jueves, 3 de septiembre de 2015

LA ÉPOCA PREVIA A LA REVOLUCION DE MAYO RELATADA POR UN PARTÍCIPE

LA ÉPOCA PREVIA A LA REVOLUCION DE MAYO RELATADA POR UN PARTÍCIPE

Les brindo el relato de Tomás Guido sobre la época previa a la Revolución de Mayo. Es interesante porque fue partícipe, amigo y uno de los ideólogos de San Martín, y reconocido estratega revolucionario


LINEA DIVISORIA ENTRE CRIOLLOS Y PENINSULARES

La preponderancia que adquirió el regimiento de Patricios de Buenos Aires, el 1° de enero de 1809, sobre los tercios españoles, bajo la dirección de don Martín de Álzaga, decididos a deponer al pueblo de Buenos Aires la existencia de un poder que hasta entonces no había tenido ocasión de ensayar, y la autoridad del virrey vino a quedar bajo la única salvaguarda de los batallones nacionales.
Resuelto así el tema que pendiera de este hecho, empezaron a trabajar más desahogadamente, aunque en reuniones secretas, los pocos ciudadanos preocupados de la idea grandiosa de la emancipación de su patria. La casa del señor Vieytes en la calle Venezuela, y la de don Nicolás Rodríguez Peña, en la calle piedad tras de la iglesia de San Miguel, servían frecuentemente de punto de reunión de los iniciados en el pensamiento de formar un gobierno independiente de la antigua metrópoli. Se inventaban excursiones al campo y partidas de caza para disfrazar el verdadero intento de este figurado pasatiempo.
Los concurrentes a esos memorables paseos, apenas se encontraban reunidos, sea bajo de los árboles ó al abrigo de una choza campestre, se ocupaban exclusivamente de combinar los medios de llevar a buen término la obra de sus sueños y de sus esperanzas.
"El pueblo, decían ellos, no está preparado para un cambio violento en la administración. La masa de los proletariados que constituye la fuerza de la provincia, consagra una especie de culto al general Liniers, en quien no ven el odioso instrumento del absolutismo peninsular, sino al libertador de Buenos Aires, al triunfador de la última invasión extranjera; atacar esta autoridad, sería concitar contra nosotros una fuerza invencible".
No carecían tampoco del sentimiento de la gratitud, los hombres generosos dedicados a la libertad de su patria. En sus combinaciones íntimas, en sus expansiones recíprocas, no asomó jamás, ni el rencor, ni la ambición, ni la venganza. Una sola pasión les dominaba: la de la independencia de su país; y a ella sacrificaban sin reserva su vida y su fortuna.
Pero ¿cómo procurarse prosélitos para derribar el poder español, sin aventurar el sigilo, y arriesgar sin fruto la propia existencia de los confabulados, una vez que llegase a descubrirse por la autoridad el designio secreto de sus trabajos? ¿Cómo iniciar en el misterio al corones don Cornelio Saavedra, jefe del regimiento de Patricios, sin cuyo concurso fuera inútil y temeraria toda tentativa cuando tenía de su parte el favor de Liniers y cuando blasonaba de su lealtad probada, sosteniéndole contra las intrigas de los españoles?
La desacordada política de la corte de España se encargó de sacar a los patriotas de este amargo conflicto. El general Liniers, de origen francés, denunciado subrepticiamente a la corte por el cabildo de Buenos Aires, como conivente con el emperador de los franceses, y acusado de haberse entendido con su comisario imperial, para traicionar la causa del rey, fue depuesto súbitamente y sustituido del mando del virreynato por el general de marina don Baltazar Hidalgo de Cisneros. Esta medida inconsiderada del gobierno de España vino a satisfacer de cierto modo a los magnates españoles, derrotados en la asonada del 1º de enero, pero descontentó al mismo tiempo a los Patricios, lastimó su lealtad, y desairó a los que fieles a sus deberes militares, habían sostenido al virrey, atacados por aquellos mismos a quienes más importaba la conservación de la autoridad peninsular.
Por otra parte la vida entera del general Liniers, sus eminentes servicios a la corona de España, su índole caballeresca y noble, protestaban contra la calumnia de que era víctima, y despertaba en los hijos del país, aversiones y desprecio a los instigadores y sostenedores de una intriga. El mismo gobierno español tan débil para contemporizar en América, con las preocupaciones bastardas de los enemigos de su fiel servidor, hubo de limitarse empero, á exonerar al virrey sin destituirlo de su rango en la marina de guerra.
Demarcóse, pues, fácilmente la línea divisora entre los naturales y los españoles, siquiera no fuese para la generalidad sino el resultado de rivalidades locales, no habiendo aun cundido entre el pueblo las ideas que agitaban a los promovedores de la revolución de Mayo. De un lado está el número y la confianza en las propias fuerzas: del otro lado los peninsulares enardecidos contra el agresor de la España, y engreídos de la aquiescencia de la metrópoli a un cambio personal en la administración del virreynato.


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