viernes, 24 de abril de 2015

LOS GAUCHOS, FORJADORES DE LA PRIMERA INDEPENDENCIA

LOS GAUCHOS, FORJADORES DE LA PRIMERA INDEPENDENCIA


El gaucho desde un principio tuvo el más alto concepto de patria y de libertad. En las Invasiones Inglesas luchó y humilló al orgullo anglosajón. En la Guerra de la Independencia fue implacable contra el español imperial al que llamó “godo” y “matucho” o “maturrango” (flojo, mal jinete). Gauchos fueron los Granaderos a Caballo, los Infernales de Güemes, los que contra los portugueses rompieron los cuadros de Ituzaingó. Luego combatió como insurgente, como “capiango” de las “montoneras” del riojano Juan Facundo Quiroga (1793-1835), del mendocino José Félix Aldao (1785-1845), del santafesino Estanislao López (1786-1838), del santiagueño Juan Felipe Ibarra (1787-1851), del cordobés Juan Bautista Bustos (1799-1830), del tucumano Alejandro Heredia (1783-1838), del bonaerense Manuel Dorrego (1787-1828), del entrerriano Ricardo López Jordán (1822-1889), del riojano Angel Vicente “El Chacho” Peñaloza (1798-1863), del catamarqueño Felipe Varela (1821-1870) que sintetizó en su grito el objetivo de la lucha contra los “dotores” de Buenos Aires: ¡Viva la Unión Americana! ¡Abajo los negreros traidores a la patria! (22) Tampoco debemos olvidar a los hermanos gauchos de la Banda Oriental que siguieron a los caudillos José Gervasio Artigas (1764-1850), Manuel Oribe (1796-1857), Timoteo Aparicio (1814-1882) y Aparicio Saravia (1855-1904). Ni a los hermanos “huasos” de Chile que integraron los húsares del guerrillero mártir Manuel Rodríguez (1786-1818).
En el combate de San Lorenzo (3 de febrero de 1813), un realista intentó atravesar a San Martín con su bayoneta, pero fue derribado oportunamente por un gaucho, Baigorria, oriundo de San Luis. Y otro gaucho, el correntino Juan Bautista Cabral, salvo la vida del numen, pero esta vez, a cambio de la suya. La historia inmortalizó el nombre del Sargento Cabral. El gaucho murió ignorado en la acción. El Libertador San Martín empleó el término “gaucho” en dos comunicados para referirse a valientes fuerzas patriotas. La élite porteña, sin embargo, lo suplantó por la expresión “patriotas campesinos” cuando los mensajes se publicaron en la Gaceta ministerial oficial (Cfr. Pérez Amuchástegui, A. J., Mentalidades Argentinas, Eudeba, Bs. As. 1970; Rojas, Ricardo, El Santo de la Espada, Losada, Bs. As. 1950, pág. 165).
Recordemos que durante las operaciones militares en torno a la plaza fuerte de Orán, en Argelia (junio de 1791), integrando el segundo batallón del Regimiento de Murcia, contando con apenas trece años hizo su bautismo de fuego el cadete granadero José de San Martín y Matorras (1778-1850), el futuro Li­bertador de indios, gauchos y negros de la América del Sur. El grandioso espectáculo de la valiente y enconada resistencia de los musulmanes, luchando por su independencia contra los invasores hispánicos, lo impresionó vivamente y, sin duda, orientó sus pensamientos e hizo nacer la llama de la rebeldía y los anhelos de emancipación para su pueblo lejano, que marcarían definitivamente su destino (ver Juan M. Zapatero, San Martín en Orán, Círculo Militar, Bs. As., 1980).
La nueva Argentina blanca, europea y burguesa, surgida del triunfo unitario de Caseros, lejos de reconocer la decisiva aportación del gaucho en la lucha por la independencia, lo condenó sin apelación, y Sarmiento, como hemos visto, y muchos otros, proclamaron su ostensible intención de hacer cuanto estuviera a su alcance “para borrarlo de la faz de la tierra”. La figura emblemática del gaucho montonero o rebelde, alzado contra una sociedad injusta en la que no tenía cabida, surge hacia 1872 cuando a través de la Biblia Gaucha, el Martín Fierro, el poeta José Hernández (1834-1886) intentó hacer justicia, describiendo con trazos magistrales y sombríos la magnitud de su tragedia, ya había desaparecido. Su sucesor, el peón, el nuevo proletario agrario, era apenas su triste reflejo, un juguete indefenso en manos del patrón y del sistema. Del mismo modo, su bandera esplendorosa azul y blanca había sido reemplazada por la celeste y blanca, que nada tenía que ver con la insignia que el general Manuel Belgrano (1 770-1820) enarboló por primera vez el 27 de febrero de 1812, a orillas del Paraná.
Madaline Wallis Nichols, la prestigiosa escritora norteamericana lo ha dicho muy bien: El gaucho real ha desaparecido hace tiempo, pero el gaucho sublimado y los ideales que él encarna viven aún. Está bien vivo en la moderna literatura del Plata, en la música, en el arte (M.W. Nichols: El Gaucho, Ed. Peuser, Bs.As. 1953).
Gaucho es hoy sinónimo de generoso, servicial, hospitalario, noble. En nuestra habla corriente no pedimos ahora un favor desinteresado, sino una gauchada, término intraducible a otro idioma y de significado enaltecedor.
A pesar de todo, nos queda un gran interrogante. Es el que nos plantea ese arabista argentino llamado Ciro Torres Lopez:
Tal fue la historia del gaucho, exactamente idéntica a la del beduino. Tuvo todos sus valores en la hora prima, cuando el padre español que le traía, se unió con la madre india y lo creó. Cumplió su visión heroica hasta concluidas las guerras de la Independencia, en las cuales brilló incomparable como patriota, como libertador y civilizador... Entonces afluyeron de toda la rosa de los vientos las hordas rubias del mundo, y desde as costas oceánicas, esa pleamar incontenible de sangres extrañas, avanzó y aplastó lo que había del gaucho, de la tierra y de la estirpe; lo excedió, lo tapó, lo deformó, rellenó y niveló. Encima quedó la avalancha de la horda y su resaca; abajo el gaucho, la estirpe, la fricción centenaria del hombre con el suelo, que es decir la metamorfosis misma de la Nacionalidad; y más abajo, la tierra y la raíz del connubio de su esencia geohumana, que es el genio diferenciado y profundo de un pueblo... Para enfrentarnos ase semejantes problemas, para movilizar los ancestros más vigorosos y las poderosas fuerzas morales más constructivas de nuestro ser como pueblo, es que me he lanzado a las lejanías de la historia y del mundo para traer el espejo mágico de nuestro abuelo árabe en nuestra fisonomía integral y columbrar lo que hemos sido, lo que somos y lo que podemos ser. Tamaño esfuerzo, mensaje tan alto, ¿será comprendido por las generaciones del presente y del mañana?; ¿encenderá sus corazones, movilizará sus almas, agilizará sus manos, agrandará sus pechos, iluminará sus ojos y les impulsará a la realización de un gran destino, a tono con nuestro padre español y con nuestro abuelo árabe, que enseñorearon el mundo para adelantarlo, enriquecerlo, dignificarlo, culturizarlo, universalizarlo y embellecerlo? ¿O esas generaciones están de tal manera dormidas y yertas, inmersas en un imundo tan pueril, con las almas de tal modo entregadas a la irresponsabilidad y a la molicie, que ya no tienen oídos para escuchar ni a la historia, ni a la sangre, ni a la tierra de los padres, que es la Patria? (C. Torres López, El Abuelo Arabe, Ed. del autor, Cap. VIII: El Gaucho y el Beduino en identidad trascendente, págs. 307-312, Rosario, W55).
Nos advertía el Líder de los Trabajadores Argentinos:
Pienso yo que el año 2000 nos va a sorprender o unidos o dominados; pienso también que es de gente inteligente no esperar que el año 2000 llegue a noso­tros, sino hacer un poquito de esfuerzo para llegar un poco antes del año 2000, y llegar un poco en mejores condiciones que aquella que nos podrá deparar el destino mientras nosotros seamos yunque que aguantamos los golpes y no seamos alguna vez martillo; que también demos algún golpe por nuestra cuenta (Juan Perón, La Hora de los Pueblos, Colección Línea Nacional, Bs.As., 1982, pág. 87).
Esa Segunda Independencia sólo sucederá si Dios quiere, pues “ciertamente Dios no cambia la situación de un pueblo, si antes ese pueblo no se cambia a sí mismo” (El Sagrado Corán: Surah 13 “El Trueno”, Aleya 11).
 
Y dejo rodar la bola
que algún día se ha de parar;
tiene el gaucho que aguantar
hasta que lo trague el hoyo,
o hasta que venga algún criollo
En esta tierra a mandar.  
Más naides se crea ofendido
pues a ninguno incomodo;
y si canto de este modo
por encontrarlo oportuno,
NO ES PARA MAL DE NINGUNO
SINO PARA BIEN DE TODOS.
Del Martín Fierro  



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