domingo, 25 de octubre de 2015

Conozcamos Cartago

Conozcamos Cartago 



La fundación de la ciudad

En el segundo milenio antes de nuestra era, los fenicios solo ocupaban una estrecha franja de tierra a lo largo del litoral mediterráneo, la cual se extendía al norte y al sur del Líbano moderno. Como eran buenos navegantes, pusieron su punto de mira en Occidente, en busca de oro, plata, hierro, estaño y plomo. A cambio, ofrecían madera (como la de los famosos cedros del Líbano), telas teñidas de rojo púrpura, perfumes, vino, especias y demás productos manufacturados.

En sus viajes a Occidente, los fenicios establecieron asentamientos en las costas de África, Sicilia, Cerdeña y el sur de la actual España, que tal vez corresponda a la Tarsis mencionada en la Biblia (1 Reyes 10:22; Ezequiel 27:2, 12). Según la tradición, Cartago se fundó en 814 antes de nuestra era, unos sesenta años antes que su rival, Roma. Serge Lancel, experto en cultura norteafricana del mundo antiguo, señala: “La fundación de Cartago, hacia el final del siglo IX a.C., fue un factor decisivo durante varias centurias en el destino político y cultural de la cuenca del Mediterráneo occidental”.

La génesis de un imperio

Cartago comenzó a forjar su imperio en una península con forma de “ancla gigante adentrada en el mar”, en palabras del historiador François Decret. Edificada sobre la base que pusieron sus antepasados fenicios, extendió su red comercial —en especial la importación de metales— hasta convertirse en un gigantesco monopolio, gracias a su poderosa flota y a las tropas de mercenarios.

Los cartagineses, que no se dormían en los laureles, siempre andaban a la caza de nuevos mercados. Por ejemplo, se afirma que alrededor de 480 a.E.C., el navegante Himilcón arribó a Cornualles, región del Reino Unido rica en estaño; asimismo, unos treinta años después, Hannón, miembro de una de las familias más prominentes de Cartago, encabezó una expedición de 30.000 personas a bordo de 60 embarcaciones con la intención de establecer nuevas colonias. Hannón atravesó el estrecho de Gibraltar y navegó por la costa africana, tal vez hasta el golfo de Guinea o incluso Camerún.

Merced a su espíritu emprendedor y a una aguda visión mercantil, Cartago se convirtió, según se cree, en la urbe más rica del mundo antiguo. “A principios del siglo III [antes de nuestra era], la pericia técnica, la flota y la proyección comercial de la ciudad [...] la colocaron en un lugar preeminente”, afirma el libro Carthage. El historiador Apiano dijo de sus habitantes: “Su imperio rivalizó con el de los griegos en poder, y en riqueza estuvo cercano al de los persas”.

A la sombra de Baal

Aunque los fenicios estaban esparcidos por todo el Mediterráneo occidental, los unía la religión cananea, que legaron a sus descendientes, los cartagineses. Durante siglos, Cartago despachó cada año una delegación a Tiro para ofrecer sacrificios en el templo del dios Melqart. Las principales deidades de la nueva ciudad las constituían la pareja divina de Baal Hammón (“Señor del brasero”) y Tanit, a la que se relaciona con Astarté.

El rasgo más notable de la religión púnica era el sacrificio de infantes. Diodoro Sículo informa que durante un ataque a la ciudad en 310 a.E.C., se sacrificaron más de doscientos niños de noble nacimiento para apaciguar a Baal Hammón. “La ofrenda de una criatura inocente en calidad de víctima vicaria suponía un acto supremo de propiciación, dirigido con toda probabilidad a garantizar el bienestar de la familia y la comunidad”, indica The Encyclopedia of Religion.

En 1921, los arqueólogos descubrieron lo que denominaron el tofet, nombre tomado de la expresión bíblica de 2 Reyes 23:10 y Jeremías 7:31. Las excavaciones revelaron múltiples niveles de urnas —señalizadas por estelas votivas— que contenían los restos calcinados de niños de tierna edad y de animales, estos últimos ofrecidos como sustitutos. Se calcula que el lugar alberga las cenizas de más de veinte mil infantes que fueron sacrificados en tan solo doscientos años. Ciertos historiadores revisionistas afirman que el tofet no era más que un cementerio para criaturas que habían nacido muertas o que habían fallecido a muy corta edad y que no recibieron sepultura en la necrópolis. No obstante, según el historiador Lancel, citado antes, “la situación actual no nos autoriza a negar categóricamente la realidad del sacrificio humano cartaginés”.

La lucha por la supremacía

Tras el declive de Tiro en el siglo VI a.E.C., Cartago se erigió en líder de los fenicios occidentales con no poca oposición. Los mercaderes púnicos y griegos llevaban tiempo disputándose la hegemonía de los mares, hasta que alrededor de 550 a.E.C. estalló la guerra. En 535 a.E.C., los cartagineses y sus aliados etruscos expulsaron a los griegos de la isla de Córcega y asumieron el control de Cerdeña, lo que recrudeció el conflicto entre Cartago y Grecia por el control de Sicilia, isla que gozaba de una destacada posición estratégica.

Al mismo tiempo, Roma comenzó a mostrar su poderío. Cartago, gracias a los acuerdos que estableció con esa potencia, se aseguró de no perder sus privilegios comerciales y mantuvo a Sicilia fuera del alcance de los romanos. Sin embargo, cuando Roma subyugó a la península itálica, consideró una amenaza la creciente influencia de Cartago, tan próxima a Italia. Polibio, historiador griego del siglo II a.E.C., escribió: “Los romanos [...] veían también que los cartagineses habían sometido no sólo los territorios de África, sino además muchos de España, que eran dueños de todas las islas del mar de Cerdeña y del mar Tirreno. Los romanos consideraban con razón que, si los cartagineses se apoderaban, por añadidura, de Sicilia, les resultarían vecinos temibles y excesivamente gravosos, pues les tendrían rodeados y ejercerían presión sobre todas las regiones de Italia”. Por ello, ciertas facciones del Senado romano, movidas por intereses económicos, ejercieron presión para que se interviniera en Sicilia.

Las guerras púnicas

En 264 a.E.C., la crisis que estalló en Sicilia suministró la excusa a los romanos para actuar. Pese a constituir una violación del acuerdo, Roma despachó un destacamento, acción que desencadenó lo que hoy llamamos la primera guerra púnica. El conflicto, caracterizado por algunos de los mayores combates navales de la antigüedad, se extendió durante más de veinte años. Al final, en 241 a.E.C., Roma derrotó a los cartagineses y los expulsó de Sicilia. Las islas de Córcega y Cerdeña también acabaron perteneciendo a la potencia romana.

A fin de compensar estas pérdidas, el general cartaginés Amílcar Barca acometió la tarea de restaurar el poder a Cartago iniciando la configuración de un imperio en la península ibérica. En la costa sudoriental de esta se fundó Carthago Nova (hoy Cartagena), y a los pocos años, las riquezas de la minería del lugar habían vuelto a llenar los cofres de la capital africana. Semejante expansión condujo de forma inevitable a un conflicto con Roma que desembocó en 218 a.E.C. en una nueva guerra.

Al mando del ejército cartaginés figuraba uno de los hijos de Amílcar, Aníbal, cuyo nombre significa “Favorecido por Baal”. Partió de Carthago Nova en mayo de 218 a.E.C. y, junto con soldados africanos e iberos, además de casi cuarenta elefantes, emprendió una marcha épica a través de Iberia, la Galia y los Alpes. Los desprevenidos romanos sufrieron diversas derrotas aplastantes. El 2 de agosto de 216 a.E.C., en la batalla de Cannas —“uno de los desastres más espantosos de la historia del ejército romano”—, las tropas cartaginesas comandadas por Aníbal aniquilaron a una fuerza militar que contaba con el doble de sus efectivos. Dieron muerte a casi setenta mil enemigos y solo perdieron 6.000 hombres.

Roma estaba al alcance de la mano. Sin embargo, lejos de rendirse, hostigó a las tropas de Aníbal en una guerra de desgaste que duró trece años. Cuando Roma destacó el ejército a África, Cartago, abandonada por sus aliados y derrotada en la península ibérica y Sicilia, se vio obligada a llamar a Aníbal. Al año siguiente, en 202 a.E.C., el general romano Escipión el Africano venció a Aníbal en Zama, al sudoeste de Cartago. A la ciudad púnica, cuya armada se vio forzada a rendirse, se le negó la independencia militar, y se le gravó con una enorme indemnización que debía pagar durante cincuenta años. Más tarde, alrededor de 183 a.E.C., Aníbal se suicidó en el exilio.

“Delenda est Carthago”

La paz devolvió la prosperidad a Cartago a tal grado que a los diez años la ciudad ofreció saldar la deuda. Sus implacables enemigos vieron en esa vitalidad y en las reformas políticas una gravísima amenaza. Todos los discursos que pronunció el envejecido senador romano Catón durante los dos años que precedieron a su muerte concluían con la frase “Delenda est Carthago” (Hay que destruir Cartago).

Por fin, en 150 a.E.C., una supuesta infracción del tratado de paz proporcionó a los romanos la excusa esperada para declarar la guerra a Cartago, un conflicto calificado de “guerra de exterminio”. Durante tres años sitiaron la ciudad con unos 30 kilómetros de fortificación, parte de la cual superaba los 12 metros de altura. Finalmente, en 146 a.E.C., las tropas romanas abrieron una brecha, avanzaron por las calles estrechas bajo una lluvia de proyectiles y entablaron un violento combate cuerpo a cuerpo. Los huesos que han hallado los arqueólogos bajo los bloques de piedra esparcidos constituyen un espantoso testimonio de lo sucedido.

Tras seis horribles días se rindieron los 50.000 ciudadanos hambrientos que se habían refugiado en Birsa, ciudadela fortificada ubicada en una colina. Hubo quienes se encerraron en el templo del dios Ešmun y lo incendiaron para no ser ejecutados o esclavizados. Los romanos prendieron fuego a lo que quedaba de la ciudad, la arrasaron, la declararon ceremonialmente maldita y prohibieron que volviera a ser habitada.

De ese modo, en ciento veinte años, Roma acabó con los sueños imperialistas de Cartago. “La verdadera consecuencia de la segunda guerra púnica iba a ser la forma que cobrara el próximo estado universal helénico: ser un Imperio Cartaginés o un Imperio Romano”, señaló el historiador Arnold Toynbee. “De haber vencido Aníbal —dice la Encyclopædia Universalis—, con toda seguridad habría fundado un imperio universal análogo al de Alejandro.” Resultó que las guerras púnicas marcaron el despegue del imperialismo de Roma, lo que la llevó a la dominación mundial.

El “África romana”

Cartago parecía haber llegado a su destino final. Sin embargo, solo un siglo después, Julio César decidió establecer allí una colonia. En su honor se la llamó Colonia Julia. Los ingenieros romanos movieron unos 100.000 metros cúbicos de tierra hasta nivelar el terreno con la colina de Birsa y formar una enorme plataforma que borrara los vestigios del pasado. En ella se erigieron templos y edificios públicos ornamentados. Con el paso del tiempo, Cartago se convirtió en ‘una de las ciudades más opulentas del mundo romano’, la segunda de Occidente en tamaño, después de Roma. Para satisfacer las demandas de sus 300.000 habitantes, se construyó un teatro, un anfiteatro, unos enormes baños termales, un acueducto de 132 kilómetros y un circo con capacidad para 60.000 espectadores.

A mediados del siglo II de nuestra era, el cristianismo llegó a Cartago y experimentó un rápido crecimiento. Tertuliano, famoso teólogo y apologista, nació allí sobre el año 155. A consecuencia de sus escritos, el latín se convirtió en el idioma oficial de la Iglesia occidental. Cipriano, obispo de Cartago del siglo III, quien concibió una jerarquía clerical de siete grados, murió en la ciudad como mártir en 258. Otro norteafricano, Agustín (354-430), considerado el mayor pensador de la antigüedad cristiana, desempeñó un papel decisivo en la fusión de la doctrina eclesiástica con la filosofía griega. La influencia de la Iglesia norteafricana fue tal que un clérigo afirmó: “Eres tú, oh África, la que adelanta con el mayor ardor la causa de nuestra fe. Lo que tú decides lo aprueba Roma y lo siguen los amos de la Tierra”.

Sin embargo, los días de Cartago estaban contados. Su destino volvió a verse unido al de Roma. A medida que el Imperio romano entraba en decadencia, se iba consumando el declive de Cartago. En 439, los vándalos la capturaron y la saquearon. Un siglo después cayó a manos de los bizantinos, lo que aplazó por poco tiempo su ejecución, pero finalmente la ciudad no consiguió resistir a los árabes que se extendían por el norte de África. En 698 fue tomada, y sus piedras se utilizaron para edificar Túnez. Durante los siguientes siglos, el mármol y el granito que en un tiempo la adornaron fueron saqueados y acabaron formando parte de las catedrales italianas de Génova y Pisa, y quizá hasta de la de Canterbury (Inglaterra). Cartago pasó de ser una de las ciudades más ricas y poderosas de antaño, un imperio que estuvo a punto de dominar el mundo, a verse reducida a un montón de escombros irreconocibles.

[Notas]

El nombre fenicio se deriva del vocablo griego fóinix, que significa tanto “rojo púrpura” como “palmera”. En latín se empleó poenus, que dio lugar al adjetivo púnico, sinónimo de “cartaginés”.

Fue tan estrecha la relación que durante siglos reinó entre cartagineses y etruscos, que Aristóteles afirmó que ambas naciones parecían un solo estado. La revista... - del 8 de noviembre de 1997, págs. 24-27, contiene más información sobre los etruscos.

“Los cartagineses llamaron África al territorio que circundaba Cartago, nombre que designó después a todas las regiones conocidas del continente. Los romanos lo conservaron cuando convirtieron el territorio cartaginés en una provincia romana.”
(Dictionnaire de l’Antiquité—Mythologie, littérature, civilisation.)




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