ESTE ES EL BLOG DEL DR. RODOLFO E. PARBST He creado este blog para que juntos conozcamos un poco más de Historia, por lo cual te invito a participar del mismo.- Toda la historia. La verdadera historia.
sábado, 7 de noviembre de 2015
viernes, 6 de noviembre de 2015
LOS CASCOS VIKINGOS NO TENÍAN CUERNOS
LOS CASCOS VIKINGOS NO TENÍAN
CUERNOS
Los cascos empleados por los
vikingos carecían de cuernos.
La imagen tradicional que la historia ha legado de
ellos pertenece más a la ficción que a la realidad.
CUANDO SE HABLA DE los vikingos todo el
mundo piensa en cornudos. No por la infidelidad de las mujeres —poco probable
en una sociedad tan tremendamente machista como la suya—, sino por el
característico casco con el que la iconografia popular los ha hecho pasar a la
Historia.
Esta idea es errónea aunque se fundamenta
en un ápice de autenticidad. Si bien es verdad que existen cascos adornados con
cuernos y se han encontrado algunos en los enterramientos y en las excavaciones
arqueológicas, lo cierto es que la mayoría de los yelmos utilizados por los
vikingos carecían de cornamenta.
Se trataba de unos cascos de forma conoidal fabricados en acero. Solían llevar una protección nasal que también cubría parte de los ojos —como la montura de unas gafas— y algunos adornos. Los grandes señores hacían decorar sus celadas con incrustaciones en oro y plata.
Se trataba de unos cascos de forma conoidal fabricados en acero. Solían llevar una protección nasal que también cubría parte de los ojos —como la montura de unas gafas— y algunos adornos. Los grandes señores hacían decorar sus celadas con incrustaciones en oro y plata.
Para su protección, además de los cascos,
empleaban unos grandes escudos circulares fabricados en madera y recubiertos de
acero, material con el que también confeccionaban sus Cotas de mallas. Las
armas más comunes eran las espadas y las hachas. Las espadas se fabricaban con
acero y, artesanalmente. El elemento más destacado de éstas era su empuñadura
en forma demartillo y perfectamente equilibrada. Las hachas podían ser de una o
dos hojas y generalmente, de mango corto, lo que facilitaba, además que
pudieran emplearse como armas arrojadizas.
Los ataques se llevaban a cabo de una
forma tremendamente rápida, efectiva e inevitable.Se puede decir que el mejor
aliado de estos guerreros era el factor sorpresa, elemento común y denominador
de todas sus razzias. Se trataba de pillar desprevenido al adversario y que a
éste no le diera tiempo a reaccionar. Como los modernos atracadores de bancos,
que han estudiado su golpe hasta el más mínimo detalle y son capaces de vaciar
las arcas de la entidad en apenas unos segundos, los vikingos llegaban,
asaltaban y desaparecían del emplazamiento enemigo antes de que la voz de
alarma hubiera siquiera salido de la boca de los vigías.
Durante los combates se producía en la
mente de los vikingos un fenómeno que los historiadores han denominado bersek
—literalmente, «volverse loco»— y que les hacía afrontar las batallas desde una
perspectiva casi suicida e inconsciente. Poseídos por una furia y una ira
incontrolable no sentían el dolor de las heridas y el miedo se convertía en su
aliado. Seguramente se trataba de una especie de paranoia mental, un trance
inconsciente, acrecentado por la concentración previa al combate. Este estado
mental no se aprendía, iba en la sangre.
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domingo, 25 de octubre de 2015
Conozcamos Cartago
Conozcamos Cartago
La fundación de la ciudad
En el segundo milenio antes de nuestra era, los fenicios solo ocupaban una estrecha franja de tierra a lo largo del litoral mediterráneo, la cual se extendía al norte y al sur del Líbano moderno. Como eran buenos navegantes, pusieron su punto de mira en Occidente, en busca de oro, plata, hierro, estaño y plomo. A cambio, ofrecían madera (como la de los famosos cedros del Líbano), telas teñidas de rojo púrpura, perfumes, vino, especias y demás productos manufacturados.
En sus viajes a Occidente, los fenicios establecieron asentamientos en las costas de África, Sicilia, Cerdeña y el sur de la actual España, que tal vez corresponda a la Tarsis mencionada en la Biblia (1 Reyes 10:22; Ezequiel 27:2, 12). Según la tradición, Cartago se fundó en 814 antes de nuestra era, unos sesenta años antes que su rival, Roma. Serge Lancel, experto en cultura norteafricana del mundo antiguo, señala: “La fundación de Cartago, hacia el final del siglo IX a.C., fue un factor decisivo durante varias centurias en el destino político y cultural de la cuenca del Mediterráneo occidental”.
La génesis de un imperio
Cartago comenzó a forjar su imperio en una península con forma de “ancla gigante adentrada en el mar”, en palabras del historiador François Decret. Edificada sobre la base que pusieron sus antepasados fenicios, extendió su red comercial —en especial la importación de metales— hasta convertirse en un gigantesco monopolio, gracias a su poderosa flota y a las tropas de mercenarios.
Los cartagineses, que no se dormían en los laureles, siempre andaban a la caza de nuevos mercados. Por ejemplo, se afirma que alrededor de 480 a.E.C., el navegante Himilcón arribó a Cornualles, región del Reino Unido rica en estaño; asimismo, unos treinta años después, Hannón, miembro de una de las familias más prominentes de Cartago, encabezó una expedición de 30.000 personas a bordo de 60 embarcaciones con la intención de establecer nuevas colonias. Hannón atravesó el estrecho de Gibraltar y navegó por la costa africana, tal vez hasta el golfo de Guinea o incluso Camerún.
Merced a su espíritu emprendedor y a una aguda visión mercantil, Cartago se convirtió, según se cree, en la urbe más rica del mundo antiguo. “A principios del siglo III [antes de nuestra era], la pericia técnica, la flota y la proyección comercial de la ciudad [...] la colocaron en un lugar preeminente”, afirma el libro Carthage. El historiador Apiano dijo de sus habitantes: “Su imperio rivalizó con el de los griegos en poder, y en riqueza estuvo cercano al de los persas”.
A la sombra de Baal
Aunque los fenicios estaban esparcidos por todo el Mediterráneo occidental, los unía la religión cananea, que legaron a sus descendientes, los cartagineses. Durante siglos, Cartago despachó cada año una delegación a Tiro para ofrecer sacrificios en el templo del dios Melqart. Las principales deidades de la nueva ciudad las constituían la pareja divina de Baal Hammón (“Señor del brasero”) y Tanit, a la que se relaciona con Astarté.
El rasgo más notable de la religión púnica era el sacrificio de infantes. Diodoro Sículo informa que durante un ataque a la ciudad en 310 a.E.C., se sacrificaron más de doscientos niños de noble nacimiento para apaciguar a Baal Hammón. “La ofrenda de una criatura inocente en calidad de víctima vicaria suponía un acto supremo de propiciación, dirigido con toda probabilidad a garantizar el bienestar de la familia y la comunidad”, indica The Encyclopedia of Religion.
En 1921, los arqueólogos descubrieron lo que denominaron el tofet, nombre tomado de la expresión bíblica de 2 Reyes 23:10 y Jeremías 7:31. Las excavaciones revelaron múltiples niveles de urnas —señalizadas por estelas votivas— que contenían los restos calcinados de niños de tierna edad y de animales, estos últimos ofrecidos como sustitutos. Se calcula que el lugar alberga las cenizas de más de veinte mil infantes que fueron sacrificados en tan solo doscientos años. Ciertos historiadores revisionistas afirman que el tofet no era más que un cementerio para criaturas que habían nacido muertas o que habían fallecido a muy corta edad y que no recibieron sepultura en la necrópolis. No obstante, según el historiador Lancel, citado antes, “la situación actual no nos autoriza a negar categóricamente la realidad del sacrificio humano cartaginés”.
La lucha por la supremacía
Tras el declive de Tiro en el siglo VI a.E.C., Cartago se erigió en líder de los fenicios occidentales con no poca oposición. Los mercaderes púnicos y griegos llevaban tiempo disputándose la hegemonía de los mares, hasta que alrededor de 550 a.E.C. estalló la guerra. En 535 a.E.C., los cartagineses y sus aliados etruscos expulsaron a los griegos de la isla de Córcega y asumieron el control de Cerdeña, lo que recrudeció el conflicto entre Cartago y Grecia por el control de Sicilia, isla que gozaba de una destacada posición estratégica.
Al mismo tiempo, Roma comenzó a mostrar su poderío. Cartago, gracias a los acuerdos que estableció con esa potencia, se aseguró de no perder sus privilegios comerciales y mantuvo a Sicilia fuera del alcance de los romanos. Sin embargo, cuando Roma subyugó a la península itálica, consideró una amenaza la creciente influencia de Cartago, tan próxima a Italia. Polibio, historiador griego del siglo II a.E.C., escribió: “Los romanos [...] veían también que los cartagineses habían sometido no sólo los territorios de África, sino además muchos de España, que eran dueños de todas las islas del mar de Cerdeña y del mar Tirreno. Los romanos consideraban con razón que, si los cartagineses se apoderaban, por añadidura, de Sicilia, les resultarían vecinos temibles y excesivamente gravosos, pues les tendrían rodeados y ejercerían presión sobre todas las regiones de Italia”. Por ello, ciertas facciones del Senado romano, movidas por intereses económicos, ejercieron presión para que se interviniera en Sicilia.
Las guerras púnicas
En 264 a.E.C., la crisis que estalló en Sicilia suministró la excusa a los romanos para actuar. Pese a constituir una violación del acuerdo, Roma despachó un destacamento, acción que desencadenó lo que hoy llamamos la primera guerra púnica. El conflicto, caracterizado por algunos de los mayores combates navales de la antigüedad, se extendió durante más de veinte años. Al final, en 241 a.E.C., Roma derrotó a los cartagineses y los expulsó de Sicilia. Las islas de Córcega y Cerdeña también acabaron perteneciendo a la potencia romana.
A fin de compensar estas pérdidas, el general cartaginés Amílcar Barca acometió la tarea de restaurar el poder a Cartago iniciando la configuración de un imperio en la península ibérica. En la costa sudoriental de esta se fundó Carthago Nova (hoy Cartagena), y a los pocos años, las riquezas de la minería del lugar habían vuelto a llenar los cofres de la capital africana. Semejante expansión condujo de forma inevitable a un conflicto con Roma que desembocó en 218 a.E.C. en una nueva guerra.
Al mando del ejército cartaginés figuraba uno de los hijos de Amílcar, Aníbal, cuyo nombre significa “Favorecido por Baal”. Partió de Carthago Nova en mayo de 218 a.E.C. y, junto con soldados africanos e iberos, además de casi cuarenta elefantes, emprendió una marcha épica a través de Iberia, la Galia y los Alpes. Los desprevenidos romanos sufrieron diversas derrotas aplastantes. El 2 de agosto de 216 a.E.C., en la batalla de Cannas —“uno de los desastres más espantosos de la historia del ejército romano”—, las tropas cartaginesas comandadas por Aníbal aniquilaron a una fuerza militar que contaba con el doble de sus efectivos. Dieron muerte a casi setenta mil enemigos y solo perdieron 6.000 hombres.
Roma estaba al alcance de la mano. Sin embargo, lejos de rendirse, hostigó a las tropas de Aníbal en una guerra de desgaste que duró trece años. Cuando Roma destacó el ejército a África, Cartago, abandonada por sus aliados y derrotada en la península ibérica y Sicilia, se vio obligada a llamar a Aníbal. Al año siguiente, en 202 a.E.C., el general romano Escipión el Africano venció a Aníbal en Zama, al sudoeste de Cartago. A la ciudad púnica, cuya armada se vio forzada a rendirse, se le negó la independencia militar, y se le gravó con una enorme indemnización que debía pagar durante cincuenta años. Más tarde, alrededor de 183 a.E.C., Aníbal se suicidó en el exilio.
“Delenda est Carthago”
La paz devolvió la prosperidad a Cartago a tal grado que a los diez años la ciudad ofreció saldar la deuda. Sus implacables enemigos vieron en esa vitalidad y en las reformas políticas una gravísima amenaza. Todos los discursos que pronunció el envejecido senador romano Catón durante los dos años que precedieron a su muerte concluían con la frase “Delenda est Carthago” (Hay que destruir Cartago).
Por fin, en 150 a.E.C., una supuesta infracción del tratado de paz proporcionó a los romanos la excusa esperada para declarar la guerra a Cartago, un conflicto calificado de “guerra de exterminio”. Durante tres años sitiaron la ciudad con unos 30 kilómetros de fortificación, parte de la cual superaba los 12 metros de altura. Finalmente, en 146 a.E.C., las tropas romanas abrieron una brecha, avanzaron por las calles estrechas bajo una lluvia de proyectiles y entablaron un violento combate cuerpo a cuerpo. Los huesos que han hallado los arqueólogos bajo los bloques de piedra esparcidos constituyen un espantoso testimonio de lo sucedido.
Tras seis horribles días se rindieron los 50.000 ciudadanos hambrientos que se habían refugiado en Birsa, ciudadela fortificada ubicada en una colina. Hubo quienes se encerraron en el templo del dios Ešmun y lo incendiaron para no ser ejecutados o esclavizados. Los romanos prendieron fuego a lo que quedaba de la ciudad, la arrasaron, la declararon ceremonialmente maldita y prohibieron que volviera a ser habitada.
De ese modo, en ciento veinte años, Roma acabó con los sueños imperialistas de Cartago. “La verdadera consecuencia de la segunda guerra púnica iba a ser la forma que cobrara el próximo estado universal helénico: ser un Imperio Cartaginés o un Imperio Romano”, señaló el historiador Arnold Toynbee. “De haber vencido Aníbal —dice la Encyclopædia Universalis—, con toda seguridad habría fundado un imperio universal análogo al de Alejandro.” Resultó que las guerras púnicas marcaron el despegue del imperialismo de Roma, lo que la llevó a la dominación mundial.
El “África romana”
Cartago parecía haber llegado a su destino final. Sin embargo, solo un siglo después, Julio César decidió establecer allí una colonia. En su honor se la llamó Colonia Julia. Los ingenieros romanos movieron unos 100.000 metros cúbicos de tierra hasta nivelar el terreno con la colina de Birsa y formar una enorme plataforma que borrara los vestigios del pasado. En ella se erigieron templos y edificios públicos ornamentados. Con el paso del tiempo, Cartago se convirtió en ‘una de las ciudades más opulentas del mundo romano’, la segunda de Occidente en tamaño, después de Roma. Para satisfacer las demandas de sus 300.000 habitantes, se construyó un teatro, un anfiteatro, unos enormes baños termales, un acueducto de 132 kilómetros y un circo con capacidad para 60.000 espectadores.
A mediados del siglo II de nuestra era, el cristianismo llegó a Cartago y experimentó un rápido crecimiento. Tertuliano, famoso teólogo y apologista, nació allí sobre el año 155. A consecuencia de sus escritos, el latín se convirtió en el idioma oficial de la Iglesia occidental. Cipriano, obispo de Cartago del siglo III, quien concibió una jerarquía clerical de siete grados, murió en la ciudad como mártir en 258. Otro norteafricano, Agustín (354-430), considerado el mayor pensador de la antigüedad cristiana, desempeñó un papel decisivo en la fusión de la doctrina eclesiástica con la filosofía griega. La influencia de la Iglesia norteafricana fue tal que un clérigo afirmó: “Eres tú, oh África, la que adelanta con el mayor ardor la causa de nuestra fe. Lo que tú decides lo aprueba Roma y lo siguen los amos de la Tierra”.
Sin embargo, los días de Cartago estaban contados. Su destino volvió a verse unido al de Roma. A medida que el Imperio romano entraba en decadencia, se iba consumando el declive de Cartago. En 439, los vándalos la capturaron y la saquearon. Un siglo después cayó a manos de los bizantinos, lo que aplazó por poco tiempo su ejecución, pero finalmente la ciudad no consiguió resistir a los árabes que se extendían por el norte de África. En 698 fue tomada, y sus piedras se utilizaron para edificar Túnez. Durante los siguientes siglos, el mármol y el granito que en un tiempo la adornaron fueron saqueados y acabaron formando parte de las catedrales italianas de Génova y Pisa, y quizá hasta de la de Canterbury (Inglaterra). Cartago pasó de ser una de las ciudades más ricas y poderosas de antaño, un imperio que estuvo a punto de dominar el mundo, a verse reducida a un montón de escombros irreconocibles.
[Notas]
El nombre fenicio se deriva del vocablo griego fóinix, que significa tanto “rojo púrpura” como “palmera”. En latín se empleó poenus, que dio lugar al adjetivo púnico, sinónimo de “cartaginés”.
Fue tan estrecha la relación que durante siglos reinó entre cartagineses y etruscos, que Aristóteles afirmó que ambas naciones parecían un solo estado. La revista... - del 8 de noviembre de 1997, págs. 24-27, contiene más información sobre los etruscos.
“Los cartagineses llamaron África al territorio que circundaba Cartago, nombre que designó después a todas las regiones conocidas del continente. Los romanos lo conservaron cuando convirtieron el territorio cartaginés en una provincia romana.” (Dictionnaire de l’Antiquité—Mythologie, littérature, civilisation.)
sábado, 17 de octubre de 2015
El 17 de octubre de 1945, a las 23. Desde el Balcón de la casa Rosada, habla el coronel Juan Perón…
El 17 de octubre de 1945, a las 23.
Desde el Balcón de la casa Rosada,
habla
el coronel Juan Perón…
"Trabajadores:
hace casi dos años dije desde estos mismos balcones que tenía tres honras en mi
vida: la de ser soldado, la de ser un patriota y la de ser el primer trabajador
argentino. Hoy a la tarde, el Poder Ejecutivo ha firmado mi solicitud de retiro
del servicio activo del Ejército. Con ello, he renunciado voluntariamente al
más insigne honor al que puede aspirar un soldado: llevar las palmas y laureles
de general de la Nación. Ello lo he hecho porque quiero seguir siendo el
coronel Perón, y ponerme con este nombre al servicio integral del auténtico
pueblo argentino. Dejo el sagrado y honroso uniforme que me entregó la Patria
para vestir la casaca de civil y mezclarme en esa masa sufriente y sudorosa que
elabora el trabajo y la grandeza de la Patria.
Por eso doy mi abrazo final a esa institución, que es
el puntal de la Patria : el Ejército. Y doy también el primer abrazo a esa masa
grandiosa, que representa la síntesis de un sentimiento que había muerto en la
República : la verdadera civilidad del pueblo argentino. Esto es pueblo. Esto
es el pueblo sufriente que representa el dolor de la tierra madre, que hemos de
reivindicar. Es el pueblo de la Patria. Es el mismo pueblo que en esta
histórica plaza pidió frente al Congreso que se respetara su voluntad y su
derecho. Es el mismo pueblo que ha de ser inmortal, porque no habrá perfidia ni
maldad humana que pueda estremecer a este pueblo, grandioso en sentimiento y en
número. Esta verdadera fiesta de la democracia, representada por un pueblo que
marcha, ahora también, para pedir a sus funcionarios que cumplan con su deber
para llegar al derecho del verdadero pueblo.
Muchas veces he asistido a reuniones de trabajadores.
Siempre he sentido una enorme satisfacción: pero desde hoy, sentiré un
verdadero orgullo de argentino, porque interpreto este movimiento colectivo
como el renacimiento de una conciencia de trabajadores, que es lo único que
puede hacer grande e inmortal a la Patria. Hace dos años pedí confianza. Muchas
veces me dijeron que ese pueblo a quien yo sacrificara mis horas de día y de
noche, habría de traicionarme. Que sepan hoy los indignos farsantes que este
pueblo no engaña a quien lo ayuda. Por eso, señores, quiero en esta
oportunidad, como simple ciudadano, mezclarme en esta masa sudorosa,
estrecharla profundamente en mi corazón, como lo podría hacer con mi madre.
(En ese instante, alguien cerca del balcón le gritó: ¡un abrazo para la vieja!)
Perón le respondió: Que sea esta unidad indestructible e infinita, para que
nuestro pueblo no solamente posea una unidad, sino para que también sepa dignamente
defenderla. ¿Preguntan ustedes dónde estuve? ¡Estuve realizando un sacrificio
que lo haría mil veces por ustedes! No quiero terminar sin lanzar mi recuerdo
cariñoso y fraternal a nuestros hermanos del interior, que se mueven y palpitan
al unísono con nuestros corazones desde todas las extensiones de la Patria. Y
ahora llega la hora, como siempre para vuestro secretario de Trabajo y
Previsión, que fue y seguirá luchando al lado vuestro para ver coronada esa era
que es la ambición de mi vida: que todos los trabajadores sean un poquito más
felices.
Ante tanta nueva insistencia, les pido que no me
pregunten ni me recuerden lo que hoy ya he olvidado. Porque los hombres que no
son capaces de olvidar, ni merecen ser queridos y respetados por sus semejantes.
Y yo aspiro a ser querido por ustedes y no quiero empañar este acto con ningún
mal recuerdo. Dije que había llegado la hora del consejo, y recuerden
trabajadores, únanse y sean más hermanos que nunca. Sobre la hermandad de los
que trabajan ha de levantarse nuestra hermosa Patria, en la unidad de todos los
argentinos. Iremos diariamente incorporando a esta hermosa masa en movimiento a
cada uno de los tristes o descontentos, para que, mezclados a nosotros, tengan
el mismo aspecto de masa hermosa y patriótica que son ustedes.
Pido, también, a todos los trabajadores amigos que
reciban con cariño éste mi inmenso agradecimiento por las preocupaciones que
todos han tenido por este humilde hombre que hoy les habla. Por eso, hace poco
les dije que los abrazaba como abrazaría a mi madre, porque ustedes han tenido
los mismos dolores y los mismos pensamientos que mi pobre vieja querida habrá
sentido en estos días. Esperamos que los días que vengan sean de paz y
construcción para la Nación. Sé que se habían anunciado movimientos obreros; ya
ahora, en este momento, no existe ninguna causa para ello. Por eso les pido,
como un hermano mayor, que retornen tranquilos a su trabajo y piensen. Y hoy
les pido que retornen tranquilos a sus casas, y esta única vez, ya que no se
los puedo decir como secretario de Trabajo y Previsión, les pido que realicen
el día de paro festejando la gloria de esa reunión de hombres que vienen del
trabajo que son la esperanza más cara de la Patria.
He dejado deliberadamente para lo último, el
recomendarles que antes de abandonar esta magnífica asamblea, lo hagan con
mucho cuidado. Recuerden que entre todos hay numerosas mujeres obreras, que han
de ser protegidas aquí y en la vida por los mismos obreros; y finalmente,
recuerden que estoy un poco enfermo de cuidado y les pido que recuerden que
necesito un descanso que me tomaré en el Chubut ahora, para reponer fuerzas y volver a luchar codo a
codo con ustedes, hasta quedar exhausto si es preciso. Pido a todos que nos
quedemos por lo menos quince minutos más reunidos, porque quiero estar desde
este sitio contemplando este espectáculo que me saca de la tristeza que he
vivido en estos días".
Raúl Scalabrini Ortiz: ‘Era el subsuelo de la patria sublevado’
"Era el subsuelo de
la patria sublevado"
“Un pujante palpitar sacudía la entraña de
la ciudad. Un hálito áspero crecía en densas vaharadas, mientras las multitudes
iban llegando. Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los Talleres de
Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de
las fundiciones de acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas...
Hermanados en el mismo grito y en la misma fe, iban el peón de tambo de Cañuelas
y el tornero de precisión, el fundidor el mecánico de :automóviles, el tejedor,
la hilandera y el peón. Era el subsuelo de la patria sublevado. Era el cimiento
básico de la nación que asomaba".
Raúl
Scalabrini Ortiz
TESTIMONIOS DE PARTICIPANTES DEL 17 DE OCTUBRE DE 1945
TESTIMONIOS DE PARTICIPANTES DEL 17 DE OCTUBRE DE 1945
HACE UNOS AÑOS SE PUBLICARON ESTOS TESTIMONIOS DE GENTE QUE PARTICIPÓ DEL 17 DE OCTUBRE DE 1945
Juan Adolfo Flury es un vivaz y memorioso militante de 81 años que vive desde hace 48 años en Ciudad Evita, donde conduce desde 1953, la Unidad Básica “Evita Eterna”, y participó del 17 en la Plaza de Mayo. Así lo contó:
En 1945 yo ya trabajaba políticamente en los cuadros denominados “Soldados de Perón” que tenían la misión específica de mantener las pintadas en todos los barrios de Capital Federal.
Estos trabajos se hacían de noche y los había creado el Coronel Domingo Mercante. Comenzamos en 1943 y para el 45 ya éramos una masa concientizada. Yo viví el 17 de Octubre como uno más, porque era muy grande la alegría y la afluencia de gente. La mañana de ese día nos juntamos todos los muchachos del grupo y comenzamos a avisar a todos los obreros que había que salir. Yo trabajaba en la firma Bonafide como encargado de control de calidad y no quedó nadie en la fábrica. Recuerdo que después me echaron de ahí por hacer cumplir las leyes laborales.
--¿Se pasaron todo el día en la Plaza de Mayo?
-- Sí, nadie se movió de su lugar. Los bolicheros de los alrededores no daban algún sanguchito y agua para aguantar. De alguna forma fue una fiesta, nunca vi algo así. No había ninguna información oficial, pero cuando a la noche se corrió la voz de que venía el General, la gente saltaba, cantaba, lloraba. Cuando recuerdo esos años.. se vivía tranquilo y con respeto. Para mí, nunca habrá otro 17 de Octubre...
--¿ Por qué cree usted que se genera el 17 de Octubre?
--Este cambio se dio porque el estado de la gente era tremendo, había mucha pobreza, mucha pasividad. El obrero soportaba toda con estoicidad, se aguantaba horas y horas parado frente a un cartel que pedía 2 obreros pero recién al otro día. Era tanta la pobreza, que la que hay ahora ya no me asusta. Eso fue generando una conciencia que está muy bien expresada en la Doctrina Peronista, ésa que muchos peronistas olvidaron y otros ni la conocen. Hoy eso de que “para un peronista no hay nada mejor que otro peronista” ya no existe más. Hoy si usted dice que es peronista le preguntan primero de qué Línea es... a quien responde...
LOS RECUERDOS DE PERON Y EVITA
¿ Usted vió a Perón antes y después del 17, Flury?
--Sí, antes del 17 dos veces porque, como le dije, formábamos el grupo²Soldados de Perón², pero luego comencé a trabajar en la Subsecretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación con excelentes periodistas como Enrique Portugal, José Ramón Luna, Gastón Talamón y los hermanos Sojit, entre otros. Como yo era un hombre de confianza a menudo llevaba mensajes directamente al General. Para mí era muy fácil verlo, pero siempre me emocionaba y casi ni podía hablar. Era un tipo que se sonreía y lo cautivaba a uno.
Después vino Evita, entonces Perón pasó a un plano superior, al de las grandes realizaciones del país, y ella quedó en el aspecto social. Era una mujer absorbente que no aceptaba errores y que exigía el cumplimiento al momento de los pedidos de los pobres. ¡Y guay que alguno despreciara a su gente! Una vez fui a Tucumán con ella en el tren que paró fuera de la estación.
La gente quería verla, tocarla, darle cosas... Una viejita no podía pasar entre la gente con un plato para ella, tapado con un repasador. Evita la vió y la llamó, así la viejita pudo entregarle unas empanadas que le había hecho. Uno de la comitiva dijo: ¿Tanto lío esta vieja por unas empanadas? Evita lo escuchó y lo mandó bajarse del tren y volver a Buenos Aires, despedido.
Ése era el respeto que ella tenía por la pobreza. Se desesperaba cuando no podía hacer algo por un chico desnudo, trabajaba muchas horas y no comía normalmente. Comía y trabajaba al mismo tiempo.
Un día Evita me preguntó: “¿Qué necesita Flury?”.”Una casa señora”, le dije, porque vivía en una piecita con cocina con mi esposa en Flores. Así vine en el ´52 a la sección 1°, Circunscripción 1°. De esta hermosa Ciudad Evita que es un ejemplo de obra los obreros y nunca se terminó y además, está abandonada.
ESTABA EMBARAZADA PERO IGUAL FUI
A Perón lo habían llevado preso a Martín García y había orden de que no se diera ninguna noticia al pueblo, pero nos enteramos por Radio Colonia dónde estaba. Mi marido me avisó que se iba a la Plaza de Mayo y me dijo que me quedara porque estaba embarazada de cinco meses.
Nosotros vivíamos en la calle Esmeralda al 600 y me metí en una caravana donde iban hombres y mujeres mezclados. Unos muchachos me hicieron como una cadena cuando me vieron para que nadie me empujara ó golpeara. Llegamos a la Plaza y nos quedamos a la altura de la Catedral, después me ubiqué más en el centro de la Plaza, solita, sin saber dónde estaba mi marido.
La gente estaba enardecida pero sin provocar ningún desmán. Empezaron a correr rumores de que ya lo traían y salió al balcón el General Farrell diciendo que Perón estaba viniendo...
Así contaba su testimonio la Sra. Juana Álvarez de Pérez, una simpática tucumana de 80 años que vive en Ciudad Evita desde 1952.
Nadie le creía al Coronel Farrell, sólo queríamos verlo vivo a Perón. Así pasaron las horas y después de las 8 de la noche se asomó por una ventana y nos gritó² Hola, compañeros!!. Ahí fue un sólo grito y una ovación. Perón sí, otro no, gritaban.
Después, habló Farrell y otra persona que no recuerdo quién era, y al final, Perón!! Cantamos el Himno y así la gente fue calmándose.
Bueno, ahora vayan tranquilos para sus casas, nos pedía el general. Entonces todos gritaban: Mañana San Perón!!. Y así fue...
El regreso se me hizo difícil, porque era tanta la gente que había llegado de todas partes, que recién llegué a las cinco de la mañana a mi casa.
Imagínese, ¡¡quién iba a dormir esa noche!!
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