jueves, 22 de enero de 2015

CORONEL LORENZO LUGONES: UN HEROE SANTIAGUEÑO

CORONEL LORENZO LUGONES: UN HEROE SANTIAGUEÑO
Dedicado a mis nietos Facundo Lorenzo Lugones y Santiago L. Lugones, descendientes de éste.

El 10 de agosto de 1796 nace en Pampallasta, Santiago del Estero. Muy joven, a los 14 años de Edad, se incorporó al ejercito, al Cuerpo de Patricios Santiagueños, bajo las órdenes del Coronel Juan Francisco Borges. Combatió en las derrotas de Cotagaita y Desaguadero. También en la primera victoria de las armas argentinas en Suipacha, bajo las ordenes de los jefes patriotas que sucesivamente asumieron el mando del Ejército del Norte, como Francisco Ortiz de Ocampo, Antonio González Balcarce, Juan José Castelli y Juan Martín de Pueyrredón, participando del ulterior repliegue del ejército hasta la ciudad de Jujuy. Luego de la derrota de Desaguadero Pueyrredón renuncia al mando, y Manuel Belgrano es designado en la Jefatura del Ejército del Norte.
Belgrano llegó a Jujuy el 19 de mayo de 1812 para hacerse cargo. Informado de la desmoralización que en parte había invadido a los oficiales, Belgrano prefiere hablarles en privado y los recibe de pie, en su tienda: -“Señores, tenemos una larga campaña por delante y deseo contar con la colaboración de todos ustedes.  El que no tenga bastante fortaleza de espíritu para soportar con energía los trabajos que le esperan, puede pedir su licencia.”  Hay leves movimientos de cabeza y crispaturas de manos. A algunos de aquellos hombres el nuevo jefe ya los conoce. Belgrano escruta a todos, como si tratara de adivinar el pensamiento de cada uno. Sabe que hay jefes que pueden considerarse con más títulos que él para el mando del ejército, sobre todo las figuras destacadas, que son los coroneles Eustaquio Díaz Vélez y Juan Ramón Balcarce, ambos veteranos, y el último considerado como uno de los más expertos jefes de caballería. Pero sin embargo advierte en la oficialidad muestras de particular simpatía. Muchos de esos oficiales se harán célebres en diversos terrenos: José María Paz, Manuel Dorrego, Cornelio Zelaya, Rudecindo Alvarado, Gregorio Aráoz de La Madrid, Lorenzo Lugones. Son jóvenes entusiastas en cuyas almas arde la llama inextinguible de un patriotismo exaltado. “-Señores -prosigue Belgrano-, se me ha informado de cierto desasosiego en este ejército. Sin embargo, atribuyo la deserción y el desaliento de la tropa más a la clase de oficiales que a los mismos soldados, pues éstos, como cuerpos inertes, se mueven a impulso de aquellas palancas. Parece que algunos se deleitasen en decir a cuantos ven, que apenas habrá 200 fusiles en el ejército. Esto que habrían de reservarse lo propalan, y sin conseguir remedio sólo se causa desaliento entre estos habitantes que parecen de nieve respecto a esta empresa.”
De camino a Jujuy, y sin conocer aún la carta por la que se lo reprendía, Belgrano decidió festejar la fecha patria del 25 de mayo bendiciendo la bandera celeste y blanca. El coronel Lorenzo Lugones, testigo del episodio, cuenta que a orillas del río Pasaje (hoy Juramento) el general hizo formar a su ejército e hizo ratificar el juramento prestado meses antes en las Barrancas del Paraná. Así lo relata: “" Llegamos al río Pasaje, punto de reunión para el ejército; aquí se recuerda un acto solemne digno de la historia. Habiendo el ejército formado en parada conforme a la orden general, se presentó en el cuadro Belgrano con una bandera blanca y celeste en la mano que colocó con mucha circunspección y reverencia en un altar situado en medio del cuadro; proclamó enérgica y alusivamente y concluyó diciendo:
"Este será el color de la nueva divisa con que marcharán a la lid los nuevos campeones de la Patria".¡Oh Bandera de mi patria guerrera! ¡Signo precioso de la libertad, inmortal divisa de la noble igualdad; yo también en ese día, acaso el más joven de los guerreros de este tiempo, en medio de todo un ejército que desfilaba por delante de ti, a tus pies, juré por la Patria, en cien batallas vencer o morir!
El ejército ratificó su juramento besando una cruz que formaba la espada de Belgrano, tendida horizontalmente sobre el asta de la bandera: con este ceremonial concluyó el acto y el ejército quedo dispuesto para la primera señal de partida.
A distancia de cien pasos del río, sobre la ribera que gira al oeste, a la altura de un notable barranco, había un árbol que, por su magnitud, se distinguía sobre todos los de sus cercanías; limpiando una parte de su corteza, hacia media altura de un hombre, en medio de un círculo de palma y laurel, dibujado en el tronco de un árbol se grabó una inscripción que decía: Río Juramento, y méas bajo, la siguiente estrofa:
Triunfareís de los tiranos
y a la patria dareís gloria,
si, fieles americanos,
juraís obtener victoria.
Esta versión pertenece a la obra "Recuerdos Históricos" del coronel Lorenzo Lugones, testigo del episodio.
El 24 de agosto entraba la vanguardia realista en Jujuy. El general Manuel Belgrano encabezó la ordenada retirada, gesta conocida como el "Éxodo Jujeño". Jujuy soportó once invasiones realistas. Lorenzo Lugones participó de la victoria de Tucumán librada el 24 de Septiembre de 1812, que significó para la Revolución, un tiempo de regocijo y de renovada esperanza Por fin el 20 de febrero de 1813, se produjo la batalla de Salta que selló la suerte del ejercito realista. El 20 de febrero de 1813,  tras el triunfo argentino en la Batalla de Salta, el santiagueño Lorenzo Lugones es nombrado Alférez de Compañía, por su destacada actuación en combate.
Participó en otras acciones durante la Guerra de la Independencia, sirviendo a las órdenes de los generales González Balcarce, Rondeau, Aráoz de La Madrid y Belgrano. En 1829, fue Jefe del Estado Mayor del General José M. Paz en la sangrienta Batalla de La Tablada. Perseguido por los federales, se radicó en Bolivia. Allí para atender a su sustento, fue panadero. Caído Juan M. Rosas, volvió al país en 1854, estableciéndose en Tucumán. El Gobierno le otorgó los despachos de Coronel el 29-05-1856. Falleció el 20 de enero de 1868 en la pobreza.

En su honor hay calles con su nombre, así como plazas. También la escuela de cadetes de la Policía de Santiago el Estero se denomina Coronel Lorenzo Lugones. El COMANDO DE REMONTA Y VETERINARIA del Ejercito también se llama “Coronel Lorenzo Lugones”.
Dalmiro Coronel Lugones, nieto de Lorenzo Lugones, poeta, folklorista, investigador del folklore, guionista, le dedicó este romance:


"Romance del Coronel Lorenzo Lugones"
En el antiguo Atamisqui
corría el noventa y seis
de San Lorenzo era el día
y de agosto era el mes.

La heredad de Pampallajta
qué hermosa estaba esta vez,
el viento le hablaba al río
de un íncito acontecer.

Allá Lorenzo Lugones
nacía al amanecer
el destino lo signaba
para el bronce y el laurel.

Linaje hidalgo heredaba
de esos Lugones de prez
que de Luna recordaban
los sus blasones traer.

De esos ilustres Lugones
que hubieron de merecer
la gloria por sus servicios
a Dios, a España y al Rey.





La Gazeta Federal publicó sobre éste parte de sus memorias:

LORENZO LUGONES (1796 - 1868) Memorias sobre la Gesta Emancipadora del Ejército del Norte
Coronel Lorenzo Lugones    

Breve reseña biogáfica

Lorenzo Lugones nació en Santiago del Estero el 10 de agosto de 1796 y murió en Tucumán el 21 de enero de 1868. A los 14 años de edad se incorporó al ejercito, al Cuerpo de Patricios Santiagueños. Como guerrero de la independencia, combatió en todas las batallas libradas por el Ejército Auxiliar del Perú en las campañas del Norte. 


Introducción

Al emprender un trabajo tan superior á mis fuerzas y ajeno hasta cierto punto de mi profesion, he tenido en cuenta concurrir con mi grano de arena al esclarecimiento de la verdad histórica de mi país, trasmitiendo á la posteridad en su verdadero punto de vista, los distinguidos hechos de tantos varones ilustres, hijos beneméritos de la Patria.

Estos apuntes no serán un modelo de elocuencia y erudicion, ni encontrarán los que los lean aquel estilo florido de otros escritores que por sí solo basta para escitar interés y cautivar la atencion; yo escribo á mi modo, llana y sencillamente los hechos que han pasado ante mis ojos y de los cuales soy actor y testigo; sin prevencion de ninguna clase, sin pretension de ninguna especie y sin aspiraciones de ningun género.

Mas antiguo en el servicio que el ilustre general Paz, comenzaré la narracion de mis recuerdos históricos desde la cuna misma de la Independencia de mi país en la formacion del ejército auxiliador del Perú.

Mis lectores me dispensarán sí en los primeros pasos de mi carrera militar me ocupo de pequeñeces insignificantes para otros; pero para mí de muy gratos recuerdos y que ponen en transparencia el entusiasmo puro de aquellos tiempos de verdadera abnegacion y patriotismo.

Cnel. Lorenzo Lugones
Buenos Aires, 1855.

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Los Nuevos Campeones de la Patria (mayo, 1810)

Nací el día diez de agosto del año 1796, en Pampallagta curato de Soconcho, jurisdiccion de Santiago del Estero, estancia de la propiedad de mis señores padres don German Lugones y doña Maria Petrona Trejo, naturales ambos de dicha capital, y de aquí podrá deducir el lector cuan al principio de mi educacion y estudios estaría yo, cuando resonó en el nuevo mundo el grito de independencia y libertad, claro está pues, que aún no había tiempo para haber salido de las tinieblas de la infancia y cuando á la luz del Sol de Mayo de 1810, quise abrir los ojos, me encontré en las filas de los que llevaban el nombre de Nuevos Campeones de la Patria.

En aquel tiempo pues, de tan grandioso y solemne acontecimiento público, no había ni podía haber otra causa que la de libertar á la Patria; los americanos del Virreinato de Buenos Aires se disputaban á cual más sacrificios hacían por una causa tan sagrada: —mi padre había hecho los suyos á su vez y sin embargo de haber contribuido con su persona y alguna parte de los cortos bienes de su muy escasa fortuna, para dar mayor prueba de su decisión y entusiasmo, quiso hacer de mí un presente á la Patria y fuí admitido á su servicio en clase de cadete en el primer ejército Sud-Americano, levantado en medio de las aclamaciones, para combatir por la Libertad é Independencia de América.


La primera carta que recibí de mi padre (octubre, 1810)

Tan luego de haberme incorporado al ejército en Santiago, marché al Perú en la comitiva del general en jefe don Francisco Antonio Ortiz de Ocampo, que mandaba la expedición, iba yo bajo la protección del secretario de guerra doctor don Vicente Lopez y á los tres días de hallarnos en Tucumán, recibí una carta de mi señor padre, escrita por la primera vez después de mi salida, cuyo contenido, poco más ó menos era como sigue:

«Santiago del Estero, octubre de 1810. — Mi querido hijo Lorenzo: — Por el Dragon Sustaita que acaba de llegar á estas con las comunicaciones del General y por la que me escribe el Secretario he sabido que llegaron buenos; mucho me alegro que hayan sido tan bien recibidos en esa; pero me ha sido muy sensible que no me hubieses escrito teniendo tan buena proporción: esta omisión no tiene disculpa y sin embargo te lo dispenso con tal que no vuelvas á cometer otra igual falta. Con el alferez Zeballos que conduce los equipages del cuartel general, te remito tu cama y la ropa militar que recien ayer la han concluido de coser: los adjuntos papeles contienen dos cosas esenciales para tí: primero, la fé de bautismo acompañada de los certificados de tu buen origen, requisito necesario para ser admitido en tu clase, no obstante que, la genealogía del militar está en la foja de sus servicios y los ascensos obtenidos con suficientes méritos, son los verdaderos títulos de su linage, el segundo es, un credencial tomado razón en ésta tesorería y librado á la Comisaria del ejército para que se te abone la onza mensual que te asigno según ordenanza, hasta que llegues á ser oficial. Te advierto que vas formalmente recomendado á mí amigo el Secretario de guerra doctor don Vicente Lopez, al Intendente del ejército y al mismo General en jefe para que ocurras á ellos cuando te sea necesario, teniendo cuidado de no molestarlos á manera de un niño majadero, especialmente al Secretario que ha de hacer mis veces contigo: advierte pues que ninguna recomendación puede servir sin el acompañado de una buena comportación: te prevengo que en todo caso el honor es lo primero y habiendo de elegir un partido entre la muerte ó la deshonra, no se debe trepidar en abrazar lo primero.

No te entristezcas por nada, ni te intimides; desecha con valor despreocupado toda idea, todo pensamiento que no esté de acuerdo con el honor y los principios; piensa alegremente en las glorias de la Patria y en su venturoso porvenir, mientras yo, pensando en lo mismo, ruego á Dios por tí. Tu madre y hermanas quedan buenas con el consuelo de que á la vuelta de un tiempo y no muy tarde, volveremos á verte. Tus condiscípulos de clase están envidiando tu suerte, Dios te la depare buena y te dé todo acierto para que al fin la Patria tenga algo que agradecerte; sírvela pues como Dios manda, id en vuestro paseo militar con las bendiciones del cielo y las de este tu afectísimo padre. — German»

Creo que mi lector no tendrá mucha dificultad para llegar á comprender los efectos que produciría en mi ánimo esta carta y deducirá también con facilidad lo que sería yo en esos primeros días, cuando nuestros padres se honraban en sacrificarlo todo á la grande y árdua empresa de nuestra independencia y libertad.

Demasiado jóven, sin los conocimientos necesarios para juzgar de las cosas, sin ideas ni voluntad propia, sujeto á la patria potestad por la minoría de mi edad; sin capacidad ni derecho para obrar por mí mismo, debo decir, que cual máquina que cede sin resistencia al menor impulso del resorte que la mueve, me dejé llevar sin violencia por las disposiciones de mi padre y á su voluntad, emprendí ó mejor diré, me hicieron emprender una carrera ilustre por ser la de los héroes; pero llena de sacrificios, terribles dificultades y peligros, glorias y amarguras, goces y privaciones.

Esa carta pues que acabo de referir y que nadie puede darle la importancia que yo, fué el primer papel escrito que tuve interés en guardar y puedo decir que lo hice con el mismo cuidado con que supe guardar un día el primer despacho de mi primer ascenso. Cada vez que me acordaba de mi padre, sacaba de entre mis papeluchos la carta para leerla tres ó cuatro veces, hasta que llegué á saberla de memoria y por eso es que creo haberla recitado tal cual como fué escrita; la conservé en mi poder mucho tiempo, hasta que llegó la ocasión de que se perdiera como otras que recibí después, juntamente con mi equipajecillo, en la derrota del Desaguadero [Huaqui].

Cuando estalló en Buenos Aires esa revolución que dió la señal de guerra contra los antiguos dominadores de la América, hubo una provincia de las del Virreinato del Plata que en el acto se pronunció armada en oposición, la de Córdoba, y en la de Santiago del Estero, aparecieron dos hombres de influencia que haciéndola pronunciar en pro, secundaron el grito de Buenos Aires, don Juan Francisco Borges en la ciudad de Santiago y don German Lugones (mi padre), en su campaña, el primero como en una categoría en lo militar y el segundo en lo civil y político, patriotas ambos, é igualmente influyentes cada cual en su respectiva cuerda, hicieron distinguidos sacrificios como lo veremos después […]

EL GENERAL BELGRANO EN EL EJÉRCITO DEL NORTE


El Gral. Manuel Belgrano, ese "curioso bomberito de la Pátria" (marzo, 1812)

Don Manuel Belgrano, general en jefe nombrado entonces en relevo de Pueyrredon, se hizo cargo del ejército á principios del año 12 en Yatasto. Al día siguiente de haber llegado mandó formar el ejército, pasó revista general, lo proclamó, lo reanimó y dando sus órdenes relativas á emprender una nueva y gloriosa campaña, contramarchó inmediatamente y al situar su cuartel general en Jujuy, destacó una división á vanguardia que se situó en Humahuaca al mando de don Juan Ramón Balcarce.

El general Belgrano, hombre de orden y de más capacidades que todos los que hasta entónces se nos habian presentado, restableció muy luego en el ejército la moral, sujetándolo, á costa de ejemplares sacrificios, á una estricta subordinación y disciplina. Pudo restablecer en regular forma una provisión y un hospital, una maestranza, una academia práctica, un cuerpo de ingenieros y un tribunal militar; pasaba revistas diarias, y como todo lo examinaba por sí mismo, juzgaba de las cosas con pleno conocimiento, y remediaba oportunamente los males.

El general Belgrano, el único indicado para salvar la Pátria en aquellas circunstancias, aparecía en todas partes como el ángel tutelar, trabajando sin descanso, rondaba el ejército de día y de noche, para imponerse de todo lo que podía ocurrir, se puede decir que nada se ocultaba á su celo y vigilancia: de modo que cuando recibía un parte, ya él estaba en los antecedentes de lo sucedido. Los soldados del ejército, no podían clasificar mejor el mecanismo y escrupulosidad del General, que llamarle el chico majadero, el curioso bomberito de la Pátria.

Mientras que el general Belgrano trabajaba en la mejora del ejército, nosotros trabajábamos también en nuestra vanguardia, en igual sentido, atendiendo al enemigo y á la disciplina de nuestra tropa á órdenes de un jefe que se manejaba con las mismas máximas de Belgrano, se puede decir que el ejército en muy breve tiempo dió notables avances en su moral y disciplina, la Patria podía contar con soldados que habían comprendido ya la profesión militar; un oficial de cualquier graduación que fuese, más quería ser destinado al punto más peligroso que recibir una reconvención del general Belgrano.


El heroico éxodo iniciado en Jujuy (agosto, 1812)

Tal fué nuestro estado, cuando hacia fines del mes de agosto, el enemigo hizo sobre nosotros un rápido movimiento y cargó con velocidad por varios puntos y á pesar de que fué sentido, no nos dejó más tiempo que el muy necesario para demoler nuestra fortificación de campaña, arrear nuestras provisiones y reunirnos al cuartel general, con la pérdida de muchos oficiales y tropa que cayeron prisioneros en varias guardias y partidas avanzadas que fueron sorprendidas.

El general Belgrano, esperó con resolución los últimos instantes, destacado, ó en franqueza diré mejor, en los suburbios de la ciudad de Jujuy. Se puede decir, que un exceso de delicadeza, honor y aun un cierto despecho patriótico, le hicieron adoptar el riesgoso plan de retirarse al frente del enemigo con el ejército en masa, cubriendo la retaguardia de las familias de Jujuy y Salta que emigraban con nosotros; ejército y familias, con pequeños intérvalos, formábamos á la vez una sola columna. El enemigo entraba á la plaza cuando nuestro ejército desfiló en retirada, cubriendo sus espaldas con reforzadas guerrillas, que á pesar de las ventajas del local y los esfuerzos que hacíamos, no éramos suficientes para contener á un enemigo que con dobles fuerzas nos perseguía con tenacidad sin dejarnos descansar: nuestra retirada llegó á ser tan apurada, que tuvimos que pasar por muchos momentos de conflicto y desesperación; entretanto el general Belgrano, recorria la columna de punta á cabo, dando órdenes que se habían de cumplir bajo pena de la vida, mientras que los valientes Díaz Velez y Balcarce sostenian la retirada del ejército y las familias, peleando dia y noche con la vanguardia enemiga.

Al pasar por Cobos y el Campo Santo, un imprevisto acontecimiento nos puso en conflicto, en el acto mismo que se ejecutaba la orden de fusilar dos soldados que se habían desviado de la columna con ánimo de desertar: hizo una tremenda explosión una carreta de municiones que se incendió de un modo inaveriguable: este fatal incidente, que en breves instantes llegó á noticias del enemigo, fué para nuestros soldados una señal de mal agüero que acabó de desalentarlos, y como por una precisa coincidencia, la persecución del enemigo, desde ese momento fué más activa, más tenaz y ofensiva, al paso que nuestra retirada se hacía más enérgica; ni ellos ni nosotros pudimos tener un descanso de dos horas completas, en el espacio de sesenta y más leguas andadas en cinco ó seis días con sus noches, dejando muchas veces reses carneadas en el camino, que el enemigo las aprovechaba, porque nosotros no teníamos tiempo para asar carne.


Todos combatimos en Las Piedras (3 de septiembre, 1812)

Al llegar al río de las Piedras, la vanguardia enemiga venía interpolada con la retaguardia nuestra, el excesivo calor, el viento, la humareda de los pajonales que nuestros gauchos les prendían fuego por ambos costados del camino, el polvo y la gritería de los enemigos que nos perseguían en barullo, sin que nada pudiesen contenerlos, hacían más completo el desórden y confusión de aquella mañana, algunas carretas de las de nuestros emigrados, cargadas de intereses, habían caído en manos del enemigo, varias guerrillas nuestras habían sido derrotadas y algunas hechas prisioneras. Deshecha nuestra retaguardia, cansada de fatiga, sueño y hambre, no podía contener ya á un enemigo que al cebo de tantos acontecimientos desfavorables á nosotros, se lanzaba encarnizado sobre nuestro ejército, como á sorberlo: nuestra pérdida era ya de mucha consideración y todo presagiaba una cierta é inevitable derrota.

Comprometido Belgrano á una acción forzosa, se vió en la precisión de tomar el único y último partido; ganó con la velocidad que exigían las circunstancias y sin vacilar, la costa del río, y destacó en el mismo paso dos baterías que sirvieron de base á la formación del ejército, que aprovechando todas las ventajas del local, prolongó una línea de batalla que en apariencia cuadruplicaba nuestro número: Belgrano corría como una exhalación á todas partes y atrincherando su línea, ya en las carretas, ya en los árboles y tupídos bosquecillos situados á la ribera del río, aseguró completamente los flancos del ejército; proclamó en muy pocas palabras, y dando orden de pena de la vida al que eche un pié atrás, esperó con firme resolución la numerosa vanguardia enemiga, que venía envanecida, pero en desórden, confundida con nuestra retaguardia entre el polvo y la gritería; el fuego de una de nuestras baterías despejó nuestro frente y el de ellos, y llegó el momento de vernos las caras en formal combate. El enemigo marchó de frente sin detenerse; más, al dar de lleno con nuestra línea, hizo alto en acción de tomar medidas de ataque, pero se advirtió que vacilaba y en esos momentos tan oportunos para quien sabe aprovecharlos, envistió nuestra ala derecha con todos los aparatos de una tempestad y el enemigo cediendo al furioso empuje de los que en la desesperación pelean con la resolución de vencer ó morir, volvió caras en masa, como quien trata de salvar sin reparar las pérdidas.

Emigrados de Jujuy y Salta, peones de servicio, comerciantes y cuantos más venían á la par del ejército, todos tomaron parte en aquel glorioso lance que dió vida á la patria. El enemigo, completamente ofuscado, huía en desordenados trozos, sin mirar en lo que dejaban atrás; fué perseguido con el mayor rigor el espacio de una legua, dejando en todo el camino muchos despojos, prisioneros, heridos y cadáveres; más de cien prisioneros de los nuestros lograron escaparse, rescatamos las carretas que poco antes nos habían tomado, y por último pudimos recuperar en mucha parte nuestras pérdidas.

A las cuatro de la tarde, el ejército descansaba victorioso: desde ese feliz momento las cosas habían tomado un aspecto enteramente diverso, el triunfo hizo desaparecer de golpe la fatiga, el cansancio, el hambre, la sed y el desaliento; en aquellos momentos de alegría inexplicables, no se pensaba más que en las glorias de la patria. Y el general Belgrano, dejándose ver de fogón en fogón, escuchaba placentero la alegre charla de los soldados, que al tender su mirada sobre ese chico majadero que infundía tanto respeto, ese curioso bomberito de la Patria, que prometía tantas esperanzas, le añadían algún renombre más, el brujo rubilingo, vicheador viejo, rondinerito de todas horas.

Al entrarse el sol, Belgrano mandó formar el ejército y pasó una ligera revista. Llamó por sus nombres á los que murieron en esa mañana: «no existen, dijo, pero viven en nuestra memoria, están en el cielo dando cuenta á Dios de haber derramado su sangre por la libertad.» Felicitó á todos dando las gracias, llenó de aplausos á los soldados, y despachando con anticipación todo lo que podía sernos embarazoso, quedó expedito para moverse cuando quisiera. Los soldados habían tomado ración doble, hicieron sus fiambres y quedaron listos. Luego que acabó de anochecer, el ejército continuó su marcha en retirada, dejando mil fogatas encendidas en la ribera del río al cuidado de un oficial que quedó destacado en el mismo paso con 25 carabineros del regimiento de Dragones.

Habiendo desaparecido los motivos que por instantes solían alterar el orden de nuestras marchas, el ejército medía ya sus jornadas, tomando las horas que le eran necesarias para su descanso, especialmente cuando apuraba mucho el sol.


Marchamos a Tucumán. Nos preparamos para dar batalla

Nuestra ruta indicaba una larga retirada hácia Santiago del Estero ó Córdoba por el camino de las Cañas; al llegar á Burruyacu, el General recibió una diputación y sin trepidar varió de dirección y condujo el ejército á Tucumán, resuelto á aventurarlo todo en defensa de un pueblo que lo llamaba en nombre de la Pátria, asegurando la victoria.

Él enemigo, escarmentado en el río de las Piedras, había hecho alto entre Metán y Yatasto, y ocupado por algunos días en tomar sus medidas, nos dió tiempo para reunir los preparativos de su buen recibimiento en Tucumán. Santiago del Estero y Catamarca, se preparaban también para auxiliamos, el entusiasmo fué general. Tucumán llevando la iniciativa en la resolución heróica de los pueblos, había jurado no ser ocupado por los realistas y lo cumplió sin omitir sacrificio. El ejército por su parte correspondió fielmente á las esperanzas de un pueblo, dispuesto á todo género de sacrificios menos al de rendirse á los enemigos.

Desde los momentos que llegamos á Tucumán, emprendimos un trabajo constante, sin perder tiempo ni omitir ninguna medida de las que debían asegurar el plan de una batalla que iba á decidir de la suerte de la Pátria.

El general Belgrano altamente comprometido á una acción decisiva, teniendo que habérselas con un enemigo superior en número, que desde el Desaguadero había marchado por el camino de los triunfos; con la atención al pueblo, al ejército y al enemigo, no descansaba un sólo instante. Su cuartel general, reducido á un corto número de hombres, corría tras él á caballo, á todas partes y á todas horas, ningún individuo de los de su pequeña comitiva desensillaba el caballo, no siendo para mudar otro. El ejército parecía que adivinaba los pensamientos de su General, bien se podía creer que entre ambos había un espíritu de emulación, á cual cumplía mejor con sus deberes, el uno mandando y el otro obedeciendo. Tal fué el estado de subordinación, amor al orden, patriotismo y disciplina á que el chico majadero pudo reducir el ejército de su mando en poco tiempo.

Belgrano en aquellos días de los preparativos para la batalla, dueño de la confianza general, vió con satisfacción cumplirse al pié de la letra todo cuanto ordenaba: se puede decir que no le quedó cosa por hacer, con un ejército que le obedecía ciegamente y un pueblo que le guardaba las espaldas […]

Nuestros soldados situados en los suburbios de la ciudad esperando al enemigo, parecia que se impacientaban ya por salir de aquel estado que muchas veces suele colocar al guerrero entre la duda y la esperanza. Entretanto el bello sexo del patriota pueblo dirigía sus plegarias al cielo y la Virgen Santisima de Mercedes.


Tucumán, "Sepulcro de la tiranía" (24 de septiembre, 1812)

Tal era nuestro estado cuando el enemigo la emprendió sobre nosotros, marchando con medida pausa, como quien en la lentitud se dá tiempo á mayores previsiones; desde Trancas abrevió cuanto pudo, el 23 pasó la noche en Pocitos y el 24 por la mañana se dejo ver por el camino del Cevil Redondo, costeando la margen izquierda del arroyo del Manantial, por entre los ralares del alto de las Tunas, bajó al campo de batalla y dió frente, inclinando su derecha hácia el bajo de los Aguirres; un cuerpo de milicianos de Santiago del Esteró llegó á tiempo y ocupó un lugar en la línea con su comandante don Pedro Pablo Montenegro, los de Catamarca llegaron también; pero no tuvieron tiempo para reunirse, el enemigo se había interpuesto, y quedaron cortados, perplejos y vacilantes hicieron uno ú otro movimiento, como quien entre varios caminos trepida sobre cual debe tomar; intentaron pasar tal vez y lo hubieran hecho; pero el ruido de los primeros cañonazos y la vista de tantos aparatos (desconocidos para ellos) los ofuscó y contramarcharon como en busca de una posición menos violenta; algunos gauchos comedidos reunidos con los baqueanos del ejército, se habían situado á lo lejos sobre nuestro costado izquierdo y permanecían á la espectativa, como quien está á las resultas: éstos alcanzaron á ver un gran grupo de hombres que se ponian fuera de combate, creyeron que eran enemigos y se lanzaron sobre ellos los catamarqueños sin volver los ojos atrás fueron perseguidos por los mismos nuestros un largo trecho, entretanto los milicianos de Tucumán y Santiago del Estero, reunidos al ejército, triunfaban por otro lado.

No me detendré en detallar los pormenores de una batalla, que cada año se renueva su memoria en celebridad del 24 de setiembre del año de 1812. El ejército triunfó en ese día, la patria se salvó, y Tucumán con el honroso título de Sepulcro de la tiranía, vió con gloria cumplidos sus votos y volar su nombre en las alas de la fama y á sus recreadores suburbios que se dilatan al sud-oeste, señalados por la victoria con el nombre de Campo de Gloria y Honor, y los vencedores en ese día, distinguidos con el título de Beneméritos á la pátria en grado heroico y en escudo de paño celeste al brazo izquierdo, que en medio de un círculo de palma y laurel bordado de hilo de oro se leía lo siguiente: La pátria á sus defensores el 24 de Setiembre del año de 1812 en Tucumán.

El enemigo aprovechando los momentos de un cierto desórden, consiguiente á aquellos instantes, en que nuestro ejército al romper por varias partes la línea enemiga, todo lo envolvió con denuedo, ocasionando una sangrienta baraunda casi inentendible: en estos momentos pues, que la victoria se decide en pro de los unos y en contra de los otros, pudo el enemigo reunir sus acuchillados restos á la reserva y permanecer algun tiempo sobre su mismo sepulcro, tirando de tarde en tarde un cañonazo á la plaza; entre los conflictos de su situación tomó el partido de intimar rendición, recibió por contestación, una burla, un desprecio y una amenaza que le hizo entender qué conociamos que, nuestra posición no era de recibir intimaciones, sino de intimar; bien convencido estaba el enemigo de su pérdida y solo buscaba los medios de poder salvar lo que le había quedado: permaneció algunas horas más manifestando deseos de tratar, hasta que llegó la noche y al abrigo de ella emprendió una retirada, que si la nuestra de Jujuy á Tucumán fué honrosa, la dé ellos de Tucumán á Salta no fué menos.


La retirada del enemigo de Tucumán a Salta fué tan honrosa como la nuestra de Jujuy a Tucumán

El general Belgrano alistó con la brevedad posible y destacó en persecución de ellos, una ligera fuerza a las ordenes del fogoso é infatigable Diaz Velez. Muy poco pudo andar el enemigo sin recibir por la espalda, las salutaciones de los que íbamos en su alcance; nos recibió con todo aquel valor necesario para resistir los furiosos ataques que frecuentemente hacíamos sobre ellos, de diversos modos y á distintas horas; nuestra persecución llegó á ser tan cruel hasta cierto punto, llevada en represalia por un camino que poco antes lo habíamos andado en retirada perseguidos por ellos con igual rigor.

Sin caballería que protegiera á la infantería, por caminos desconocidos, sin baqueanos, sin agua ni viveres y sin poder tomar un día de descanso, pasando muchas veces por larguísimas jornadas donde no encontraban mas que pencas de tuna para chupar y aplacar la sed, despues de vencidos en una batalla, sin haber tenido tiempo de refrescar, se resistían increiblemente como quien dice: muerto si, prisionero no; pero los que llegaron á caer en nuestras manos, eran tan bien tratados que muy luego de estar con nosotros, nos pedian con la misma franqueza que á unos hermanos, todo lo que necesitaban, especialmente carne asada para comer y caballos para montar. Tal fué el modo como el enemigo se retiró con sus restos hasta que pudo ganar la plaza de Salta.

Tan luego que pudieron acercarse á la ciudad, tomaron con prontitud medidas para asegurarse de la ocupación de ella y descansar, ganaron con presteza todos los puntos donde podrían hacerse fuertes y evitar que entrásemos tras de ellos á la ciudad. Salta á la llegada de ellos y la nuestra, fué saludada con un diluvio de balas que en fuego activo se cambiaban como en despedida, descargas de fusil contestaban á los adioses de nuestros carabineros. El enemigo logró atrincherarse en la plaza y nosotros aparentando permanecer en el sitio, establecimos una línea de destacamentos desde el Portezuelo hasta el río de Arias, cubriendo el campo de Castañares con pequeños grupos de gauchos que hacían el papel de sitiadores por aquella parte; permanecimos poco mas ó menos hasta las doce de la noche del siguiente día, y dejando mas de trescientas fogatas encendidas, levantamos nuestro campo con dirección á Tucumán por el camino de las cuestas.

Al regreso de esta campaña ascendí á Alferez de compañía.


Nos preparamos para la campaña de Salta

En los meses de octubre, noviembre y diciembre, Belgrano se ocupó en recoger los frutos de la victoria obtenida en setiembre, reorganizó el ejército, aumentando considerablemente su número con los contingentes venidos de los pueblos, y los batallones números primero y ocho de Buenos Aires; lo equipó completamente y arreglando con mayor esmero el parque, la artillería el convoy de hospital y víveres, quedó espedito en el espacio de cien días para abrir una nueva campaña.

Estábamos en el año 13 y casi á fines de enero, el ejército emprendió sus marchas sobre Salta, depreciando aguas, soles y ríos crecidos, y al pasar por el de las Piedras el General hizo alto como de descanso por un día y como quien pasa una ligera revista, mandó formar poco más ó menos en el mismo lugar donde poco antes, las circunstancias nos habían obligado á una acción forzosa.

Belgrano en el campo de sus primeras glorias, arengó recordando el triunfo de aquella vez en ese día; «La sangre de los que murieron aquí, ha sido vengada en Tucumán, y la de los que han muerto allí, será vengada en Salta» — dijo, y concluyó encargando á todos la subordinación, y disciplina, unión, valor, constancia, amor á la Patria y á las glorias.


Ratificamos nuestro Juramento a la bandera blanca y celeste á orillas del río Pasaje, al que llamamos Río del Juramento (13 de febrero, 1813)

Llegamos al río del Pasaje, punto de reunión general para el ejército, y aqui se recuerda un acto solemne, digno de la historia. Habiendo el ejército formado en parada conforme á la orden general, se presentó en el cuadro, Belgrano con una bandera blanca y celeste en la mano que la colocó con mucha circunpección y reverencia en un altar situado en medio del cuadro; proclamó enérgica y alusivamente y concluyó diciendo, "Este será el color de la nueva divisa con que marcharán á la lid los nuevos campeones de la Pátria."

Esta es pues, la bandera que por primera vez flameando en el suelo Patrio, á las márgenes de un río memorable, improvisada por el genio y enarbolada por la libertad, como dice el cantor insigne, en el Nuevo Mundo renovó de la pátria el antiguo esplendor, y llevada luego en triunfo por el héroe Belgrano en la cima del Potosí tremolando, los huesos conmovió del Inca en sus tumbas; ella es tambien la que traspasando los Andes con San Martin, atravesando las dulces y salados mares, arribó triunfante hasta el Chimborazo y el libertador Bolivar la saludó reverente; ella es finalmente la que flameando siglos enteros en el suelo Argentino, recordará á los hombres, mil pasados tiempos de gloriosa ventura, grabados en la historia por hechos que eternizan el nombre Argentino.

¡Oh Bandera de mi Patria guerrera! ¡Signo precioso de la libertad, inmortal divisa de la noble igualdad; yo tambien en ese día, acaso el más joven de todos los guerreros de ese tiempo, en medio de todo un ejército que desfilaba por delante de tí, á tus pies, juré por la Patria, en cien batallas vencer ó morir!

El ejército ratificó su juramento besando una cruz que formaba la espada de Belgrano, tendida horizontalmente sobre el asta de la bandera; con este ceremonial concluyó el acto y el ejército quedó dispuesto para la primera señal de partida.

A distancia de cien pasos del paso del río, sobre la ribera que gira al oeste, á la altura de un notable barranco, había un árbol que por su magnitud se distinguia sobre todos los de sus cercanías; limpiando una parte de su corteza, hácia media altura de un hombre, en medio de un círculo de palma y laurel, dibujado en el tronco del árbol se grabó una inscripción que decía, "Río del Juramento", y más abajo la siguiente estrofa:

«Triunfaréis de los tiranos
Y á la pátria daréis gloria
Si, fieles americanos

Jurais obtener victoria.»

La batalla de Salta en el campo de Castañares, una victoria completa (20 de febrero, 1813)

Esforzando el ejército las marchas de día y de noche en los días 15 y 16 de febrero, atravesó los campos del Pasaje avanzando rápidamente hasta el Algarrobal, y dejando aquí á un lado, todos los caminos reales, el 17 por la noche atravesó las sierras de la Lagunilla y trastornando las cumbres que se encadenan desde la caldera hasta el cerro de San Bernardo, descendió con todo su tren, y á la vista del enemigo, hácia las ocho de la mañana del 18 al paso del río Baquero, donde pasó el día y la noche, cortando la retirada á los de Salta y la comunicación á los de Jujuy; el 19 arreando de frente todos los obstáculos que el enemigo pudo presentar, ocupó Castañares, y el 20, hácia las cuatro de la tarde, fuimos del todo victoriosos, despues de una sangrienta batalla que duró desde las diez, poco más ó menos de la mañana. Reconcentrando el enemigo sus destrozados restos bajo las trincheras de la plaza, pidió una capitulación y el 21 puso en nuestras manos todos los despojos consiguientes del triunfo y los tratados, rindiendo armas y banderas, bajo las garantias de las leyes de la guerra, jurando no volverlas á tomar contra la pátria. Todo quedó en nuestro poder, y Salta cubierta de laureles, depositaria de mil trofeos gloriosos, cantó la victoria á la par del ejército.

Los vencedores en ese día, fueron premiados con un grado más sobre el que tenían y un escudo de oro en el brazo izquierdo, en cuya grabadura de relieve se leía Honor al benemérito de la pátria en grado heróico, vencedor en Salta el 20 de Febrero de 1813.

Mis lectores habrán visto ya y tal vez formado alguna idea de lo muy poco que me he ocupado en minuciosas descripciones, en detalles de nuestras marchas, combates, batallas, etc., dejando á un lado pequeños incidentes que me han parecido puerilidades, sobre los buenos ó malos hechos de oficiales subalternos, que casi todos los del ejército, se puede decir, eran valientes y buenos: en la batalla de Salta no se puede esceptuar ninguno porque con generalidad se portaron todos bien con igual valor y empeño; pero hay un hecho sobresaliente en aquel campo de batalla que es preciso descubrirlo: cuando nuestros batallones y escuadrones entraban por su turno á la línea de batalla, el mayor general don Eustaquio Diaz Velez los colocaba en su respectivo lugar, y con este objeto recorria la línea á gran galope con sus ayudantes; no se si un batallón de los nuestros entendió mal una voz de mando ó el enemigo quiso pegar primero para pegar dos veces; generalmente se decia que el batallón nuestro presentó sus armas para dar mayor lucimiento al despliegue que acababa de hacer y que un batallón enemigo que se hallaba al frente quiso imitar el movimiento, el hecho es que antes de la seña de ataque uno y otro batallón hicieron á un tiempo la descarga que llenó de humo el espacio de entre ambas líneas; casualmente Diaz Velez se encontró medio á medio de la escena y cayó herido juntamente con su ayudante don Gregorio Lamadrid.

En estos mismos instantes el comandante don Manuel Dorrego, con su pequeño batallón de cazadores había hecho un avance y el momentáneo favor de un pequeño buen suceso, lo indujo á que se adelantara mas allá de lo regular. El batallón Real de Lima que se hallaba á su frente, hizo un movimiento análogo que alucina á Dorrego y avanza mas, y cuando nuestros cazadores llegan á cierta altura, el Real de Lima lo envuelve por ambos flancos y se interpolan; el teniente coronel don Cornelio Zelaya que á la sazon entraba con sus Dragones, en formación sobre ese costado, lo advierte, toma un escuadron, se lanza como el rayo sobre aquella interpolación y la desenvuelve, los golpes de la caballería favorecen á los que en situación crítica y aislada iban á ceder á la desigualdad del combate, Dorrego y sus cazadores se salvan, se rehacen y vuelven á la línea á paso de escape; Zelaya con sus dragones cubre la retaguardia de los que acaba de salvar y vuelve tambien á la línea á paso regular, con la serenidad de ánimo, la satisfacción del triunfo y la inequivoca idea de que ningún peligro de los que pudieran sobrevenir en el curso de la batalla, podia ser mayor que el que acababa de superar en ese venturoso lance, donde su deber lo condujo para hacerlo dueño del triunfo; bien se puede asegurar que este hecho debió influir no muy en poco á la decisión favorable que puso en nuestras manos el triunfo completo en ese día.

Los muertos en la batalla, asi los del enemigo como los nuestros, fueron enterrados en un mismo lugar que queda señalado con una cruz de madera, que desde una distancia se deja ver; al pié de ella había una tablilla con la inscripción siguiente: Memorable día 20 de Febrero de 1813 — Hé aquí el sepulcro donde yacen juntos vencidos y vencedores. Los jefes y oficiales muertos de una y otra parte fueron enterrados en los cementerios de las iglesias.

Fuentes: 

- Coronel Lorenzo Lugones; "RECUERDOS HISTÓRICOS. Sobre las campañas del Ejército Auxiliar del Perú en la Guerra de la Independencia". Publicación Oficial. Autorizada por el Gobierno de la Provincia de Santiago del Estero. Bs. As., 1896 (Arch. Fundación "Dr. RAMÓN CARRILLO")
- Gentileza de la presidente de la Fundacion, Teresita Carrillo
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar

Leonardo Castagnino

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jueves, 15 de enero de 2015

AMENAZANTE CARTEL COLOCADO POR OBISPO JESUITA EN LA IGLESIA DE SANTO DOMINGO EN 1655

AMENAZANTE CARTEL COLOCADO POR OBISPO JESUITA EN LA IGLESIA DE SANTO DOMINGO EN 1655


Cartel que ordenó poner el Obispo de la Ciudad de Buenos Aires, en la puerta de la Iglesia de la Compañía de Jesús, el 8 de febrero de 1655.

El Santísimo y Reverendísimo Señor Ministro Don Fray Cristóbal de Mancha y Velazco, obispo de esta ciudad, tiene mandado por auto para que todos los fieles cristianos acudan a oír el sermón que su Santísima predica los domingos en la tarde en la Iglesia del Señor Santo Domingo de esta ciudad, so pena de ex comunión mayor y late sentencie. Y que no vayan a otra ninguna iglesia aunque sea con diferente título y pretexto, y asímismo que ningún predicador de cualquier estado y calidad que sea, aunque sea regular en dichos domingos en la tarde, no predique ni haga plática, ni en las iglesias de sus conventos en conformidad a lo dispuesto por el Santo Concilio de Trento.
Don Juan Ramirez de Arellano (notario)
El presente documento se encuentra en el Archivo General de la Nación, Colección Biblioteca Nacional, Doc. N° 4456

miércoles, 22 de mayo de 2013

La Revolución de Mayo fue una Revolución popular


Conozcamos la historia, la verdadera historia.

Dedicado a mis nietos Facundo Lorenzo, Santiago Leopoldo, Juan Sebastian y a Macarena, que está por venir.



Los verdaderos héroes de la misma fueron Belgrano, Castelli, Arzac, Vieytes, French, Berutti, Nicolás Rodríguez Peña, y la Legión Infernal, con sus chisperos y manolos, y no quién nos vendió la historia oficial. Por eso se encargaron de enterrar en la semi oscuridad a casi todos de ellos, salvo a la gran figura de Manuel Belgrano.

Eran la JP de mayo, y los comió la revolución.

Cuando el  14 de mayo de 1810 llega a Buenos Aires la fragata inglesa Mistletoe trayendo periódicos que confirman los rumores que circulaban intensamente por Buenos Aires: cayó en manos de los franceses de Napoleón, la Junta Central de Sevilla, último bastión del poder español. 
También trajo la noticia de que América había dejado de ser una colonia española para pasar a ser una provincia de ultramar, y llamaba a realizar Juntas, destituyendo Virreyes.
Toman conocimiento de que la Junta de Sevilla había resuelto saber a las tierras de América que no son colonias sino provincias con igualdad de derechos. Y convoca a los pueblos americanos a que se organicen en Juntas (28 de febrero de 1810).

Fue la chispa que necesitaba la revolución para estallar.



La noche del 18 los jóvenes revolucionarios se reunieron en la casa de Rodríguez Peña y decidieron exigirle al virrey la convocatoria a un Cabildo Abierto para tratar la situación de en que quedaba el virreinato después de los hechos de España y nombrar nuevas autoridades. El grupo encarga a Juan José Castelli y a Martín Rodríguez que se entrevisten con Cisneros y pidan la convocatoria a cabildo abierto.

El Sábado 19 y sin dormir, por la mañana Manuel Belgrano le pidió al Alcalde Lezica la convocatoria a un Cabildo Abierto. Por su parte, Juan José Castelli hizo lo propio ante el síndico Leiva. El domingo 20 el por la noche, Castelli y Martín Rodríguez insistieron ante el virrey con el pedido de cabildo abierto. El virrey trató a los jóvenes de insolentes y atrevidos y quiso improvisar un discurso pero Rodríguez le advirtió que tenía cinco minutos para decidir. Cisneros le contestó "Ya que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran" y convocó al Cabildo para el día 22 de Mayo.

Pero la juventud no tenía paciencia.

Conf. Galasso: “El 21 de mayo, cuando el Cabildo está reunido en sesión ordinaria, la presión popular se acentúa: "apenas comenzada la sesión, un grupo compacto y organizado de seiscientas personas, en su mayoría jóvenes que se habían concentrado desde muy temprano en el sector de la Plaza lindero al Cabildo, acaudillados y dirigidos por French y Berutti, comienzan a proferir incendios contra el virrey y reclaman la inmediata reunión de un Cabildo Abierto. Van todos bien armados de puñales y pistolas, porque es gente decidida y dispuesta a todo riesgo. Actúan bajo el lema de Legión Infernal que se propala a los cuatro vientos y no hay quien se atreva con ellos".

Continuando con este autor: “No hay pues medulosos cambios de ideas, ni buenos modales, ni patricios respetables polemizando únicamente, con sesudos abogados, sino un grupo de privilegiados dispuestos frenéticamente a resguardar con uñas y dientes sus fortunas y su posición social, frente a otro grupo, intrépido y fogoso, animado por el espíritu de la revolución.

Castelli afirmaba: "Aquí no hay conquistados ni conquistadores, aquí no hay sino españoles los españoles de España han perdido su tierra. Los españoles de América tratan de salvar la suya. Los de España que se entiendan allá como puedan... Propongo que se vote: que se subrogue otra autoridad a la del virrey que dependerá de la metrópoli si ésta se salva de los franceses, que será independiente si España queda subyugada".

El 22 de mayo se vota. Permite el alcalde votar solo a 69 partidarios casi todos ellos del Virrey. Y se vota una Junta adicta con “El Sordo” a la cabeza.

La juventud revolucionaria no está dispuesta a permitir. Tampoco deciden que hacer deliberando en la casa de Nicolás Rodríguez Peña. Cuanta Tomas Guido “en estas circunstancias el señor Don Manuel Belgrano, mayor del regimiento de Patricios, que vestido de uniforme escuchaba la discusión en la sala contigua, reclinado en un sofá, casi postrado por largas vigilias observando la indecisión de sus amigos, púsose de pie súbitamente y a paso acelerado y con el rostro encendido por el fuego de sangre generosa entró al comedor de la casa del señor Rodríguez Peña y lanzando una mirada en derredor de sí, y poniendo la mano derecha sobre la cruz de su espada dijo: "Juro a la patria y a mis compañeros, que si a las tres de la tarde del día inmediato el virrey no hubiese renunciado, a fe de caballero, yo le derribaré con mis armas."..

Cisneros renuncia. Pero como siempre pasa, los absolutistas reaccionan, y convocan a nuevo cabildo para el 25 de mayo.

Los cabildantes se reúnen, pero los jóvenes revolucionarios no van a aceptar nuevos fraudes a su voluntad.

Antonio Luís Beruti irrumpió en la sala capitular seguido de algunos infernales y dijo "Señores del Cabildo: esto ya pasa de juguete; no estamos en circunstancias de que ustedes se burlen de nosotros con sandeces, Si hasta ahora hemos procedido con prudencia, ha sido para evitar desastres y efusión de sangre. El pueblo, en cuyo nombre hablamos, está armado en los cuarteles y una gran parte del vecindario espera en otras partes la voz para venir aquí. ¿Quieren ustedes verlo? Toque la campana y si es que no tiene badajo nosotros tocaremos generala y verán ustedes la cara de ese pueblo, cuya presencia echan de menos. ¡Sí o no! Pronto, señores decirlo ahora mismo, porque no estamos dispuestos a sufrir demoras y engaños; pero, si volvemos con las armas en la mano, no responderemos de nada."
No Juventud de la Legión Infernal no les dejó margen para otra cosa.

Así se anunció finalmente que se había formado una nueva junta de gobierno .El presidente: Cornelio Saavedra; los doctores Mariano Moreno y Juan José Paso, sus secretarios; fueron designados seis vocales: Manuel Belgrano, Juan José Castelli, el militar Miguel de Azcuénaga, el sacerdote Manuel Alberti y los comerciantes Juan Larrea y Domingo Matheu.

Y allí comenzó nuestra historia Grande, nacida en una revolución popular.

jueves, 7 de marzo de 2013

7 de marzo INVASION BRASILEÑA A PATAGONES



 El Carmen de Patagones, asentado a horcajadas sobre la gran corriente fluvial rionegrina, vivió largos años en plena soledad. Pero a pesar de ello tuvo momentos de grandes urgencias, de tremendas responsabilidades, tales los vividos en el año 1827 cuando supo enfrentar y vencer una bien organizada expedición brasileña integrada por 613 hombres bajo el mando del capitán de fragata ingles James Shepherd. Desde diciembre de 1825

 Argentina se hallaba en guerra con el imperio del Brasil. El derecho de pertenencia del territorio actualmente uruguayo había provocado el conflicto.
A raíz del bloqueo del puerto de Buenos Aires por la escuadra imperial, el apostadero naval rionegrino se había transformado en el seguro refugio de nuestros corsarios que atacaban valientemente el poderío naval enemigo.
El botín de guerra, los negros esclavos arrancados a los veleros que se dedicaban a tan infame tráfico, los prisioneros, todo era desembarcado en Patagones, lo que dio origen a una activación inusitada en la vida maragata de aquel entonces. La riqueza llego a la zona y la familias hasta ese momento de vivir sencillo, aldeano, conocieron el lujo traducido en muebles finísimos, porcelanas, tapices, pianos, sedas, encajes, en fin, todo un mundo de “Las mil y una noches” que trastocó el clima apacible y monótono del último pueblo de la tierra, como alguna vez se le llamó a Carmen de Patagones.
Brasil se sintió herido profundamente en sus intereses por el éxito del ataque de los corsarios a su comercio marítimo y con el fin de arrastrar batería y población del punto que había alcanzado a asumir tan importante papel en la guerra, resolvió enviar una poderosa escuadra al Río Negro.
El 28 de febrero de 1827 cuatro naves forzaron la barra. Una de ellas varó y se hundió pocos días después. Desde la batería de la boca se hostilizó a la fuerza invasora; pero sin resultado, dado la escasez de municiones. En esta acción los criollos perdieron dos soldados de la infantería negra del coronel Felipe Pereyra y un oficial corsario, el valiente Fiori, “a quien su bravura condujo a una muerte gloriosa”.
Durante seis días los imperiales actuaron con demora y desorientación, dando tiempo a Patagones a organizarse y a poner al fuerte en estado de defensa.
El 6 de marzo, a las 21, los brasileños echaron a tierra un grupo explorador a legua y media de la batería de la boca. Luego de un reconocimiento de la zona, el citado grupo se repliega hacia la costa donde permanecía embarcado el grueso de la expedición. Se supone que desde las 23, aproximadamente, los brasileños realizan las tareas de desembarco de una columna de infantería que tendrá por misión atacar el fuerte de Patagones. Después de las dos de la madrugada del día 7, dicha columna de infantería emprende la marcha en dirección al Carmen. Al principio mal conducida por su baqueano, se pierde en el monte, mas luego, retomando buen camino, aparece el Cerro de la Caballada al amanecer.
Carmen de Patagones esperaba a pie firme al invasor. En el monte, el subteniente mendocino don Sebastian Olivera y sus ochenta milicianos (chacareros, hacendados, artesanos y comerciantes, más los gauchos del baqueano José Luis Molina); en el río, los corsarios Jaime Harris, Soulin y Dautant y sus tripulaciones bajo las ordenes del Comandante Santiago Jorge Bynon y en el fuerte las mujeres, los niños y los viejos junto a la infantería negra del Coronel Pereyra, dispuestos todos a vender cara la vida y a defender hasta a la última gota de sangre el honor de la nación.
COMBATE DEL 7 DE MARZO 
Serían las 6:30 de la mañana cuando las armas invasoras brillaron al sol sobre el cerro. Nuestros buques les asestaron sus cañones y si bien sus tiros no hicieron blanco por la situación de la columna brasileña sobre uno de los flancos del paraje, expresaron elocuentemente la energía con que se había preparado la defensa.
Olivera, en tanto, realizaba desde su posición una descarga de fusilería que dejaba agonizante, en el suelo pedregoso, al jefe de la expedición imperial, Capitán Shepherd. La columna, agotada ya por la larga marcha de la noche anterior y sedienta, viéndose sin jefe, sintió quebrada su moral y comenzó a retroceder buscando su salvación en la costa del río; pero Olivera, en formidable carga de caballería, la arrolló y quitándole el recurso del agua al metió en el monte que, envuelto en llamas, era un verdadero infierno.
El arrojado subteniente mendocino, a cuyas órdenes peleaban el pueblo y los gauchos de Molina, se incorporaba ese día a los anales del Ejercito Argentino como una clara figura de epopeya.
En tanto esto ocurría en tierra, el comandante Bynon, viendo que la población no corría peligro ya, bajó sus naves en procura de la escuadra imperial, asaltando y rindiendo dos de sus tres buques: el bergantín Escudiera y la goleta Constancia.
Sólo la Itaparica, la esbelta corbeta, quedaba por tomar; era el último reducto de los invasores, pues su tropa terrestre ya había rendido sus armas al atardecer.
Bynon marinó con tropa republicana a los  dos barcos apresados y los incorporó a los cuatro vencedores: la Bella Flor (la capitana), del propio Bynon; la Emperatriz, de Harris; la Chiquinha, de Soulin, y el Oriental Argentino, de Dautant.
Con su escuadrilla así reforzada, el bravo marino galés se dirigió hacia al Itaparica y le intimó rendición. El comandante brasileño ordenó a sus hombres a responder a cañonazos; pero éstos no le obedecieron y debió rendirse sin otra condición que la de ser tratado como prisionero de guerra.
Tirados los ganchos y las escalas desde la Bella Flor, el primero que salta a la Itaparica es Juan Bautista Thorne, un valiente marino norteamericano, a quien correspondió también el honor de arriar el pabellón de combate brasileño.
Eran las 22 horas. Los postreros resplandores del incendio iluminaban el horizonte. Los cañones acallados, habían dejado un extraño silencio en el río y en los cerros, silencio que se hacía más profundo en el rítmico galopar de los cascos de un caballo. Era el mensajero de la victoria, Marcelino Crespo, un muchacho d e17 años que, en pelo, iba llevando al fuerte la noticia de la rendición de las tropas invasoras.
Hoy nos toca recordar los nombres de los gloriosos protagonistas de aquella hazaña. Que ninguno quede sin nuestra veneración.
Los extranjeros Bynon, Harris, Soulin, Dautant, Thorne y toda la oficialidad y tripulación de la escusdrilla corsaria y los bravos negros y el oficial Fiori, cuya sangre regó el suelo patrio, y los criollos Olivera, Pereyra, el alférez Melchor Gutiérrez y Molina y sus gauchos y los pobladores de ambas bandas, cuyos apellidos Guerrero, ocampo, Murguiondo, Pita, Araque, García, Cabrera, Guardiola, Crespo, Otero, Calvo, Ibañez, Pinta, Valer, Rial, Maestre, León, Martínez, Miguel, Román, Vázquez, Herrero, Bartruille, Alfaro, Alvarez, han servido para afirmar lo que puede un pueblo cuando se levanta en armas en defensa de sus libertades y de la integridad del solar nativo.
 “Siete banderas se tomaron a los invasores en al acción del 7 de marzo de 1827. El pueblo, henchido de entusiasmo y de agradecimiento, depositó los trofeos bajo la custodia de la Patrona, Nuestra señora del Carmen, dos de los cuales aún se conservan en la Iglesia Parroquial de Patagones.
Cuenta la tradición que Ambrosio Mitre, uno de los defensores cuando la invasión imperial, al día siguiente de ser depositadas las banderas en la capilla del fuerte, llevó a su hijo Bartolomé y a los pies de las mismas le hizo jurar eterno amor a la Patria.”  

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Coronel Diaz

Todos conocemos la calle Coronel Diaz en el coqueto barrio de Palermo, pero sabemos ¿Quién fue?



CORONEL PEDRO JOSÉ DIAZ       
 

Reseña

El coronel Díaz nació en Mendoza el 17 de mayo de 1800, y era hijo del sargento mayor Luciano Díaz y de doña Dorotea Ordóñez.

Estudió con el franciscano fray José Benito Lamas y tenía trece años cuando su padre lo presentó a San Martín, quien lo aceptó como' cadete. Hizo la campaña de los Andes, luchando en Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú. En 1821, ya con el grado de capitán, llegó a las fortalezas del Callao y en esta campaña el propio Libertador le encomendó entrara en Lima al frente de su compañía, el primero de todos. Y el 11 de julio fue Díaz quien custodió la entrada en Lima de San Martín.

Cuando la sublevación del Callao cayó prisionero; intervino en el sorteo de Matucana, y poco después consiguió fugarse y pasar a servir con Bolívar y Sucre. En 1826 hizo la campaña del Brasil y a su regreso se contó entre los hombres de Lavalle. Hizo con éste las campañas de 1839 y 1840, pero en Quebracho Herrado (28 de noviembre de este último año) cayó prisionero del coronel Hilario Lagos, quien le tendió los brazos en el campo de batalla, lo felicitó por su valor y le garantizó su vida.

En el ejercito rosista

Díaz pasó prisionero a Buenos Aires y se radicó en esta ciudad. Cuando el pronunciamiento de Urquiza contra Rosas, pese a ser unitario, ofreció su espada a la Confederación y se incorporó al ejército federal.

“Y usted, coronel, ¿qué papel desempeñará en esta emergencia; son los suyos los que vienen” -preguntó Antonino Reyes, a lo que Díaz contestó:

“No...es Urquiza, es el Brasil, y yo como soldado estaré en mi pueblo puesto al lado del Gobierno de mi patria, sea Rosas o el diablo”.

El 2 de febrero asistió a la junta de guerra que presidió Rosas y de la cual participó su amigo Hilario Lagos y Chilavert. Al día siguiente, en Caseros, se batió heroicamente contra los aliados argentino uruguayo brasileños. Este hecho es pasado por alto por los historiadores y biógrafos liberales.

Dice Adolfo Saldías: “Después de una hora de rudo combatir a pie firme, los batallones de Díaz, disminuidos, cercados, exhaustos de fatiga, y faltos de municiones, iniciaron un movimiento de retirada apoyando su flanco con líneas de tiradores a lo largo de unas zanjas y cerco de tunas”. Y, más adelante, agrega: “Poco después de las dos de la tarde y, cuando la caballería aliada amenazaba rodear completamente las brigadas de Chilavert y de Díaz, se aproximó por el flanco derecho de estas una columna de caballería atraída por la vista de Rosas y los que lo acompañaban, y la cual chocó con la división Sosa. Rechazada esta envolvió en sus filas a Rosas, al mayor Reyes y a algunos oficiales”.

Díaz y Chilavert cayeron prisioneros, aunque aquel corrió mejor suerte que Chilavert, que fue asesinado por Urquiza despues de la batalla.

En setiembre de 1852 fue nombrado capitán del puerto de Buenos Aires, y durante el gobierno del general Manuel Guillermo Pinto, ministro de la Guerra. Luego se retiró de la vida pública.

Murió en Buenos Aires el 12 de diciembre de 1857. Estaba casado con doña Genoveva Gallardo y Tabanera.

Fuentes

- Chávez, Fermín – Iconografía de Rosas y de la Federación, Buenos Aires (1970). 
- Saldías, Adolfo. Historia de al Confederacion Argentina
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar

jueves, 8 de noviembre de 2012

María Remedios del Valle Rosas


Porteña de nacimiento, pertenecía a la raza negra, pues en informes sobre sus servicios militares se expresa que era “parda” (1).  Acompañando a su esposo, a un hijo propio y a otro adoptivo, marchó el 6 de julio de 1810 con el Ejército Auxiliar, al abrir la campaña sobre las provincias interiores.  Se halló en todos los hechos de armas en que se encontró aquel Ejército, habiendo marchado en la división del comandante Bernardo de Anzoátegui, con la cual llegó hasta la villa de Potosí en diciembre de 1810.  Se encontró en el desastre del Desaguadero, el 20 de junio e 1811 y en el retroceso que siguió a esta derrota, María Remedios del Valle Rosas marchó primera con la mencionada división de Anzoátegui y siguió después desde Potosí, a las órdenes del teniente coronel Bolaños hasta llegar a Jujuy.  Asistió a las jornadas de Tucumán, Salta, Vilcapugio y Ayohuma, y en esta última acción de guerra cayó herida de bala, quedando prisionera de los españoles, según afirma el coronel Hipólito Videla en un informe fechado en Buenos Aires, el 17 de enero de 1827, el que va agregado al expediente iniciado por la causante el 23 de octubre de 1826 (2), y en el que dice:
“Doña María Remedios del Valle, capitana del Ejército, a V. S. debidamente expone: Que desde el primer grito de la Revolución tiene el honor de haber sostenido la justa causa de la Independencia, de una de aquellas maneras que suelen servir de admiración a la Historia de los Pueblos.  Si Señor Inspector, aunque aparezca envanecida presuntuosamente la que representa, ella no exagera a la Patria sus servicios, sino a que se refiere con su acostumbrado natural carácter lo que ha padecido por contribuir al logro de la independencia de su patrio suelo que felizmente disfruta.  Si los primeros opresores del suelo americano aún miran con un terror respetuoso los nombres de Caupolicán y Galvarino, los disputadores de nuestros derechos por someternos al estrecho círculo de esclavitud en que nos sumergieron sus padres, quizá recordarán el nombre de la Capitana patriota María de los Remedios para admirar su firmeza de alma, su amor patrio y su obstinación en la salvación y libertad americana; aquellos al hacerlo aún se irritarán de mi constancia y me aplicarían nuevos suplicios, pero no inventarían el del olvido para hacerme expirar de hambre como lo ha hecho conmigo el Pueblo por quien tanto he padecido.  Y ¿con quién lo hace?; con quien por alimentar a los jefes, oficiales y tropa que se hallaban prisioneros por los realistas, por conservarlos, aliviarlos y aún proporcionarles la fuga a muchos, fue sentenciada por los caudillos enemigos Pezuela, Ramírez y Tacón, a ser azotada públicamente por nueve días; con quien, por conducir correspondencia e influir a tomar las armas contra los opresores americanos, y batídose con ellos, ha estado siete veces en capilla; con quien por su arrojo, denuedo y resolución con las armas en la mano, y sin ellas, ha recibido seis heridas de bala, todas graves; con quien ha perdido en campaña, disputando la salvación de su Patria, su hijo propio, otro adoptivo y su esposo!!!; con quien mientras fue útil logró verse enrolada en el Estado Mayor del Ejército Auxiliar del Perú como capitana, con sueldo, según se daba a los demás asistentes y demás consideraciones debida a su empleo.  Ya no es útil y ha quedado abandonada sin subsistencia, sin salud, sin amparo y mendigando.  La que representa ha hecho toda la campaña del Alto Perú; ella tiene un derecho a la gratitud argentina, y es ahora que lo reclama por su infelicidad”.  Dicha solicitud está firmada por Manuel Rico a ruego de la suplicante.
María Remedios del Valle Rosas servía en los hospitales y animaba en las líneas, aún en el acto de la lucha, y por esta causa recibió las varias heridas que menciona.
Después de una larga gestión, en la cual la heroína solicitaba se le abonasen seis mil pesos “para acabar su vida cansada”, como compensación de sus servicios y la pérdida de su esposo, su hijo y su entenado, el 24 de marzo de 1827 el Ministro de la Guerra, general Fernández de la Cruz, decretó que la peticionante se dirigiese al Congreso, por no estar “en las facultades del Gobierno el conceder gracia alguna que importe erogación al Erario”.
Cuenta Carlos Ibarguren, que años después de la Independencia, una anciana encorvada, desdentada, frecuentaba los atrios de San Francisco, Santo Domingo y San Ignacio. Se la veía también en la Plaza de la Victoria ofreciendo pastelitos o tortas fritas, o en ocasiones mendigando por el amor de Dios.
Llegaba de lejos, de la zona donde comenzaban las quintas, por donde tenía un rancho; para asegurarse las sobras de los conventos de las que se alimentaba.
Sin saber porqué, la llamaban “la capitana” y cuando la anciana mostraba sus brazos zurcidos por cicatrices, y contaba que las había recibido en la guerra por la Independencia los que la oían sentían compasión por su senectud y locura.
Así trascurrían inviernos y veranos, hasta que cierto día el general Viamonte, que había sido compañero de armas de Remedios, topó con la anciana.
- Pero si es “la capitana”, “la madre de la Patria”, la misma que nos acompañó al Alto Perú- Se dijo.
La mendiga le contó cuantas veces había golpeado a su puerta en busca de socorro y, como en cada ocasión la habían espantado por pordiosera.
Viamonte, como diputado, solicitó para ella una pensión por sus servicios en la guerra emancipadora.
María Remedios del Valle Rosas se dirigió más tarde a la Legislatura cuya Comisión de Peticiones se expidió el 1º de octubre de 1827, aconsejando el siguiente proyecto de decreto:
“Por ahora y desde esta fecha la suplicante gozará del sueldo de Capitán de Infantería, y devuélvase el expediente para que ocurriendo al P. E. tenga esta resolución su debido cumplimiento”.
No obstante esto, el expediente estuvo estancado hasta el año siguiente, en que el general Viamonte (que fue uno de los cuatro generales que informan el expediente existente en la Contaduría General: Díaz Vélez, Pueyrredón, Rodríguez y Viamonte, y coroneles Hipólito Videla, Manuel Ramírez y Bernardo de Anzoátegui consiguió que se llevara a consideración de la Legislatura en la sesión del 18 de julio de 1828, en la que habiendo objetado algunos diputados la solicitud, el general Viamonte la defendió en los términos siguientes:
“Yo no hubiera tomado la palabra porque me cuesta mucho trabajo hablar, si no hubiera visto que se echan de menos documentos y datos.  Yo conocí a esta mujer en la campaña del Alto Perú y la conozco aquí; ella pide ahora limosna…  Esta mujer es realmente una benemérita.  Ella ha seguido al ejército de la patria desde el año 1810.  No hay acción en que no se haya encontrado en el Perú.  Era conocida desde el primer general hasta el último oficial en todo el ejército.  Ella es bien digna de ser atendida porque presenta su cuerpo lleno de heridas de balas, y lleno además de cicatrices de azotes recibidos de los españoles enemigos, y no se le debe dejar pedir limosna como lo hace”.
Posteriormente tomó la palabra Tomas de Anchorena, quien expresó: “Yo me hallaba de secretario del general Belgrano cuando esta mujer estaba en el ejército, y no había acción en la que ella pudiera tomar parte que no la tomase, y en unos términos que podía ponerse en competencia con el soldado más valiente; era la admiración del General, de los oficiales y de todos cuantos acompañaban al ejército.  Ella en medio de ese valor tenía una virtud a toda prueba y presentaré un hecho que la manifiesta: El General Belgrano, creo que ha sido el general más riguroso, no permitió que siguiese ninguna mujer al ejercito; y esta María Remedios del Valle era la única que tenía facultad para seguirlo”…. “Ella era el paño de lágrimas, sin el menor interés de jefes y oficiales.  Yo los he oído a todos a voz pública, hacer elogios de esta mujer por esa oficiosidad y caridad con que cuidaba a los hombres en la desgracia y miseria en que quedaban después de una acción de guerra: sin piernas unos, y otros sin brazos, sin tener auxilios ni recursos para remediar sus dolencias.  De esta clase era esta mujer.  Sino me engaño el General Belgrano le dio el título de Capitán del Ejército.  No tengo presente si fue en el Tucumán o en Salta, que después de esa sangrienta acción en que entre muertos y heridos quedaron 700 hombres sobre el campo, oí al mismo Belgrano ponderar la oficiosidad y el esmero de esta mujer en asistir a todos los heridos que ella podía socorrer…  Una mujer tan singular como esta entre nosotros debe ser el objeto de la admiración de cada ciudadano, y a donde quiera que vaya debía ser recibida en brazos y auxiliada con preferencia a una general; porque véase cuanto se realza el mérito de esta mujer en su misma clase respecto a otra superior, porque precisamente esta misma calidad es la que más la recomienda”.
Después tomó la palabra el diputado Silveyra, y otros, en defensa de la heroína, acordándose la siguiente resolución:
“Se concede a la suplicante el sueldo correspondiente al grado de Capitán de Infantería, que se le abonará desde el 15 de marzo de 1827 en que inició su solicitud ante el Gobierno, y devuélvasele el expediente para que ocurriendo al Poder Ejecutivo tenga esta resolución su debido cumplimiento”.
El 28 de julio de 1828 el expediente fue pasado a la Contaduría General a sus efectos.  El 21 de noviembre de 1829 fue ascendida a “sargenta mayor de caballería”.  El 29 de enero de 1830 fue incluida en la Plana Mayor del Cuerpo de Inválidos con el sueldo íntegro de su clase, listas en las cuales figura “con sueldo íntegro”, menos de enero a abril de 1832 y desde el 16 de abril de 1833 hasta el 16 de abril de 1835, en que tiene la nota “con sueldo doble”.
En el famoso decreto del 16 de abril de 1835 (en el párrafo final del mismo que no fue publicado, pero que existe en el decreto original), Juan Manuel de Rosas la destinó a la Plana Mayor Activa con su jerarquía de sargento mayor, situación de revista que mantuvo, y en las listas de noviembre de 1836 figura con el nombre de Remedios Rosas, que conserva aún en las listas del 28 de octubre de 1847 y con el sueldo de 216 pesos.  En las listas del 8 de noviembre de 1847 hay una nota que dice: “Baja”.  El mayor de caballería Dña. Remedios Rosas falleció”.
Referencias
(1) Por entonces así se nombraban a los negros, y se llamaba “morenos” a los mulatos.
(2) Expediente 13218 de la Contaduría General de la Nación, el cual se halla borrado desde la mitad por abajo por haberse mojado.  Gracias al aparato especial existente en el Archivo General de la Nación que aplica los rayos ultravioletas, se ha podido establecer lo que está borrado a la vista.
Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.
www.revisionistas.com.ar
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1939).
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