ESTE ES EL BLOG DEL DR. RODOLFO E. PARBST He creado este blog para que juntos conozcamos un poco más de Historia, por lo cual te invito a participar del mismo.- Toda la historia. La verdadera historia.
domingo, 20 de septiembre de 2015
sábado, 19 de septiembre de 2015
UN VIAJERO, EL CAPITÁN ANDREWS JOSEPH, SE QUEJA EN 1825 DEL COBRO DE PEAJE
UN VIAJERO, EL CAPITÁN ANDREWS JOSEPH, SE QUEJA EN 1825 DEL COBRO DE PEAJE
Ya entrado el período de vida independiente, este apunte de viaje del capitán Andrews señala la perduración del intenso tráfico del Río de la Plata al Perú, del que se obtiene buena parte de los recursos.
Nos encontrábamos ahora en la ciudad de Santiago del Estero, después de haber recorrido ciento quince leguas desde Córdoba. El 2 de julio de 1825 había amanecido ya (. . .) En Santiago del Estero, como en casi todas las ciudades de Sud América que he visitado, no pude conseguir una estadística de su población. A simple vista, creo que no tiene la mitad de la población de Córdoba. El tráfico principal parece ser en la actualidad el de ponchos, "pellones" y tejidos de lana para ropa de hombre y de mujer. Los tejidos para monturas que fabrican son en extremo interesantes y su precio no muy subido. También se fabrican artículos de madera de diversa naturaleza; muchas cosas útiles, como tazas, platos etc., se hacen de madera dura del país, resultando muy durables y baratos.
Parece que las principales rentas del gobierno se obtienen de los derechos de tránsito sobre las mercaderías que pasan para las provincias del Alto Perú, las que suelen a veces confiscarse de la forma más arbitraria para vergüenza de la administración. Existe también un fuerte peaje pagado por atravesar un rústico puente sobre el río; por nuestro carruaje y dos o tres mulas cargadas tuvimos que pagar doce pesos, suma que escasamente valía el puente. Si los recursos llegan a faltar en cualquier momento, se cubren los déficit por medio de una contribución general, siendo esta siempre muy desigual. Este estado anormal de cosas ha llegado a imprimir un sello especial al carácter de la gente y aun el mismo gobernador revela gran indiferencia: sin embargo encontré el mismo sentimiento bondadoso respecto de los extranjeros, que tuve ocasión de apreciar en otras partes (. . .).
Tomé la resolución de dar un paseo por esta olvidada ciudad y sus alrededores. Apenas conserva rastros de su antigua riqueza y consideración: la catedral, aunque bello edificio, encuéntrase en un lamentable estado y casas pueden verse en algunas calles cuyos frentes se hallan adornados con pilares de cedro y caoba ricamente labrados. Todo habla de un rico estado floreciente que fue.
Fuente:
Capitán Andrews, Joseph, Viaje de Buenos Aires a Potosí y Arica en los años 1825 y 1826. Con una introducción de Carlos A. Aldao, (traductor),
La Revolución de Mayo según amplia documentación de la época,
Bs.As., 1920, pág.80-84
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LOS PRIMITIVOS CAMINOS DE LOS ALREDEDORES DE LA PLATA
LOS PRIMITIVOS CAMINOS DE LOS ALREDEDORES DE LA PLATA
Las comunicaciones
terrestres entre Buenos Aires y la zona del actual partido de La Plata seguían
un itinerario parecido al de las rutas de nuestros días. Nacían en el Paso
de Barracas (actual puente Pueyrredón) hasta el cruce del arroyo de las
Conchitas o de los Jesuitas, cercano a la actual estación
ferroviaria del J. M. Gutierrez. De allí el camino se ramificaba en tres
direcciones: a la Ensenada y Magdalena, al Tubichaminí y a Chascomús.
El camino más antiguo parece ser el
que conducía a la reducción guaraní del Tubichaminí (así apodaban al
cacique Quendiopen los propios guaraníes), situado casi en la cañada de Arregui
(partido de Magdalena). En su origen, este camino que se corresponde con la
actual ruta 36, fue probablemente una huella abierta por los guaraníes y
seguida por Garay al distribuir las tierras de la zona; después fue la ruta de
las vaquerías, llegando hasta el Rincón de Todos los Santos (hoy Rincón de
Noario, partido de Magdalena). En el siglo XIX se le daba el nombre de Camino
a las Inundadas. La ruta a Magdalena se desprendía del paso de Conchitas siguiendo una dirección parecida a la del Camino del Centenario. Cruzado el arroyo del Gato se abría el Camino Blanco, como un desvío que conducía a la Ensenada y a la Isla del Guaraní (Dock Central); en tanto que la ruta a Magdalena proseguía su itinerario sobre los frentes de las suertes principales, actual ruta 11. En el siglo XIX recibió el nombre de Camino Real, y cuando Martín de Iraola fundó Tolosa en 1871, lo rectificó para hacerlo pasar frente al casco de su estancia (actual Paseo del Bosque y calle 1)
El camino a Chascomús, sobre la actual ruta 2, parece ser la vía de menor antigüedad y cruzaba por los fondos de las cabezadas de las viejas estancias de la zona de La Plata.
viernes, 18 de septiembre de 2015
CUANDO SE COMIERON A SOLÍS
CUANDO SE COMIERON A SOLÍS
En
los comienzos de la conquista y descubrimiento de los actuales territorios de
la Argentina y Uruguay, los españoles sufrieron una gran pérdida, bastante
sangrienta. La muerte del piloto mayor de España, Juan Díaz de Solís, a mano de
los indígenas.
En
1513 se revela la existencia de un mar situado más allá de las tierras
descubiertas por Colón, llamado luego océano Pacífico. Esto auguraba la posibilidad
de llegar a la India a través de algún paso. En busca de dicho paso partió
desde Sevilla, Juan Díaz de Solís.
El
8 de octubre de 1515 salieron de Sanlúcar de Barrameda tres carabelas
tripuladas por sesenta hombres. Tras una breve escala en la isla de Tenerife,
Solís rumbeó hacia la costa del Brasil con su pequeña armada. Llegaron a la
altura del cabo San Roque. Luego continuó hacia el sur, siguiendo la costa
brasileña. En los primeros días de febrero de 1516, vieron que la costa doblaba
hacia el oeste dando lugar a un inmenso estuario de unas aguas que cambiaban de
un color azul verdoso a un rubio barroso. El Piloto Mayor ordenó probar ese
líquido cuyo sabor resultó suave y azucarado. Como la extensión de aquella
dulzura era enorme, le dieron el nombre de Mar Dulce. Más tarde cambiado por
Río de Solís, y finalmente se impondría el actual y mítico nombre de Río de la
Plata.
La
exploración
Solís
decidió explorar el inmenso estuario. Con una de las carabelas comenzó a
costear la actual orilla uruguaya a lo largo de ciento cincuenta kilómetros, y
llegó a una isla a la cual llamó Martín García, en honor al despensero de la
expedición, que fue enterrado allí.
Ven
sobre la costa “muchas casas de indios y gente, que con mucha atención estaba
mirando pasar el navío y con señas ofrecían lo que tenían poniéndolo en el
suelo; quiso en todo caso ver qué gente era ésta y tomar algún hombre para
traer a Castilla”. Seducido por estas demostraciones de amistad, o quizá
esperando conseguir víveres frescos y hacer algún comercio, Solís se embarca en
un pequeño bote hacia la costa con el contador Alarcón, el factor Marquina y
seis marineros más. Sabían que más al norte, en la costa atlántica, los indios
eran bondadosos y ofrecían a los navegantes, frutas y otros géneros.
Una
vez en tierra, en la margen izquierda del arroyo de las Vacas, se adentraron un
poco alejándose de la orilla. Los nativos estaban emboscados, esperándolos, y
como una avalancha cayeron sobre ellos con boleadoras y macana, y los apalearon
y despedazaron hasta matarlos a todos, con la única excepción del joven grumete
Francisco del Puerto, que se salvó y quedó cautivo con los indígenas.
La
generalidad de los cronistas y otros testimonios de la época añaden que los
indígenas descuartizaron los cadáveres a la vista de los que habían quedado en
la carabela, y comieron los trozos de los españoles. No faltan modernos
historiadores que niegan el hecho, considerándolo falso y como una de las
muchas leyendas infundadas que hay en la conquista de América. Pero J. T.
Medina logró probar, hace ya muchos años, que en efecto los indios mataron y
comieron a los desdichados españoles, utilizando los testimonios de Diego
García, y de muchos más, entre ellos los relatos del sobreviviente Francisco
del Puerto.
No
fueron los charrúas
No
se sabe si los indígenas que dieron muerte a Solís y a sus hombres, fueron
guaraníes de las islas del delta o los charrúas de la costa uruguaya.
La
hipótesis de que los asesinos del descubridor del Plata fueron los charrúas del
Uruguay ha quedado fuera del tintero, ya que no habitaban la zona en la cual
desembarcó Solís. Los charrúas eran indígenas cazadores y recolectores nómadas,
que vivían en las costas del Río de la Plata y del río Uruguay, también
practicaban la pesca para lo cual contaban con grandes canoas.
Quedarían
los guaraníes, pero los detalles de la muerte de Juan Díaz de Solís, de la
manera en que fueron referidos, muestran un canibalismo diferente del
practicado por los guaraníes, ya que están ausentes los elementos simbólicos
que lo caracterizaban, lo mismo que su ceremonial preparatorio y su forma de
ejecución.
Esto
indicaría que los autores habrían sido indígenas guaranizados, que asimilaron
nada más que algunos rasgos culturales sin aprender la significación global de
una institución como el canibalismo de los guaraníes, que se distinguía
precisamente por la forma estudiada en que se cumplían las sucesivas etapas
conducentes a sacrificar y comer a un prisionero de guerra.
Siempre
se aplicaban con el sentido de absorber las virtudes del inmolado, que
generalmente era un guerrero hecho prisionero en combate. Todo ese ceremonial
no tenía comparación con la manera repentina y precipitada en que, según las
fuentes, procedieron los indígenas a matar y devorar en el sitio mismo a los
extraños que acababan de desembarcar. Tampoco hay ningún relato de otro
acontecimiento similar que hubiera ocurrido en alguna parte del Río de la
Plata, por lo que algunos historiadores, como se dijo más arriba, han puesto en
duda la veracidad de las narraciones consideradas clásicas. Pero el hecho de
que dejaran con vida al joven grumete Francisco del Puerto obedece a las
costumbres de sólo comer a los guerreros, dejando fuera a niños y mujeres.
El
pobre grumete, abandonado por sus compatriotas, estuvo conviviendo muchos años
con los indígenas, hasta que fue rescatado en 1527 por la expedición de
Sebastián Caboto. Francisco del Puerto les sirvió como intérprete durante la
expedición, pero un día consideró que no era suficientemente recompensado y
tramó una venganza. Durante una operación comercial con ciertos indígenas, en
el río Pilcomayo, organizó un ataque sorpresivo que infligió muchas bajas en
los españoles. Nunca más se supo nada del grumete Francisco del Puerto.
Regreso
sin Solís
Los
demás integrantes de la expedición de Solís, regresaron a España, menos
dieciocho marineros que quedaron abandonados en la isla de Santa Catalina
(Brasil), a la cual llegaron a nado tras haber naufragado una de las carabelas.
Estos
náufragos iban a tener un papel protagónico en la historia y conquista del Río
de la Plata, ya que fueron ellos los que, rescatados por Caboto, dieron
comienzo a la leyenda del rey Blanco que vivía en una sierra de plata. Como su
nombre lo indica era toda de plata, y estaba en las inmediaciones del inmenso
Río de Solís, también bañado de plata. Esta leyenda es la que originó las
expediciones al Río de la Plata, todas con el objetivo de encontrar grandes
cantidades de plata. Pero la plata de la que tanto se hablaba era la de los
incas, en el Perú, y la del Potosí, en Bolivia. En las costas argentinas y
uruguayas, sólo había de plata el reflejo de la Luna sobre el río.
Para
saber más
Fitte,
Ernesto J. Hambre y desnudeces en la conquista del Río de la Plata. Academia
Nacional de la Historia. Buenos Aires, 1980.
Gandía,
Enrique. “Descubrimiento del Río de la Plata, del Paraguay y del estrecho de
Magallanes”. En: AA. VV. Historia de la Nación Argentina. El Ateneo y Academia
Nacional de la Historia. Buenos Aires, 2° edición, 1955. Tomo II, capitulo III.
Martínez
Sarasola, Carlos. Nuestros paisanos los indios. Emecé. Buenos Aires, 1996.
Medina,
José Toribio. Juan Días de Solís. Estudio histórico. Santiago de Chile, 1908.
Rubio,
Julián María. Exploración y conquista del Río de la Plata : siglos XVI y XVII.
Salvat, 1953.
Villanueva,
Héctor. Vida y pasión del Río de la Plata. Plus Ultra, 1984
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ATENEA DIOSA DE LA SABIDURÍA
ATENEA
DIOSA DE LA SABIDURÍA
Atenea
Diosa de la sabiduría, vino al mundo de una manera extraordinaria. Agobiado
Zeus por unos terribles dolores de cabeza, ordenó a Hermes traer de inmediato a
su presencia a Hefestos, rey del fuego. Cuando este llegó, Zeus le ordeno que
le abriese el cráneo con un golpe de su afilada hacha. Y cuál no seria la
sorpresa de los dioses, cuando vieron brotar de la hendidura de la cabeza
divina, a Atenea ya de veinte años y armada de pies a cabeza. Un casco de oro
relucía en su testa, y su cuerpo estaba cubierto por una espléndida armadura de
guerra. Al salir, dio un grito de alegría y se puso a danzar. Los dioses
anonadados por su belleza, permanecieron cautivados por el baile guerrero que
la nueva diosa acababa de inaugurar.
Desde el instante de su nacimiento, fue la hija favorita de Zeus y reconocida por todos como la diosa de la sabiduría. Como tal inventó la escritura, la pintura y el bordado que a su vez enseño a los hombres. Disfrutaba de la música y apadrinaba a sabios y artistas.
Gozaba de otras atribuciones; así, disponía del rayo y de la vida de los mortales, prolongándoles la vida y deparándoles, después de muertos, venturosas fortunas. Era diestra en el manejo de las armas, portaba siempre la lanza, y cubría su pecho con una coraza hecha de la piel de la cabra Amaltea. Poseía el escudo de las Gorgonas, que resistía al mismo rayo. Su ave favorita era la lechuza y su árbol sagrado, el olivo. Protegió a los héroes Aquiles, Diómedes, Ulises y Agamenón en la guerra de Troya.
Atenea había hecho votos de castidad perpetua, pero no pudo impedir que Hefestos se enamorara de ella. Un día, Hefestos la perseguío y pese a su cojera le dio alcance en la Acrópolis; no obstante a la cerrada defensa que la diosa hizo de su persona, Hefestos la estrechó con desesperada pasión entre sus brazos y le mojo la pierna. Atenea, asqueada se secó con un pedazo de lana que luego arrojó al suelo, y ahí mismo la tierra quedó fecundada y dio a luz a Erictonio, a quien la diosa recogió y considero como a su hijo.
Sostuvo una irreconciliable enemistad con Poseidón, dios de los mares, porque ambos querían imponer su nombre a la ciudad que Cecrope, hijo de Hefestos acababa de construir. Los dioses pusieron fin a esta disputa, disponiendo que la ciudad llevara el nombre de quien creara aquello que fuera más beneficioso a sus habitantes. Poseidón, con un poderoso golpe de su tridente, hizo brotar un caballo del fondo de la tierra; Atenea, en cambio, hizo surgir un árbol de olivo.
Luego de gran razonamiento, los dioses llegaron a la conclusión de que el caballo representaba a la guerra en tanto que el árbol de olivo, a la paz y decidieron que la nueva ciudad se llamaría Atenas.
Atenea, que era una diosa bellísima, miraba con gran recelo la hermosura de las demás mujeres, se esmeraba en ser la más atractiva del Olimpo.
Ella fue una de las deidades femeninas que participaron en la disputa de la manzana de la discordia, evento en el que Paris intervino como juez. Atenea, en su deseo de salir triunfante, se insinuó amorosamente ante Paris; pero fue inútil Paris se inclinó por Afrodita, ganándose el odio de Atenea, quien en represalia por esta decisión de Paris tomo partido a favor de los griegos en la guerra de Troya.
Una victima de sus celos fue Medusa una de las tres gorgonas, nieta de Poseidón. Ella era la criatura más bella; sus cabellos eran dorados, la dulzura de sus ojos y la blancura de su cuerpo eran la admiración de sus numerosos pretendientes. Halagada se creyó ser mas bella que Atenea, quien sintiéndose ofendida decidió acabar con su rival transformándola completamente. Sus rubios cabellos fueron convertidos en un haz de terribles serpientes, cubrió su cuerpo de escamas; sus ojos y dientes fueron reducidos a uno solo, que usaba alternativamente con sus otras dos hermanas, y sus manos dejaron de ser tales y convertidas en dos garras de hierro. Su figura resultó tan horrorosa, que todo aquel que la miraba moría o quedaba petrificado.
Pero no sólo se afligía por los celos frente a su belleza, sino también como patrona de las actividades artesanales, especialmente femeninas, tal como el arte de hilar, tejer y bordar. No soportaba ser igualada por nadie. Una victima de este su iracundo celo fue una eximia y famosa bordadora, que vivía en Colofón, llamada Aracne, cuyo trabajos eran admirados por gente que acudía de diversos lugares. Atenea la retó a que hiciera cada una un bordado para ver cuál resultaba mejor. Aracne hizo un bordado en el que aparecían representadas las aventuras amorosas de Zeus, padre de Atenea; su trabajo era tan maravilloso y perfecto, que casi superaba al de la diosa. Atenea, encolerizada, hizo pedazos la hermosa lavor y golpeó a la hábil Aracne, que ofendía se colgó para ahorcarse.
Movida por la compasión, la diosa Atenea la convirtió en araña cuando estaba a punto de morir. Desde aquel día Aracne conserva su pasión por el hilado y el tejido en la espesura de los boques y en todos los rincones más tranquilos de la tierra.
Al nombre de Atenea, algunos anteponen como un añadido el de Palas. Este hecho se debe a que Atenea fue huésped del dios Triton, por lo que vivía en compañía de su hija llamada Palas. Las dos jóvenes se ejercitaban en las artes guerreras; pero, en uno de esos eventos Atenea, sin desearlo, la hirió mortalmente y aquélla murió irremediablemente. Para enmendar esta desgracia, tomó el nombre de la joven muerta.
POR: Alicia Cáceres Castagnola
Bibliografía: Mitología griega y romana
Swarthy.S
Desde el instante de su nacimiento, fue la hija favorita de Zeus y reconocida por todos como la diosa de la sabiduría. Como tal inventó la escritura, la pintura y el bordado que a su vez enseño a los hombres. Disfrutaba de la música y apadrinaba a sabios y artistas.
Gozaba de otras atribuciones; así, disponía del rayo y de la vida de los mortales, prolongándoles la vida y deparándoles, después de muertos, venturosas fortunas. Era diestra en el manejo de las armas, portaba siempre la lanza, y cubría su pecho con una coraza hecha de la piel de la cabra Amaltea. Poseía el escudo de las Gorgonas, que resistía al mismo rayo. Su ave favorita era la lechuza y su árbol sagrado, el olivo. Protegió a los héroes Aquiles, Diómedes, Ulises y Agamenón en la guerra de Troya.
Atenea había hecho votos de castidad perpetua, pero no pudo impedir que Hefestos se enamorara de ella. Un día, Hefestos la perseguío y pese a su cojera le dio alcance en la Acrópolis; no obstante a la cerrada defensa que la diosa hizo de su persona, Hefestos la estrechó con desesperada pasión entre sus brazos y le mojo la pierna. Atenea, asqueada se secó con un pedazo de lana que luego arrojó al suelo, y ahí mismo la tierra quedó fecundada y dio a luz a Erictonio, a quien la diosa recogió y considero como a su hijo.
Sostuvo una irreconciliable enemistad con Poseidón, dios de los mares, porque ambos querían imponer su nombre a la ciudad que Cecrope, hijo de Hefestos acababa de construir. Los dioses pusieron fin a esta disputa, disponiendo que la ciudad llevara el nombre de quien creara aquello que fuera más beneficioso a sus habitantes. Poseidón, con un poderoso golpe de su tridente, hizo brotar un caballo del fondo de la tierra; Atenea, en cambio, hizo surgir un árbol de olivo.
Luego de gran razonamiento, los dioses llegaron a la conclusión de que el caballo representaba a la guerra en tanto que el árbol de olivo, a la paz y decidieron que la nueva ciudad se llamaría Atenas.
Atenea, que era una diosa bellísima, miraba con gran recelo la hermosura de las demás mujeres, se esmeraba en ser la más atractiva del Olimpo.
Ella fue una de las deidades femeninas que participaron en la disputa de la manzana de la discordia, evento en el que Paris intervino como juez. Atenea, en su deseo de salir triunfante, se insinuó amorosamente ante Paris; pero fue inútil Paris se inclinó por Afrodita, ganándose el odio de Atenea, quien en represalia por esta decisión de Paris tomo partido a favor de los griegos en la guerra de Troya.
Una victima de sus celos fue Medusa una de las tres gorgonas, nieta de Poseidón. Ella era la criatura más bella; sus cabellos eran dorados, la dulzura de sus ojos y la blancura de su cuerpo eran la admiración de sus numerosos pretendientes. Halagada se creyó ser mas bella que Atenea, quien sintiéndose ofendida decidió acabar con su rival transformándola completamente. Sus rubios cabellos fueron convertidos en un haz de terribles serpientes, cubrió su cuerpo de escamas; sus ojos y dientes fueron reducidos a uno solo, que usaba alternativamente con sus otras dos hermanas, y sus manos dejaron de ser tales y convertidas en dos garras de hierro. Su figura resultó tan horrorosa, que todo aquel que la miraba moría o quedaba petrificado.
Pero no sólo se afligía por los celos frente a su belleza, sino también como patrona de las actividades artesanales, especialmente femeninas, tal como el arte de hilar, tejer y bordar. No soportaba ser igualada por nadie. Una victima de este su iracundo celo fue una eximia y famosa bordadora, que vivía en Colofón, llamada Aracne, cuyo trabajos eran admirados por gente que acudía de diversos lugares. Atenea la retó a que hiciera cada una un bordado para ver cuál resultaba mejor. Aracne hizo un bordado en el que aparecían representadas las aventuras amorosas de Zeus, padre de Atenea; su trabajo era tan maravilloso y perfecto, que casi superaba al de la diosa. Atenea, encolerizada, hizo pedazos la hermosa lavor y golpeó a la hábil Aracne, que ofendía se colgó para ahorcarse.
Movida por la compasión, la diosa Atenea la convirtió en araña cuando estaba a punto de morir. Desde aquel día Aracne conserva su pasión por el hilado y el tejido en la espesura de los boques y en todos los rincones más tranquilos de la tierra.
Al nombre de Atenea, algunos anteponen como un añadido el de Palas. Este hecho se debe a que Atenea fue huésped del dios Triton, por lo que vivía en compañía de su hija llamada Palas. Las dos jóvenes se ejercitaban en las artes guerreras; pero, en uno de esos eventos Atenea, sin desearlo, la hirió mortalmente y aquélla murió irremediablemente. Para enmendar esta desgracia, tomó el nombre de la joven muerta.
POR: Alicia Cáceres Castagnola
Bibliografía: Mitología griega y romana
Swarthy.S
jueves, 17 de septiembre de 2015
EL CASO LYSENKO
EL CASO LYSENKO
La
política no suele ser buena consejera en cuanto a la ciencia se refiere, mucho
menos si el integrismo interfiere con la objetividad. El marxismo radical
reinante en la Rusia soviética es un claro ejemplo de esta nefasta asociación.
La ideología marxista, vista a través de los ojos de Stalin claro, propuso
entre otras cuestiones, que la humanidad es moldeable más allá de lo que la
naturaleza imponga y la herencia genética no sería un factor limitante en ese
caso. Aplicando esta idea a la biología, de manera radical, Trofim D. Lysenko y
los políticos que apoyaban sus teorías causaron mucho daño al pueblo ruso.
Lysenko
se dedicaba a la agronomía, desde 1929 a 1965 consiguió toda la atención de los
dirigentes comunistas soviéticos, convencidos de que sería capaz de acabar con
los problemas de alimentación de la población. La demencial asociación
político-biológica trajo grandes catástrofes de hambre y se basó en negar
cualquier evidencia de la ciencia porque no se adaptaba al “ideal marxista”.
Lysenko, el conductor de aquella loca experiencia, planteaba que las plantas,
al igual que el hombre, pueden ser modificadas por el ambiente sin tener en
cuenta sus características genéticas. Su objetivo final era la mejora de las
cosechas, la obtención de superproducciones utilizando sus métodos. El
resultado fue un desastre que duró más de treinta y cinco años. El poder que
alcanzó Lisenko fue tal, que logró eliminar a sus competidores. Cualquier
científico, por muy respetado, objetivo y honrado que fuera, era apartado de su
trabajo si contradecía al “genio” de la agricultura. La acusación en esos casos
siempre fue la misma: traición a los planes soviéticos. Y si entrabas en la
lista negra, lo mejor era intentar escapar, porque el futuro no existía para
quien llegaba al conflicto con Lisenko y sus protectores. Muchos perdieron la
vida en aquella batalla donde la estupidez se imponía a base de libros y
teorías manipuladas al gusto de los ideólogos soviéticos.
Lysenko
nunca se consideró un científico, y en realidad jamás lo fue. Como jardinero y
agrónomo se empeñó en obtener cosechas de invierno en la estación agrícola
caucásica a la que fue asignado. Su formación fue muy limitada y jamás asistió
a la universidad. Humedeciendo y refrigerando semillas durante el invierno
consiguió que, al realizar la siembra en primavera, el ciclo de vida de los
vegetales fuera más corto. En el Cáucaso, con veranos cortos, esas plantas se pueden
cosechar antes del otoño. Lysenko se apasionó con esa técnica, denominada
vernalización. Pero no la inventó, ya era conocida desde hacía muchos años en
medio mundo. En Rusia había sido ensayada anteriormente con un éxito modesto.
Fue criticado por haber pretendido “descubrir” algo ya existente. Pero en vez
de aceptar la evidencia, respondió con rabia. A partir de 1923 atacó de nuevo
afirmando que todas las semillas de trigo responderían adecuadamente al
proceso, aumentando las cosechas. El resultado de las primeras pruebas fueron
cosechas de trigo “vernalizado” muy pobres. En 1929 Lisenko fue encomendado a
varias instituciones agrarias y, de alguna rocambolesca forma, terminó en el
Instituto de Genética de Moscú.
Desde
ese momento se dedicó a hacer publicidad de sus ideas sobre los vegetales, no
en publicaciones científicas, sino en medios populares. En las entrevistas que
se publicaron sobre su trabajo, alabó las técnicas de vernalización, no sólo
para los cereales, sino para todos los vegetales. Cuando los primeros datos
sobre hormonas vegetales fueron publicados, Lysenko afirmó que eran todos
falsos y erróneos, que la única fuente para mejorar la producción eran las
condiciones de luz, humedad, terreno… nada de química, genética o salud
vegetal. En la agricultura de hoy cualquiera que diga semejantes estupideces no
sería tomado más que como el “tonto del pueblo”. Pero en la Rusia Soviética
caló hondo. A finales de los años cuarenta el poder de Lisenko había aumentado
lo suficiente como para influir directamente sobre las decisiones políticas.
Stalin en persona apoyó su trabajo, y nadie en su sano juicio se atrevería a
contradecir al nuevo “Zar”. En esos años Lisenko dinamitó las bases científicas
de la biología soviética. Hizo destituir y, en algunos casos, ejecutar a los
más importantes genetistas rusos. Otros tuvieron “mejor” suerte pues terminaron
desterrados en Siberia. Los genetistas fueron declarados enemigos del mundo
obrero. Lysenko desarrolló su propia teoría genética a la que denominó
Michurinismo, en honor a Michurin, un agricultor muy diestro en injertos de
árboles frutales. Incluso cuando se demostró experimentalmente la relación
entre el ADN y la herencia, los partidarios de Lysenko siguieron con su modelo.
Para ellos, el ADN no era más que una superstición propia de los decadentes
occidentales.
La
venganza de Lysenko contra sus “enemigos” siempre fue implacable. Vavilov,
famoso biólogo ruso, denunció de forma continua la falsedad de los
planteamientos de Lisenko. Como no podía ser de otra manera, fue arrestado,
juzgado y declarado culpable de traición. Entre otros muchos delitos “probados”
fue acusado de ser un radical de derechas, espía británico, saboteador, enemigo
del pueblo soviético y traidor a la patria. Condenado a muerte, más tarde la sentencia
fue conmutada a diez años de prisión. Vavilov murió en 1943, en la cárcel, a
causa se la desnutrición. Como era de esperar no sólo sufrieron penalidades los
científicos honestos que se opusieron a Lysenko. Las primeras cosechas a gran
escala concebidas sin ayuda de la genética, la biología y el sentido común de
los agricultores rusos, fueron un desastre. Al no tratarse las enfermedades de
las plantas, debidas a virus, bacterias y hongos, las variedades de vegetales
comestibles fueron degenerando. Lisenko no creía que esas enfermedades fueran
originadas por infecciones, sino por malas prácticas en la siembra. Al intentar
desarrollar variedades de trigo resistentes a las heladas siberianas, tuvieron
que ser abandonadas miles de hectáreas con tierras cultivadas.
El
largo brazo lisenkiano llegó también a la planificación forestal, donde se
manifestó igualmente nefasta. En cuestión de fertilizantes Lysenko aconsejó
mezclas sin sentido y, dado su nulo conocimiento de química y biología, muchas
de ellas fueron perjudiciales para los suelos y los vegetales. Cada vez que
algún laboratorio agronómico ruso mostraba los pésimos resultados de las
cosechas, los datos eran borrados por los amigos políticos de Lysenko. La
agricultura marxista, racionalizada, lisenkiana, fue impuesta a todos los
agricultores. No había salida, el que se negara a ello sabía a qué se exponía.
Los avances de la agricultura occidental fueron ridiculizados. Cuanto más
crecía la producción en los Estados Unidos y Europa más criticaba Lysenko a los
“locos” capitalistas del ADN y las hormonas. La ganadería sufrió también las
doctrinas de Lisenko, con absurdas teorías sobre el cruzamiento de reses sin
ninguna base. Los políticos, sin embargo, adoraban a Lysenko, más que por sus
resultados, por su retórica anticapitalista. Para ver hasta dónde llegaron las
tonterías de los grupos lisenkianos no hay más que conocer su “teoría de la
evolución”. Bueno, es muy simple… ¡y estúpida! Para Lisenko las especies pueden
transformarse unas en otras, así, sin otra explicación. Cientos de informes
lisenkianos afirmaron ver trigo que se convertía en centeno, abetos en pinos o
cualquier otra tontería que se nos pueda ocurrir.
Cuando
Khrushchev fue depuesto como primer mandatario soviético en 1964, Lisenko fue
destituido como director del Instituto de Genética. A partir de entonces su
influencia decayó en el mundo soviético, pero no tan rápidamente como podría
pensarse. Comenzó entonces a reconstruirse la ciencia en Rusia, al principio
desde los colegios, que habían negado cualquier dato de “ciencia burguesa” a
sus alumnos, substituyendo la ciencia objetiva por pura pseudociencia sin
sentido. Los datos que manejaron los colaboradores de Lisenko se han conocido
con el paso de los años. Todos los informes estaban amañados y lo declarado por
los granjeros se modificó para “cuadrarlo” con las ideas preconcebidas. El
resultado final de la doctrina lisenkiana fue la completa destrucción de la
ciencia biológica soviética y el retraso de su agricultura en más de dos
décadas con respecto a la occidental. Miles de personas sufrieron hambre y
otras penurias por culpa de aquella asociación de la falacia irracional y la
política integrista.
El
caso Lysenko no ha sido, por desgracia, el único episodio trágico en la
historia de las relaciones entre la política radical y la pseudociencia. En
China, durante la mal llamada Revolución Cultural a mediados del siglo XX, los
científicos fueron declarados proscritos. Todas las fuerzas del país se
dedicaron a la producción, tanto agraria como industrial, pero las personas que
podían, gracias a su formación, dirigir eficientemente la economía fueron
apartados y convertidos en simples obreros. La mayoría de los centros de
investigación fueron cerrados y los pocos temas autorizados a investigar se
miraban bajo la lupa de la “pureza política.” La ínfima cantidad de trabajos
científicos publicados en la China maoísta fueron realizados bajo el anonimato
impuesto o ¡firmados por el propio Mao! Naturalmente, el dictador “inspiró”
cualquier actividad en China, todo lo que se produjera no salía oficialmente de
la cabeza de los autores, sino que se consideró una inspiración divina del gran
Mao. Algo parecido sucede en nuestros días con Corea del Norte, régimen cerrado
absolutamente al mundo, donde cada acción del individuo está predeterminada y
los pensamientos de la ciudadanía pertenecen por derecho propio al dictador. El
resultado de la Revolución Cultural China y de regímenes como el norcoreano
siempre es el mismo, el colapso económico, la pobreza y el hambre. En China,
sin nadie que guiara racionalmente la producción de alimentos, millones de
personas murieron de hambre. Sin científicos y técnicos capaces de tratar los
campos contra las plagas, se sufrieron décadas de miseria.
El
pasado siglo ha sido testigo de las atrocidades cometidas por los regímenes
políticos más despiadados e irracionales imaginables. Durante los años treinta,
los “científicos” nazis alemanes, genetistas, antropólogos y médicos, se
empeñaron en crear una base teórica con la que justificar el exterminio de
todas las razas consideradas “inferiores”, sobre la base de la supremacía de la
raza aria propuesta por Karl Haushoffer. Desde los epilépticos a los
alcohólicos, pasando por gitanos o judíos, miles de personas fueron
“científicamente” declaradas subhumanas. Durante muchos años se esterilizó a
personas para impedir que extendieran su “mala semilla.” Comenzada la Segunda
Guerra Mundial los nazis crearon industrias completas de exterminio. Al margen
del conocido holocausto judío hubo muchos otros genocidios. El Instituto de
Neurología del Hospital Charite de Berlín constituyó el núcleo desde el que
varios cientos de burócratas decidieron el destino de miles de personas. Más de
doscientos mil murieron en esas dependencias, la mayoría eran pacientes
psiquiátricos. En toda Alemania se erigieron otros muchos centros como ese
dedicados a la “limpieza científica” fundada en el puro odio y no en alguna
base racional. Con los cuerpos de los asesinados se hicieron toda clase de
experimentos sin que ningún implicado objetara jamás algún reparo de tipo
moral. Muchos de aquellos carniceros continuaron impunemente ejerciendo la
medicina al terminar la guerra.
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LOS LICIOS
LOS
LICIOS
De los pueblos
que se establecieron en Asia Menor, en áreas próximas a los territorios
hititas, durante la Protohistoria, seguramente sean los licios los más
ignorados.
La región de Licia, al sudoeste de Turquía, se hallaba estratégicamente situada en la Antigüedad entre los reinos de Caria, Lidia y Pamphilia; sus 65 ciudades, sin perder de vista el Mediterráneo, se asentaban sobre las estribaciones meridionales de la cadena del Tauro. Aquella legendaria región se conoce actualmente como la península de Teke -entre Fetthiye y Antalya.
Hacia el siglo VIII a C, los licios
empiezan a sonar en la Historia como un pujante pueblo de gentes marineras,
organizado en una confederación de ciudades-estado llamada Liga Licia. Los
licios conservaron su independencia durante las sucesivas hegemonías de Frigia
y de Lidia, a la vez que mantenían intercambios comerciales y culturales con
los griegos, pero cayeron bajo el poder de los persas, tras oponer una heroica
resistencia a las fuerzas armadas de Harpagón, general del ejército de Ciro.
Bajo la Persia aqueménida, y más tarde bajo los seléucidas y los romanos, Licia
disfrutó de una cierta autonomía y pudo conservar su antiguo sistema confederal
hasta tiempos de Augusto. Luego fue anexionada a Panfilia, y a partir del siglo
IV d C vuelve a ser una provincia separada. La región de Licia, al sudoeste de Turquía, se hallaba estratégicamente situada en la Antigüedad entre los reinos de Caria, Lidia y Pamphilia; sus 65 ciudades, sin perder de vista el Mediterráneo, se asentaban sobre las estribaciones meridionales de la cadena del Tauro. Aquella legendaria región se conoce actualmente como la península de Teke -entre Fetthiye y Antalya.
Homero fue el primer cronistas de esta civilización; en la Ilíada la cita como "fértil tierra de Licia”. Persas, griegos y romanos sintieron una especial atracción por esta cultura. El mismo Alejandro Magno, después de conquistar Xanthos, la capital de Licia, en su avance hacia Oriente, quedó fascinado ante los hermosos parajes de esta región, que siguen sorprendiendo al viajero, sobre todo la mitológica bahía de Kekova, al fondo de las murallas de Ximena. Los diferentes principados licios desarrollaron del siglo VI al IV a. C. un arte real influido por el oriente asirio y persa. Telmessos (Fethiye, Licia) Tumba.
Las tumbas constituyen lo más destacado del arte licio; como resultado de los temblores sísmicos que han sacudido la zona a lo largo de los tiempos, algunas yacen al revés, como si fueran quillas de barcos, semisumergidas en las azuladas aguas.
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