que descollaba en la danza por su agilidad, y la Albina, la blanca Albina, tocando el arpa admirablemente como ninguna en su época: sus manos lindísimas y casi transparentes, recorrían las cuerdas arrancando mágicos sones, que iban a levantar eco en más de un corazón.  Completaba grupo tan interesante el Señor de Mandeville, Cónsul General de Francia por muchos años, esbelto y buen mozo, de distinguida y antigua familia, vivo, inteligente, atrayente; tocaba todos los instrumentos en los cuartetos o quintetos que se improvisaban, supliendo el eximio aficionado cualquier instrumento que faltaba.
El Dr. López, recuerda con cuanto tacto y disimulo la Señora de Mandeville, con su gran talento, educaba indirectamente, de una manera hábil, a jóvenes del tiempo, en que lo eran, Alberdi, Gutiérrez, Florencio Varela, etc.
Refería en la conversación los defectos y malas costumbres adquiridas sin pensar, y ellos se reían, repitiendo sottovoce: “Al que le caiga el sayo, que se lo ponga”.  Quería mucho a la juventud que daba esperanzas para la felicidad del país.  ¡Hasta dónde el roce de la mujer de distinción, acaba disimuladamente de completar la educación en cuantos le rodean!  Y este es uno de los descollantes méritos de tan gran dama, así en lo político, como en lo social.
Empezó por reunir sus amigas para adquirir los fusiles que armaron a los Patricios, ofreciendo banderas por sus propias manos bordadas, reuniendo luego en su salón cosmopolita, extranjeros y nacionales de todas las opiniones, cual en oasis donde todos se encontraban bien, en suave atmósfera de tolerancia; como empezó por ser secretaria de la Sociedad, que llegó a ser Presidenta.  Fundó la primera Escuela de ambos sexos en la campaña, y también la Escuela Normal, convirtiendo su salón en escuela de buenas costumbres, de elegancia, de buen tono.  Su prolongación no fue sólo en los frecuentes almuerzos y meriendas (Quinta de los Olivos), a la sombra del primitivo que dio nombre a ésta donde escribimos, sino también en la referida Chacra de San Isidro, al pié de sus barrancas, y en el Bosque Alegre, las cacerías de patos en la playa del gran río, empezadas, concluían por improvisados bailes, en el antiguo solar de sus abuelos, tras la Iglesia del Santo Labrador.  Hotel de Madama Mariquita, llamaban a este antiguo caserón, (Colegio de Aravena, posteriormente) los oficiales de la Escuadra, por la hospitalidad con que se les obsequiaba.
Al recordar que Don Vicente Fidel López, es el único superviviente de sus contertulianos de aquella generación, de que el sabio Don Diego Alcorta fue Profesor de Filosofía, el acaso nos trae, de su última amiga, la cartita que extractamos.  Ella, la Señora Casamayor de Luca, y Spano de Guido, fueron sus más íntimas.  Consolando a una de sus nietas, escribe a las noventa y seis navidades, con letra nada trémula, la solitaria de San Isidro: “Se por una cruel experiencia que en las pérdidas irreparables, sólo el tiempo tiene el poder de dar el ánimo y la calma.  Me refugié en mi Quinta, inmediatamente después de haber recibido uno de esos golpes terribles que casi matan, y en mi desesperación me dije: Yo también voy a desaparecer para siempre del mundo.  De esto hacen ya treinta años, y desde entonces vivo aislada la mayor parte del tiempo, completamente sola, y al fin he conseguido saber que la soledad tiene también sus ventajas; pero para tenerlas, es preciso que la soledad sea absoluta; si se abre una brecha en ella, desaparece”.
También eran, sus asiduas en aquella época, las señoritas de Arana, Beláustegui, Cordero, Lahitte, Garrigós, Vélez, Castelli, y los jóvenes Avelino y Mariano Balcarce, Lozano, Esnaola, Terreros, Peralta, Arenales, Riglos, García (Doroteo), Casajemas, Posadas, Gowland, Alvear, (E.) López, (F.) Azcuénaga, Lahitte, Olaguer, Alcorta, Pinedo, Esteban Moreno, Faustino Lezica, Lorey, Treserra, Cherón, Du Brossay; luego sus hijos políticos, los cuatro últimos.
Sin el temor de no ensartar rosario más largo que de quince misterios, otros tantos nombres conocidos podríamos agregar, pues, sólo desde la moderna introducción de la tarjeta de visita, unos cuantos miles de ella, colecciona el libro de la amistad de tan digna dama, con religioso cariño conservado.  Y esta noble amistad de larga consecuencia, por tantos años prolongada, herencia ha sido de una, dos y tres generaciones.  No fue Santiago Estrada el único intelectual de nuestra generación, que galanteara vecinas de la calle Florida en 1866, en aquel salón y ante la misma dueña de casa, a cuya mesa de malilla se habían sentado sus abuelos, sesenta años antes.
Hace más de treinta años, una de las últimas veces que tuvimos el gusto de verla, la encontramos limitando por Francia e Inglaterra, es decir, entre sus representantes.  Acompañando nuestro buen padre, a felicitarla en el arribo de su hijo, Don Juan Thompson, referíamos al ilustre poeta, cómo un año antes instalamos en la capital de Corrientes, la Redacción de “El Nacionalista”, en la misma casa de las Señoras Berón de Astrada, donde veinte años atrás había él fundado otro periódico liberal, órgano de la “cruzada libertadora” del ejército de Lavalle.  La animación que resurgía en el patriota tales recuerdos, fue interrumpida, al interrogar el contralmirante francés:
- Madama. ¿Cómo Vd. tan amante de todo lo que es francés, y esposa de uno de sus representantes, no ha llegado en sus viajes á Francia?
- Por el canto de la uña – contestó con gracia.
- No comprendo, señora, tan distante de ésta mi tierra, y tan cortas que usan aquí las uñas
- Ahí verá Ud. Señor contralmirante.  Cuando en vísperas del bloqueo francés empezó a ser mal visto mi esposo, Cónsul General, tuvo que salir para Francia.  Acreciendo sus dolencias, menos por obligación que por cariño, creí deber ir a cuidarle.  Mis hijas estaban ya casadas, y éste, mi Juan, no podía volver al país, declarado salvaje unitario.  ¿Qué le parece, señor contralmirante?  No siendo francés idioma pampa, ¿le pronuncia muy mal este salvaje de ella?
- Oh! Madama! Salvajes con la ilustración de Mr. Thompson, tan reputado hombre de letras, codiciaríamos muchos en Francia.
- Bien; en ese más prolongado eclipse de mis amigos, aunque muy miedosa para el mar, decidí embarcarme.  Hasta Montevideo fui bien, pero al llegar a Río Janeiro, tan deshecha pamperada azotó la barca de vela que me conducía, que no obstante llamarse “La Esperanza” sin ésta quedé, de ver más a mis hijas.  Pero, al fin, la espléndida Bahía de Río Janeiro, tranquilizó mi espíritu y el mar.  Allí no iba tan mal, rodeada de la primera sociedad, en Corte que damas y caballeros son tan amables y obsequiosos.  Jóvenes como Diego Alvear, Posadas, Costa, la familia Vernet, Daniel, Carlos y Eduardo Guido, me hicieron con sus atenciones y cuidados olvidar los sufrimientos de la tormenta.  Al día siguiente de un baile de Corte, (todavía ésta, mi nieta Florencia, guarda el vestido, con el cual, del brazo del ministro argentino, General Guido, hice vis-a-vis al joven Emperador), me invitaron para una merienda bajo la cascadiña en Tijuca, donde el Marqués de Caxias me ofreció una manzana, que si no fue la de Eva, casi casi fue la de mi perdición.  Notando en sus rubicundos colores, pequeña picadurita, rasqué un poco la corteza.  ¡Quién le dice a Ud. que amanecí con todo el dedo hinchado, hinchazón que al segundo día avanzaba a la mano, y al tercero, por todo el brazo, con agudos dolores!  Este segundo susto me hizo reflexionar, y me dije: “¿Donde vas, Mariquita? ¡Vuélvete!”  Bien pudiera recaer o sorprenderme grave enfermedad, y en viaje tan largo, acompañada sólo de una sirvienta de confianza, no me decidí a cruzar el Océano.  Recibí mejores noticias de mi marido, y el amor de un hogar que todavía podía rehacer para mis nietas, me retornó a la playa natal.  No recuerdo día de mayor satisfacción, como el que volví a entrar áaésta mi casita de la calle Florida, donde nací, he pasado ochenta años y espero acabar en ella.  Aún para morir, en ninguna parte se halla uno mejor que en su rinconcito de casa propia. . . .
Y a ese espíritu fuerte, que cual lámpara de aceite íbase apagando lentamente, veíamos salir de nuestra Iglesia parroquial los domingos, del brazo de una u otra de sus rubiecísimas nietas, de aquella misma Iglesia de la Merced, cerca de cuya pila bendita, setenta años antes, otros muchos domingos, repetía al esbelto joven que le alcanzaba el agua: “Por más que se opongan, siempre de Thompson”.  Todavía pocos días antes a su fallecimiento, concurrió allí con su lujoso vestido recién traído, conducida por una de esas bellezas.
Dotada de una inteligencia superior, como la mujer más ilustrada de su época, Rivadavia la inició en la idea de formar una Sociedad de Beneficencia, que a la vez que elevara el nivel intelectual de la compañera del hombre, le abriera más vastos horizontes por su mejor preparación.  Medio siglo más tarde, Sarmiento también encontró en ella la más hábil coadyutora para las reformas de la educación, según el sistema norteamericano.  Desde los Jardines de Infantes, escuelas de ambos sexos, en la ciudad y campaña, hasta la Escuela Normal de mujeres, la enseñanza superior con las profesoras traídas de Norte América, todo progreso tuvo implantación bajo su Presidencia.
Nació con la aurora de este siglo, (anticipándose a su siglo) en la casa que el señor Sánchez Velazco edificó ciento veinticinco años ha.  En el último invierno de la vida, al través de los cristales de su aposento, a los que le aproximaba su cariñosa Florencita, divisaba melancólicamente, caer las hojas del decrépito naranjo, plantado en el centro del ancho patio el día de su nacimiento.  Al través de las rejas de esa ventana interior, era su postrera recreación su verdor y sus flores.  Recordaba, cómo le había dado sombra por toda la vida, y también los azahares de su velo de desposada.  Ellas blanqueaban ahora al pié del tronco que se curvaba ya hacia la tierra, semejando pálida mortaja próxima a cubrir sus restos.  Refería que ni el sabio Bonpland, ni Holemberg, lograra extirpar el hormiguero criado en su tronco, cómo las amenas pláticas que bajo el follaje coronado de doradas frutas, distrajeron sus horas en distintas épocas, con el Mariscal Santa Cruz, el Conde Waleski, Mackau y el Marqués de Caxias, pues honrada había sido con la amistad de todos los notables y hombres de letras que concurrieron a centro tan culto y agradable.
Una imaginación viva y abierta a todas las impresiones de lo bueno y de lo bello, indulgencia notable, y urbanidad exquisita, daban a su trato, a sus confidencias y a sus cartas, cierto encanto que constituía el amable imperio ejercido sobre su virtud.  Por esto, el reloj que desde la chimenea de su alcoba, marcó la hora de su muerte, había señalado muchas veces a Saavedra, Belgrado, Rivadavia y Pueyrredón, a Presidentes, Ministros y Diplomáticos la hora de sus tareas, detenidos por su atrayente conversación.  Aquel reloj sigue parado en su última hora, y ¡doble coincidencia! decrépito y carcomido, secándose el árbol plantado a su nacimiento, murió con su dueña.
De opuestas ideas a su íntima superviviente, treinta años ha secuestrada en la soledad de su Quinta, Madama Mandeville, quería morir como había vivido, rodeada de las flores por sus propias manos cultivadas, que perfumaron su vida, y de la amistad que endulzó sus más bellas horas.  Y así en sus conversaciones, recordaba las últimas amigas con que había tomado mate a la sombra del histórico naranjo, señoras de: Telechea de Pueyrredón, Correa de Lavalle, de Zumarán, de Angelis, Villanueva de Armstrong, Reinoso de Pacheco, Plomer de Lozano y la Marquesa de Forbin-Jackson.
Fuente
Patricios de Vuelta de Obligado
Obligado, Pastor – Tradiciones de Buenos Aires (1580-1880).
www.revisionistas.com.ar
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martes, 7 de julio de 2015

PEDRO REGALADO DE LA PLAZA “uno de los principales colaboradores del general San Martín en la instrucción militar del Ejército de los Andes”.

PEDRO REGALADO DE LA PLAZA 

uno de los principales colaboradores del general San Martín en la instrucción militar del Ejército de los Andes”.
 



Nació en la ciudad de Mendoza, en 1787, siendo sus padres el teniente general don Gaspar de la Plaza y doña María Micaela de Acosta.

Ingresó a la carrera militar en clase de cadete, el 28 de enero de 1803, participando en las invasiones inglesas, donde por su heroica actuación contra el usurpador inglés fue designado teniente del “Cuerpo de Voluntarios del Río de la Plata”, el 1 de septiembre de 1807, y al año siguiente ayudante del primer batallón.

Después de los sucesos de mayo, la Primera Junta lo reconoció como capitán graduado, el 3 de agosto de 1810, otorgándole el nombramiento de primer ayudante mayor del Regimiento de Artillería. Fue nombrado capitán 2do de la 5ta Compañía, el 24 de mayo de 1811.

A raíz del desastre de Huaqui, integró el cuadro de oficiales formado por Manuel Dorrego, Ignacio Warnes, y otros, que al mando del Cnl Cornelio Saavedra se dirigieron a incorporarse en agosto de 1811 al Ejército del Alto Perú. Participó en las victorias de Tucumán y Salta, y en las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma. 

A comienzos del año 1814 se sumó al ejército que sitiaba Montevideo. Una vez caída la plaza, fue enviado a Mendoza, el 13 de diciembre de 1814, para incorporarse a las fuerzas de San Martín; conduciendo 50 artilleros y cuatro cañones, con el grado de comandante general de artillería.

San Martín descubrió sus excelentes condiciones de organizador en el manejo del arma de artillería y lo designó director de la maestranza y parque.

El 15 de junio de 1815 le fue dado el empleo de sargento mayor, y recibió la confirmación del grado con la promoción de teniente coronel graduado en 1816.

Regalado de la Plaza era un oficial práctico en su arma y poseía notables condiciones de organizador. Su labor y capacidad llamaron la atención de San Martín, cuya estimación y confianza se granjeó rápidamente.

La confianza del Libertador lo hizo depositario de máximas responsabilidades, poniéndolo a cargo de todas las actividades del parque, laboratorio de mistos, fábrica de salitre, de pólvora y fundición. El director por su encomiable labor al frente de la maestranza, le dio gracias en nombre de la patria el 16 de setiembre de ese año, calificando sus servicios de “honrosa comportación”. Dice el Grl Florit en su libro: “San Martín y la causa de América” que el comandante Regalado de la Plaza fue uno de los principales colaboradores del general San Martín en la instrucción militar del Ejército de los Andes.

Puesto en mando el Ejército de los Andes, condujo por los desfiladeros de Los Patos el grueso de la artillería, gracias a las sabias disposiciones por él tomadas.

Actuó con brillo en la batalla de Chacabuco, mereciendo que el Grl San Martín  en un parte suplementario que envió al gobierno de las Provincias Unidas, el 14 de abril de 1817, recomendase varios jefes y oficiales que se habían  destacado en aquella acción. Refiriéndose a Regalado de la Plaza, señaló: “El comandante general de artillería D Pedro Regalado de la Plaza, que como jefe ha llevado su deber del modo más satisfactorio y en la campaña ha satisfecho la confianza que me merecía”.

El 31 de mayo de 1817 era promovido a teniente coronel efectivo y comandante de un batallón de artillería de reciente creación. Compartió el desastre de Cancha Rayada. Pocos días más tarde, actuó brillantemente en la batalla de Maipú al mando del regimiento “Artillería de los Andes”, comportamiento que San Martín, reconoció nombrándolo coronel, el 15 de abril de 1818.

Al mes siguiente, a su solicitud, obtuvo licencia, y el 1 de septiembre de dicho año se le concedió retiro por invalidez, radicándose desde esa fecha en su ciudad natal.

Por acciones de guerra, se le otorgaron las condecoraciones dadas a los vencedores de Tucumán y Salta, la medalla de Chacabuco y los cordones de Maipú; fue miembro de la Legión del Mérito de Chile. En 1820 comandó la artillería de las fuerzas mendocinas que se organizan para rechazar la invasión de José Miguel Carrera.

Fue comandante general de armas, jefe de estado mayor y comandante general de artillería en las administraciones de Alvarado y Videla Castillo. Invadida la provincia de Mendoza por Juan Facundo Quiroga luchó en su contra, en la localidad de Rodeo de Chacón en combate favorable  al jefe riojano, que lo obligó a exiliarse en Chile, donde murió en el año 1856. Dijo Sarmiento al recordarlo: “Es uno de esos fragmentos de las pasadas glorias, arrojadas aquí y allá como escombros de los grandes trastornos volcánicos. Actor y artífice de nuestras más grandes glorias militares”.

José A. Scotto en su antigua recopilación biográfica cita un fragmento  de la oración fúnebre que ante su féretro pronunciara don Bruno Larrain en Santiago de Chile: (...) “Aquí tenéis, señores, los restos de un hombre, que ayer no más era un rasgo histórico palpitante de la revolución que nos elevó a la dignidad de hombres libres, virtuoso, humilde, modesto hasta confundirse entre la multitud, padre de la patria, servidor infatigable de la humanidad, esposo digno, padre cariñosísimo, he aquí en compendio, señores, los rasgos distintivos de su carácter. ¿Quién no lo conoce en Chile y en la República Argentina, su patria? ¿Quién lo odia, ó más bien, quién no lo aprecia? (...)

Próximo a expirar, a la edad de 71 años, decía a sus hijos: “nada tiene que dejarles este pobre viejo que va a morir, nada: sino un nombre, y el recuerdo que a éste está unido, que el que lo llevaba se consagró con toda su alma al servicio de tres repúblicas”.



BIBLIOGRAFIA 
JOSE ALBERTO SCOTTO, Notas Biográficas, Bs. As., 1910, tomo II.
BARTOLOME MITRE, Obras Completas, Bs. As., 1938.
JOSE P. OTERO, Historia del Libertador José de San Martín, Bs. As., Biblioteca del oficial, 8 tomos, 1944/1945.
ALFREDO GARGARO, Pedro Regalado de la Plaza; Comandante General de Artillería; Director de Maestranza del Ejército de los Andes. Relación documental, Santiago del Estero, 1950. 
DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO, Obras Completas, Bs. As., 1956, Tomo XIV.
ERNESTO FLORIT, San Martín y la Causa de América, Bs. As., Círculo Militar, 1967.
Cutolo, Vicente, Nuevo diccionario biográfico argentino, Ed. Elche, Bs. As., 1968-1985.
De Marco, Miguel Ángel, La patria, los hombres y el coraje, Ed. Emecé, Bs. As., 2006. ISBN 978-950-04-2776-0
Ruiz Moreno, Isidoro J., Campañas militares argentinas, Tomo I, Ed. Emecé, Bs. As., 2004. ISBN 950-04-2675-7