domingo, 30 de octubre de 2016

POLICARPA SALAVARRIETA


POLICARPA SALAVARRIETA


Guaduas, 26 de enero de 1795 - Santafé de Bogotá, 14 de noviembre de 1817.

Aprendió a leer y escribir, lo cual era poco común para una mujer entonces. Después de la muerte de sus padres vivió en Tena durante una epidemia de viruela. Viajó a Santafé de Bogotá, donde trabajó como costurera asalariada para María Matea Zaldía. Se hizo entonces partidaria de la causa patriota y tras la ocupación española de la ciudad el 16 de mayo de 1816, se vinculó con el movimiento clandestino de los hermanos Vicente y Ambrosio Almeyda.
Policarpa fue entonces a Guaduas, algunos dicen que fue maestra, sin embargo para la época era poco probable que una mujer ejerciera esa labor a menos que fuera religiosa. Allí cumplía tareas del movimiento clandestino. Vivía un intenso romance con el también patriota Alejo Sabaraín, a quien había conocido en la clandestinidad. Provista de pasaportes falsos, ella y su hermano llegaron a Santafé asediada por el terror realista.
Con anterioridad a 1810, parece que Policarpa no estuvo envuelta en actividades políticas. No obstante en 1817, cuando se trasladó a Bogotá, ya estaba participando en algunas, lo que muestra que la Pola había iniciado desde Guaduas sus labores patriotas. Cuando Policarpa y su hermano Bibiano llegaron a la capital, portaban salvoconductos falsos y llevaban una carta escrita por Ambrosio Almeyda y José Rodríguez, líderes de las guerrillas. Se alojaron en la casa de Andrea Ricaurte y Lozano, por recomendación de los líderes.
POLICARPA SALAVARRIETA

La ejecución de Policarpa Salavarrieta, mujer joven, por un crimen político, movió a la población y creó una gran resistencia al régimen del terror impuesto por Juan Sámano. Si bien muchas mujeres fueron igualmente asesinadas durante la ocupación española, el caso de la Pola cautivó la imaginación popular. Su muerte inspiró a poetas, escritores y dramaturgos para inmortalizar su historia, siempre resaltando su valentía y coraje
La imagen de Policarpa ha sido utilizada varias veces en los billetes y monedas de Colombia, y es la única personalidad histórica femenina que ha aparecido en ellos (a pesar de que se han representado otras figuras femeninas, pero ellas son simbólicas o mitológicas como la justicia, la libertad, una indígena nativa americana anónima, y más recientemente, la María, un personaje de la novela de Jorge Isaacs). 




sábado, 29 de octubre de 2016

DIOGO CAM O DIEGO CAO

DIOGO CAM O DIEGO CAO


DIOGO CAM O DIEGO CAO


Diogo Cam o Diego Cao (siglo XV), navegante y explorador portugués. fue uno de los acompañantes de Diego de Aazambuja en su expedición a la costa de Oro de Guinea en 1481. Entre los años 1482 y 1486 realizó numerosos viajes y consiguió llegar hasta la desembocadura del río Congo, convertiéndose en el primer europeo que exploró la costa atlántica de África hasta un lugar situado tan al sur como el cabo Cross, cerca de lo que hoy se conoce como Walvis Bay, en Namibia. siguiendo un edicto real del 14 de abril de 1484, Cao fue el encargado de explorar la costa atlántica del continente africano; así, emprendió un nuevo viaje hacia el S durante el cual cruzó la línea del ecuador y descubrió la desembocadura del Congo (conocido entre los nativos como Zaili, Zairi o Zaidi). Allí dejó como señal una cruz de piedra en la que aparecían tallados los nombres del rey, de los descubridores y un texto en latín y en portugués; dicha cruz de piedra ha sido conocida bajo la denominación de 'padraos'. El río fue declarado por Cão "territorio portugués" y pasó a denominarse Rio de Padrão ('río de la Piedra'). El explorador portugués solía marcar los territorios que descubría con cuatro pilares en los que figuraba el escudo de armas de Portugal. Actualmente se conservan en museos tres de los pilares que se han podido recuperar. Como reconocimiento por los servicios prestados, el rey de Portugal, Juan II, le concedió un título de nobleza en 1484, lo ascendió al rango de caballero y le concedió una pensión vitalicia. Los viajes de Cam pusieron fin a las numerosas expediciones portuguesas que tuvieron lugar durante el siglo XV, con las que se pretendía hallar una ruta comercial con Oriente bordeando el continente africano, que alcanzaron su cima cuando por primera vez se bordeó el cabo de Buena Esperanza, proeza que realizó Bartolomeu Dias en el año 1488, y con el primer viaje a la India que, bordeando el cabo, realizó Vasco da Gama entre 1497 y 1498.

COMODORO JOSE MURATURE

COMODORO JOSE MURATURE

COMODORO JOSE MURATURE

Nació en 1804 en la aldea de Alassio cerca de Génova (Italia). Cuando tenía 11 años se embarcó en una fragata de guerra francesa, donde se inició como guardiamarina. Con el correr del tiempo efectuó numerosos viajes, algunos de ellos hasta las costas del Brasil.
Cuando contaba veinte años arribó a Buenos Aires en 1825 y al poco tiempo el Imperio del Brasil nos declaró la guerra. Este hecho le dio la oportunidad de servir a nuestro país, que ya consideraba su patria adoptiva.
Conocedor extraordinario del Río de la Plata y sus afluentes, comandando el cúter "Luisa" suministró a Brown numerosas informaciones sobre las fuerzas y posición de la escuadra enemiga. Con el mismo buque formó parte de convoyes que condujeron tropas, víveres, etc., al ejército nacional que se encontraba en operaciones en la Banda Oriental.
Finalizada la guerra se redujeron considerablemente las necesidades de nuestra Marina en material y en personal, pero Murature, hombre de mar, se incorporó a las actividades de la marina mercante y llegó a obtener en esa actividad la jerarquía de capitán.
Durante el gobierno de Rosas, Murature se inclinó por la causa liberal que defendían los unitarios, arriesgando con ello su vida sin otro premio que el de satisfacer la senda de la libertad.
Producida la caída de Rosas luego de la batalla de Caseros e l3 de febrero de 1852, comenzó un tiempo nuevo para orientar al país por la senda institucional, pero los hombres de Buenos Aires y Urquiza hablaban un lenguaje distinto en lo que se refería a la organización nacional.
Buenos Aires no estuvo de acuerdo con el sentido que Urquiza quiso imprimir a la Confederación Argentina y se separó de su seno. Urquiza pretendió someter por la fuerza a Buenos Aires y estalló la lucha. Murature, con el grado de sargento mayor, pasó a formar parte de la escuadra de Buenos Aires, asignándosele el comando de la goleta de guerra "Santa Clara".
La escuadra porteña compuesta por seis naves, fue puesta a las órdenes de un marino polaco, Floriano Zurowski y el 18 de abril de 1853 enfrentó a la escuadra de la Confederación en aguas de Martín García. La escuadra de Buenos Aires resultó derrotada en la acción y regresó a puerto. Zurowski fue relevado del mando y en su lugar se designó a Murature.
Enarboló su insignia a bordo de la goleta "9 de Julio" y frente a Buenos Aires sostuvo un encarnizado combate contra la fuerza naval de Urquiza. Ascendido a coronel de marina, forzó el paso de las baterías del Rosario y se situó frente a Paraná interviniendo más tarde en el heroico sitio de Paysandú, cuando esta ciudad fue sometida a un intenso bombardeo por parte de la escuadra brasileña al mando del almirante Vizconde de Tamandaré, el 2 de enero de 1865, y que sería el factor desencadenante de la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay.
Durante ese conflicto (1865-1870) actuó como jefe de la Escuadra Nacional y en ocasión de enarbolar su insignia en el vapor "Guardia Nacional", al mando del teniente coronel Py, se encontró presente en la acción del forzamiento de Paso de Cuevas, ocurrida el 12 de agosto de 1865. Una división naval brasileña a la que se había incorporado el "Guardia Nacional" debe soportar un muy intenso fuego de unas cuarenta piezas de artillería paraguayas, ubicadas en las barrancas del Río Paraná, las que fueron apoyadas por unos tres mil soldados. La fuerza naval logró superar el obstáculo y continuó navegando por el Paraná, pero las averías que sufrido eran muy importantes y uno de los buques más castigados resultó ser el argentino. Salió del lance con varios impactos en la flotación y con quince bajas; entre los muertos se encontraban los guardiamarinas Enrique Py, hijo del Comandante de la nave, y José Ferré.
Finalizada esta contienda Murature, pasó a una vida menos azarosa de lo que había sido su existencia y dotado de excelentes condiciones de pintor marinista, se dedicó a reflejar la tela las naves de la escuadra nacional.
José Murature, Comandante de la Escuadra del Estado de Buenos Aires y de la escuadra nacional, fue el segundo almirante de nuestra marina de guerra. Falleció en Buenos Aires el 9 de agosto de 1880.
Soldado de la libertad y marino de la escuadra heroica de la República en los combates contra el Imperio del Brasil, atravesó las horas agitadas de las luchas civiles y la organización nacional, como su combatiente insobornable de la dignidad.

Cuatro buques de la Armada Argentina llevaron su nombre: Vapor Aviso "Coronel Murature" (1884), Torpedera de 1ª clase "Comodoro Murature" (1891), Rastreador Minador "Murature" (1923) y el Patrullero "Murature" (1954); todavía en servicio

CIRILO DE ALEJANDRÍA UN PADRE DE LA IGLESIA POLÉMICO

CIRILO DE ALEJANDRÍA UN PADRE DE LA IGLESIA POLÉMICO
CIRILO DE ALEJANDRÍA UN PADRE DE LA IGLESIA POLÉMICO




Uno de los Padres de la Iglesia más polémicos fue Cirilo de Alejandría (c. 375-444). El historiador Hans von Campenhausen dice que era “autoritario, violento, astuto, convencido de la grandeza de su sede y de la dignidad de su ministerio”, y añade que “siempre consideró como justo aquello que era útil a su poder episcopal y a su dominación [...]. La brutalidad y falta de escrúpulos con que llevó su lucha nunca le crearon problemas de conciencia”. Cuando era obispo de Alejandría, se valió del soborno, la publicación de libelos y la calumnia para deponer al obispo de Constantinopla. Se le considera responsable del brutal asesinato, en el año 415, de la famosa filósofa Hipatia. Al hacer referencia a sus escritos teológicos, Campenhausen dice lo siguiente de Cirilo: “Gracias a él se convirtió en costumbre no remitirse, para las cuestiones de fe, sólo a las Sagradas Escrituras, sino también a citas adecuadas o a recopilaciones de ellas, extraídas de textos anteriores, reconocidas por la Iglesia”.

viernes, 28 de octubre de 2016

GRITO DE RIVERO!!!

GRITO DE RIVERO!!!


GRITO DE RIVERO!!!

El gaucho Antonio Rivero gritó por primera vez la Soberanía de la Patria Argentina, sobre nuestras amadas Islas Malvinas. Finos y elegantes historiadores calificaron el acto de patriotismo como un hecho de vandalismo. Vándalos son los que amparados en las tiniebla espúrea, firman acuerdos que nada tienen que ver con la defensa de la Patria. Grave es la tranza con que se manipula el Patrimonio Nacional y la indiferencia ante la agonía de la Patria.

El día 3 de enero de 1833 en un franco acto de piratería al que sin dudas están acostumbrados, los ingleses nos arrebataron las Islas Malvinas.
Los usurpadores llevaron a cabo la agresión, en los momentos en que ambos países se encontraban en un feliz período de paz y amistad.
Vale destacar que las Islas Malvinas, Georgia y Sandwich del Sur, pertenecieron a España hasta el año 1811 en que nos fueron legadas. Concretamente son nuestras por herencia, porque están dentro de nuestra plataforma submarina y, porque entre el Continente y las Islas hay 345 kms. de distancia y entre éstas y Gran Bretaña existe una distancia sideral de 12.000 kms.
El 26 de agosto de 1833, es decir, siete meses después del “zarpazo pirata”, el Gaucho Antonio Rivero se “levanta” y grita por primera vez la Soberanía Argentina sobre las Islas Malvinas.
El grito de Rivero provoca grandes controversias y no son pocos los que con débiles argumentos y sin haber profundizado debidamente el hecho de tanta trascendencia que materializó Antonio Rivero, opinan y desprecian al patriota que en desmedro de su vida y de su libertad, alumbra fortalecido por la Fe en Dios y por su estirpe de gaucho, un hecho magnífico que muestra de manera contundente (como siempre) que los argentinos no somos cobardes cuando de defender la Patria se trata. Demuestra también que los gauchos no son salvajes, ni “mal entretenidos”.
La actitud de Rivero fue sustentada en el patriotismo y abortada por los apátridas que nunca faltan, en todo caso, sobran.
Antonio Rivero se lanza a su patriada acompañado de otros seis gauchos compañeros de aventuras y desventuras, estos fuero: Brasida, Lores, Godoy, Salazar, González, Latorre y Luna.
Este último se convirtió en el Judas del grupo ya que cuando son perseguidos “se pasa” al bando de los usurpadores y oficia de baqueano durante la cruenta persecución.
Finalmente todos lo abandonan y el gaucho se convierte en fugitivo, en paria.
Durante su fuga conoció todas las contingencias de la vida, supo del frío, del hambre, tuvo que robar ganado para subsistir y no morir de inanición. Con las manos agarrotadas quebraba la escarcha para conseguir el agua necesaria para no morir de sed. Durmió a la intemperie apenas abrigado con los cueros de los pequeños animales que faenaba.
De nada sirvió su grito enajenado defendiendo los derechos de la Patria.
Lo llamaron criminal, ladrón y bandido como a Jesús. Nadie sabe como terminó sus días este noble gaucho que, estamos seguros, nunca le hizo una “guachada” a nadie. En cambio, sospechamos que Antonio Rivero murió aquejado de una cruel y grave dolencia: la indiferencia.
De algo estamos seguros, el Gaucho ya no está solo, seiscientos cuarenta y nueve argentinos como él, lo acompañan y hacen guardia allá en la Patria lejana.

Texto de ROSA FRÍAS DE CÁNCHERO


EL ESPIRITU REVOLUCIONARIO EN LA EPOCA PREVIA A MAYO DE 1810

EL ESPIRITU REVOLUCIONARIO EN LA EPOCA PREVIA A MAYO DE 1810


Juan Martín de Pueyrredón

En su libro “Recuerdos de un vecino de Buenos Aires durante mayo de 1810” Tomás Guido nos relata esta interesante anécdota sobre la prisión de Juan Martín de Pueyrredón por orden del Virrey Cisneros

“Hízose entender al virrey que se fraguaba una conspiración, a que estaba afiliado don Juan Martín de Pueyrredón, reputado entre los españoles por partidario acérrimo de la independencia. Decretóse su prisión y transporte a España. Desde entonces ningún patriota se consideró seguro. Para que se forme idea de la impresión que produjo la conducta del virrey, bueno será recordar la importancia del personaje sobre el cual habían recaído sus sospechas. La popularidad de aquel distinguido argentino venía desde su intrépida decisión a levantar un cuerpo de caballería para concurrir con él a la reconquista de su ciudad natal, sorprendida en 1806 por una división británica. Además de eso sus maneras afables y su gentil porte dábanle un ascendiente entre sus patriotas, que Cisneros, por inspiración propia o ajena, creyó deber cortar enviándole a España bajo partida de registro.
 doña Juana Pueyrredón de Sáenz Valiente
Y aquí es el caso de narrar un acontecimiento que a la par de una grande acción, revela juntamente los progresos del espíritu revolucionario, que en vano se pretendía ahogar en germen. Apenas circuló la noticia de hallarse preso Pueyrredón en el cuartel de Patricios su hermana doña Juana Pueyrredón de Sáenz Valiente, matrona de altas prendas, se le presentó a las guardas que le custodiaba, y que con la elocuencia del alma, y con palabra fácil é insinuante, rodeada de oficiales y soldados, increpóles de servir de instrumentos de la tiranía contra un paisano, sin otro crimen que su entusiasmo por la libertad de su patria. "Consentiréis - les dijo - que sea sacrificado vuestro compatriota y amigo por la cruel injusticia de un gobernante? ¿Consentiréis que sea expulsado de su país, tal vez para siempre, sin hacerle un cargo, sin oírle y sin juzgarle? ¡No, Patricios! ¡Dejad que huya mi hermano, si no queréis haceros cómplice de una iniquidad que amenguaría vuestra fama!"

La tropa escuchaba silenciosa éstas y otras razones; los oficiales hablábanse en secreto, fijando la vista llenos de admiración y de respeto en aquella ilustre Argentina. En sus semblantes traslucían fácilmente la impresión del espíritu y su resolución tomada de libertar al prisionero. Dos horas después de esta escena, evadíase el comandante Pueyrredón por una de las ventanas del cuartel, sin ser detenido por ningún centinela. La amistad se encargó enseguida de ofrecerle un refugio. Cúpole al señor horma esta noble misión.

Los patriotas que acechaban todas las circunstancias que pudiesen favorecer sus intentos, apresuráronse a sacar partido de estos incidentes. Las simpatías por la desgracia subían a punto de que se exagerasen las violencias del mandón español, y la opinión de los naturales se predisponía gradualmente contra un orden de cosas que empezaba a irritarse.”


miércoles, 26 de octubre de 2016

HÁBITOS DE SAN MARTÍN

HÁBITOS DE SAN MARTÍN


HÁBITOS DE SAN MARTÍN


TOMÁS GUIDO  escribe en 1816 se célebre “Memoria”, basada en las conversaciones sostenidas con San Martín, en Saldán, Córdoba,
durante la convalecencia del general. En ellas describe cuales eran sus hábitos.



Se me consentirá aquí, en gracia de tan célebre personaje, una digresión encaminada a suministrar algunos detalles sobre su vida íntima. Era generalmente sobria y metódica. Durante su larga permanencia en Chile, tenía por costumbre levantarse de tres y media a cuatro de la mañana, y aunque con frecuencia le atormentaba al ponerse de pie un ataque bilioso, causándole fuertes nauseas, recobraba pronto sus fuerzas por el uso de bebidas estomacales, y pasaba luego a su bufete. Comenzaba su tarea casi siempre a las cuatro de la mañana, preparando apuntes para su secretario, obligado a presentársele a las cinco. Hasta las diez se ocupaba de los detalles de la administración del ejército, parque, maestranza, ambulancias, etc, suspendiendo el trabajo a las diez y media. Desde esa hora adelante, recibía al Jefe del estado Mayor, de quien tomaba informes y a quien daba la orden del día. Sucesivamente concedía entrada franca a sus jefes y personas de cualquier rango, que solicitaren su audiencia. El almuerzo general era en extremo frugal, y a la una del día, con militar desenfado, pasaba a la cocina y pedía al cocinero lo que le parecía más apetitoso. Se sentaba solo, a la mesa que le estaba preparada con su cubierto, y allí se le pasaba aviso de los que solicitaban verlo, y cuando se le anunciaban personas de su predilección y confianza, les permitía entrar. En tal humilde sitio ventilábase toda clase de asuntos, como si estuviera en un salón, pero con franca llaneza, frecuentemente amenizada con agudezas geniales. Sus jefes predilectos eran los que gozaban más a menudo de esas sabrosas pláticas. Este hábito, que revelaba en el fondo un gran despego a toda clase de ostentación, y la sencillez republicana que lo distinguía, no era casi nunca alterada por lo general, considerándola, -decía él en tono de chanza- un eficaz preservativo del peligro de tomar en mesa opípara algún alimento dañoso a la debilidad de su estómago. Más esto, que pudiera llamarse una excentricidad, no invertía la costumbre de servirse a las cuatro de la tarde una mesa de estado que, en ausencia del general, presidía yo, preparada por reposteros de primera clase, dirigidos por el famoso Truche de gastronómica memoria. Asistían a ella jefes y personas notables, invitadas o que ocasionalmente se hallasen en palacio a la indicada hora. El general solía concurrir a los postres, tomando en sociedad el café, y dando expansión a su genio en conversaciones festivas. Por la tarde recibía visitas o hacía corto ejercicio, y al anochecer regresaba a continuar su labor, imponiéndose de la correspondencia del día, tanto interna como del exterior, hasta las diez, que se retiraba a su aposento y se acostaba en su angosto lecho de campaña, no habiendo querido, fiel a sus antiguos hábitos, reposar nunca en la cama lujosa que allí le habían preparado. Más este régimen era con frecuencia interrumpido por largas vigilias, en las que meditaba y combinaba operaciones bélicas del más alto interés, y cuanto se relacionaba con su inmutable designio de asegurar la independencia y organización política de Chile. A más de la dolencia casi crónica que diariamente lo mortificaba, sufría de vez en cuando ataques agudísimos de gota, que, entorpeciendo la articulación de la muñeca de la mano derecha, lo inhabilitaban para el uso de la pluma. Su médico, el doctor Zapata, lo cuidaba con incesante esmero, induciéndolo no obstante, por desgracia, a un uso desmedido del opio, a punto de que, convirtiéndose esta droga, a juicio del paciente, en una condición de su existencia, cerraba el oído a las instancias de sus amigos para que abandonase el narcótico (de que muchas veces le sustraje los pomitos que lo contenían) y se desentendía del nocivo efecto con que lenta pero continuadamente minaba su físico y amenazaba su moral". Tomás Guido

Fuente: Busaniche José Luis (ed). San martín visto por sus contemporáneos. B.As. Instituto Sanmartiniano, 1995, págs. 153 a 155.