martes, 18 de agosto de 2015

LAS HETAIRAS

LAS HETAIRAS

Que la mujer se ocupe y ejerza hoy destacadas posiciones políticas es cosa normal y corriente. Sin embargo, no siempre ha sido así. Al contrario, durante muchos siglos de la historia las personas del sexo femenino estuvieron replegadas no sólo a un segundo plano, sino más acertadamente excluidas de todo aquello que tuviera que ver con el Estado y sus decisiones. Esta materia le estuvo por muchísimo tiempo reservada a los hombres.
Pero, ¿cuándo la opinión política de la mujer comenzó a ser tomada en consideración? ¿En qué momento social los hombres que tenían en sus manos los resortes del Gobierno empezaron a escuchar lo que las mujeres opinaban? ¿A qué mecanismo o armas apelaron las mujeres para ser oídas?
Pensamos que la participación política de la mujer, y más específicamente en la vida democrática de los pueblos, pudiera encontrarse en las que los griegos, creadores de la democracia como forma de gobierno, denominaron “las hetairas”.

La mujer en Grecia
La mujer ateniense vivía en una reclusión casi oriental, considerada con indiferencia y hasta con menosprecio. La prueba la tenemos, en parte, en el testimonio directo de la literatura; en parte, en la condición legal inferior de la mujer. La literatura nos muestra una sociedad totalmente masculina: la vida doméstica no desempeña ningún papel. La comedia antigua presenta casi únicamente hombres.
En cuanto a lo legal, las mujeres carecían de derechos; es decir, que no podían llegar a la Asamblea y mucho menos desempeñar cargos. No podían tener propiedades ni manejar asuntos legales; toda mujer, desde su nacimiento hasta su muerte, debía estar bajo la potestad del padre o la tutela de su pariente masculino más próximo, o de su marido, y sólo por medio de ellos tenía protección legal.
La disposición legal más extraña para nuestras ideas actuales, atañe a la hija que era única heredera de un padre muerto sin haber dejado testamento: el pariente varón más cercano estaba autorizado a pedirla en matrimonio y, si ya estaba casado, podía divorciarse de su mujer para casarse con la heredera (debemos aclarar que la ley ática reconocía el matrimonio entre tíos y sobrinas, e incluso entre hermanastro y hermanastra. O si no, el pariente varón más cercano se convertía en guardián de la heredera, y debía casarla con una dote conveniente.
En los diálogos de Platón los interlocutores son siempre hombres; el Banquete, tanto el de Platón como el de Jenofonte, muestra claramente que cuando un caballero tenía invitados, las únicas mujeres presentes eran aquellas cuya reputación no tenía nada que perder, es decir, las profesionales; así, en el proceso contra Neera, el hecho comprobado de que una de las mujeres comía y bebía con los invitados de su marido se emplea como prueba de que ella era una prostituta.
La casa ateniense estaba dividida en “cuartos de los hombres” y “cuartos de las mujeres” o Gineceo provistos de cerrojos y barrotes. Las mujeres no salían si no era bajo vigilancia, a no ser que asistiesen a uno de los festivales a ellas destinados.
Era difícil para una mujer casada “escapar de su hogar”. Era el hombre el que iba a comprar las cosas, que entregaba al esclavo para que las llevara a casa. La mujer era la administradora doméstica y no mucho más.
La literatura nos deja ver que los hombres intencionalmente preferían que sus esposas fueran ignorantes, a fin de poder así enseñarles lo que ellos deseaban que supiesen. La educación de la muchacha no existía. El ateniense, para tener una compañía femenina inteligente, acudía a la educada clase de mujeres extranjeras, a menudo jónicas, que eran conocidas como “compañeras”, hetairas, que ocupaban una posición intermedia entre la dama ateniense y la prostituta.

Las hetairas
Aparte de las legendarias -Helena, Penélope, etc.-, las únicas mujeres que ganaron un puesto en la verdadera y propia historia griega son las hetairas, que fueron algo entre las geishas japonesas y las cocottes parisienses.
Dejemos a la más célebre, Aspasia, quien, como amante de Pericles, tornóse, sin más, en la “primera dama” de Atenas, y con su salón intelectual dictó leyes en ella. Pero también el nombre de otras muchas nos han sido transmitido por poetas, cronistas y filósofos, que con ellas tuvieron gran intimidad y que, lejos de avergonzarse, se envanecían de ello. Friné inspiró a Praxíteles, ya que la amaba desesperadamente. Ha quedado famosa, además de por su belleza, también por la habilidad con que la administraba. No se mostraba más que cubierta con velos. Y tan sólo dos veces al año, durante las fiestas de Eleusis y las de Poseidón, iba a bañarse en el mar completamente desnuda, y toda Atenas se citaba en la playa para verla. Era un hallazgo publicitario formidable que le permitió mantener muy elevada su tarifa. Tan elevada, que un cliente, después de haber pagado, la denunció. Debió de ser un proceso sensacional, seguido ansiosamente por toda la población. Friné fue defendida por Hipérides, un famoso defensor de la época, que frecuentaba su trato, y que no recurrió mucho a la elocuencia. Se limitó a arrancarle de encima la túnica para mostrar a los jurados el seno que estaba debajo. Los jurados miraron (miraron largo rato, suponemos), y la absolvieron.
El crepúsculo de la buena administración era vivo también en Metiké, la famosa Clepsidra, que fue llamada así porque se concedía por horas contadas en su reloj de agua y, terminando el tiempo no admitía prolongaciones. Igual de administradora era Gantena, que invirtió todos sus ahorros en su hija y, tras haberla convertido en la más renombrada maestra de la época, la alquilaba en medio millón por noche.
Más con todo esto no se crea que las hetairas fuesen tan sólo animales de placer, interesadas exclusivamente en amontonar dinero. O, por lo menos, el placer no lo procuraban solamente con sus formas aventajadas. Eran las únicas mujeres cultas de Atenas. Las hetairas, bellas, inteligentes y cultivadas eran muy consideradas entre los griegos. Sabían leer y escribir, y dependían no sólo de sus cualidades físicas como de su inteligencia, su talento y su modo de comportarse. Las hetairas sometían a los hombres por todo aquello que los maridos prohibían a sus esposas. Cultivaban la compañía masculina y alegraban los banquetes en los que las legales compañeras de los maridos estaban excluidas. Por esto, aun cuando se les negaban los derechos civiles y se las excluía de los templos, excepto el de su patrona Afrodita, los más importantes personajes de la política y de la cultura las frecuentaban abiertamente y con frecuencia las transportaban rodeadas de palmas.

Hetairas, ricos y famosos
Platón, cuando estaba cansado de filosofía, iba a reposar en casa de Arqueanasa; y Epicuro reconocía deber buena parte de sus teorías sobre el placer a Danae y a Leoncia, que le habían proporcionado las más elocuentes aplicaciones del mismo. Sófocles mantuvo prolongadas relaciones con Teórida, y, una vez cumplidos los ochenta años, inició otras con Arquipas.
Cuando el gran Mirón, encorvado por la vejez, vio llegar a su estudio, como modelo, a Laida, perdió la cabeza y le ofreció todo lo que poseía con tal de que se quedase aquella noche. Y dado que ella rehusó, al día siguiente el pobre hombre se cortó la barba, se tiñó el pelo, púsose un juvenil quitón color de púrpura y se pasó una capa de carmín sobre el rostro. “Amigo mío -le dijo Laida-, no pienses obtener hoy lo que ayer rehusé a tu padre”. Era una mujer altamente extraordinaria, y no solamente por su belleza, que muchas ciudades se disputaban el honor de haber sido su cuna (mas, al parecer, era de Corinto). Rechazó las ofertas del feo y riquísimo Demóstenes al pedirle cinco millones, pero se entregaba gratis al desdinerado Arístipo sencillamente porque le gustaba su filosofía. Murió pobre, después de haber gastado todo su peculio en el embellecimiento de las iglesias donde no podía entrar y para ayudar a los amigos caídos en la miseria. Atenas la recompensó con unos espectaculares funerales como jamás los tuvo el más grande hombre de Estado o el general más afortunado. Por lo demás, también Friné había tenido la misma pasión de la beneficencia, y entre otras cosas había ofrecido a Tebas, su ciudad natal, reconstruir las murallas si le permitían inscribir su nombre. Tebas contestó que estaba de por medio la dignidad. Y con la dignidad se quedó, pero sin murallas.
Las hetairas no deben confundirse con las pornaes, que eran las meretrices comunes. Estas vivían en burdeles esparcidos un poco por toda la ciudad, pero concentradas sobre todo en El Pireo, el barrio portuario, porque los marineros han sido en todos los tiempos los mejores clientes de esos lugares de mala nota. Eran casi todas orientales, jóvenes y de carnes perezosas y soñolientas, que sufrían su degradación sin rebelarse, dejándose explotar por sus empresarias, viejas mujerucas que administraban aquellas casas. Sólo las que lograban aprender un poco de modales y a tocar la flauta mejoraban su situación convirtiéndose en aléutridas. Parece ser que la misma Aspasia venía de esta carrera, pero su caso ha quedado como único.



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