viernes, 31 de julio de 2015

¿FUIMOS LA QUINTA POTENCIA?

¿FUIMOS LA QUINTA POTENCIA?


Transcribimos un artículo de Justo Piernes sobre esta falacia histórica sobre nuestro país.

Lo dicen y no se ponen colorados.
Sostienen que la Argentina fue la quinta potencia mundial, en un tiempo en que la economía de Japón no estaba en el mapa y la hoy agrandada Europa despedía a sus hijos convertidos en inmigrantes, porque no tenía que darles de comer.
El riesgo de esta afirmación, consiste en que los argentinos jóvenes se crean el cuento de la quinta potencia y el desaliento se instale para siempre en sus espíritus, ante la evidencia que hoy estamos pateando por la posición número 60 del ranking mundial.
Es seguro que si los argentinos de hoy accedieran a desconectar el teléfono, a rifar el televisor, vender el auto, rematar el departamento, y sacar a sus hijos de la escuela, la crisis de hoy no existiría. El salario alcanzaría.
Nadie lo hará porque estaría rifando el sacrificio de varias generaciones. Sería retornar a la edad de piedra. En una palabra, sería retornar a aquella Argentina, cuando el país era la quinta potencia mundial, aunque suena a contrasentido.
Por supuesto, que en la estadística Argentina fue la quinta potencia. Pero también es cierto que aquella estadística, no traducía el hecho de que el 80 por ciento de los habitantes de las grandes ciudades vivían hacinados y en condiciones infrahumanas en los conventillos. Y mucho menos tomaba en cuenta que los trabajadores del campo eran ocupados como mano de obra esclava.
En síntesis: Es real que la Argentina fue la quinta potencia. Pero también lo es, que el 80 por ciento de sus habitantes, ni nos dimos cuenta que vivíamos en esa quinta potencia. Evidente que el dinero producido en aquella quinta potencia se quedó en el bolso de unos pocos.
En los apuntes de esta libreta surge el relato de la vida de uno de esos conventillos de Buenos Aires.
El dueño de la libreta, nació y vivió 25 años en ese conventillo de San Telmo. Es una historia escrita desde adentro y no en una oficina encargada de confeccionar estadísticas. Surge la imagen de los hombres saliendo al amanecer sin saber aún si podrían trabajar ese día. Y no trabajar un día era no comer ese día. Así de simple, sin estadísticas de por medio.
No existían las mínimas condiciones. Las mujeres no contaban para comprar algodón y atender sus períodos mensuales. El problema era resuelto con un trapito, lavado religiosamente todos los meses, con una duración estimada de un año.
En los “tendederos reservados” –que eran las piezas o las cocinitas del segundo patio- colgaban directamente los preservativos usados. Se secaban, se espolvoreaban con talco y, luego de enrollarse, quedaban listos para continuar su vida útil.
No sólo la yerba se secaba al sol, como escribió Discépolo.
Hubo ejemplos impresionantes que ayudaron al dueño de la libreta a soportar todos los males posteriores que, al lado de aquella, fueron cuento de Blanca Nieves y los Siete Enanitos.
¡Doña Lucía, un fenómeno! Se quedó viuda con un pibe. Se puso a planchar. Lo hacía desde las 7 de la mañana hasta la medianoche. Y cantaba alegre el “sole mío” de su Italia. Era de hierro, porque su marido había muerto para él y para los suyos. El trabajador que moría, se moría de verdad. Moría para toda la vida. La propia y la de los que quedaban colgados del alambre de la falta de previsión.
¿Y doña Lola? Salía todas las noches. Trabajaba de enfermera. Pero no. Cuando comenzamos a volar con los primeros pantalones largos la descubrimos en un prostíbulo de mala muerte en Independencia y Balcarce, en el bajo Buenos Aires.
-“Por favor muchachos, no se lo cuenten a nadie…”
No, doña Lola. Nunca se lo contamos a nadie. Aquellos pibes de la quinta potencia nacíamos adultos, con un sentido especial para entender que todas las armas eran buenas para pelearle a la miseria.
El asturiano del comedor, otro fenómeno. Era carnicero. Y los carniceros de la quinta potencia, habían logrado la conquista de tener franco los domingos al mediodía. Además del franco de los domingos por la tarde, el carnicero tenía una úlcera en la pierna.
Sus gemidos sordos, cuando se levantaba a las cuatro de la mañana y marchaba hacia la carnicería, eran escuchados por todo el conventillo.
Fue un milagro de supervivencia. Así gimiendo y tomándose de las paredes, vivió cinco años sin faltar un día a la carnicería.
Dijeron los médicos que murió de leucemia. No, no fue de leucemia. Don Nicanor murió de injusticia, en pleno esplendor de la quinta potencia mundial.
¿Para qué seguir con don Nicanor? ¿Para qué recordar la tristeza de su velorio que era más triste en aquella pieza de conventillo? Don Nicanor fue un ejemplo.
Don Nicanor era mi viejo.
JUSTO PIERNES
Libreta de apuntes.
“La Razón” - marzo de 1989

 Justo Piernes. Nacido en 1917, periodista desde los veinte años. Ha integrado la redacción de Tiempo Argentino y anteriormente se desempeñó como cronista deportivo en Crítica y en la revista Leoplán y como jefe de deportes del diario Clarín.

La imagen es de Justo Piernes mostrando un cuadro que pintó Perón

1 comentario:

  1. Fuimos la quinta producción mundial de cereales. Eso pondría orgulloso a Martinez de Hoz. Pero se importabann hasta las lapiceras. Lo volvimos a vivir aqui durante la dictadura y el menemismop. En los supermercados, fideios italianos, latas de arvejas de Belgica, etc etc-. Que orgullosos se sentian esos hijos de puta

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