jueves, 20 de agosto de 2015

MATANZA DE PERROS CIMARRONES EN EL BUENOS AIRES COLONIAL



A principios del año 1747 el entonces gobernador en Buenos Aires impuso a los vecinos una matanza general de perros, autorizándolos a mantener solamente uno por casa. 
Es de imaginar cuál sería la situación que provocaban los canes para semejante disposición cuando, en las viviendas -por lo general- había una gran cantidad de ellos. 
Si se estima que el sacrificio para el área céntrica era así dispuesto, es de imaginar los problemas que los perros provocaban en los alrededores bonaerense donde había varios cientos de los llamados cimarrones, que a mordiscos mataban y diezmaban las vacas, corderos, cabras y demás animales. 
La terminante orden, repetida en 1755, en donde se estatuía matar dos veces al año a los perros cimarrones –los que cada vez proliferaban más- era debido a que, se decía, “los perjuicios que ocasionan en el ganado”. 
Se sumaba el hecho de que algunos vecinos habían sido mordidos, obteniendo heridas de consideración, infecciones y gangrenas, luego de haber sido perseguidos por los perros en las pocas prolijas calles porteñas. Igualmente, se conoce -como después se describe- los inconvenientes que producían los deshechos tirados por doquier, convertidos en el alimento diario de los canes hambrientos. La basura acumulada de manera cotidiana daba lugar a la reunión de perros, gatos y demás ratas y ratones. 
No obstante la sanción, es de imaginar que la respuesta a los bandos pregonados se cumpliría limitadamente, debido a que el afecto y la compañía perruna era normal y no todos se animaban a desprenderse de su compañía.

En 1762, 1766, 1770 y 1771, se repetiría lo expresado. En el primero de los años, el gobernador Pedro de Cevallos ordenaba una matanza de perros cada cuatro meses. En noviembre de 1766, el posterior gobernador Francisco de Bucarelli y Ursúa, los prohibiría inclusive en las zonas cercanas al centro. Las matanzas de animales fueron, asimismo, la de la potrada cimarrona. En 1789 el descendiente de vascos Estanislao Zamudio sostenía su sacrificio, porque consideraba que producían variados males. 
Era conocido que los indios los utilizaban para introducirse en la ciudad, sirviéndoles de “municiones de boca”, además de que destruían las sementeras. 
Sin embargo, no todos estaban de acuerdo con esta conveniencia. 
Los Acuerdos del Cabildo demuestran que el vasco Martín de Alzaga en 1790 y el descendiente de navarro Marcos José de Riglos, pensaban de otra manera. Para éstos, era provechoso que se propusiera la prohibición de matar potros y yeguas bagualas, “porque a espaldas de éstas se matarían las mansas, y otras ariscas orejanas que provenían de ellas se crían dentro de las mismas estancias y son necesarias para la renovación y aumento de las mismas crías”. 
De ello se desprende, por otro lado, la abundancia de ganado de todo tipo que pastaba salvaje en las inmediaciones de Buenos Aires.

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