ESTE ES EL BLOG DEL DR. RODOLFO E. PARBST He creado este blog para que juntos conozcamos un poco más de Historia, por lo cual te invito a participar del mismo.- Toda la historia. La verdadera historia.
jueves, 20 de octubre de 2011
Carta de dirigentes radicales disgustados con cúpula de la U.C.R.
"Los próceres del radicalismo hicieron historia porque llevaron a los hechos su compromiso con un proyecto político nacional, popular y democrático. Y muchos de quienes nos sumamos al radicalismo, en especial por la convocatoria de Raúl Alfonsín en 1983, lo hicimos para formar parte de un proyecto político que suponía recuperar las instituciones democráticas, los derechos humanos, y desarrollar una política económica y social autónoma e inclusiva.
Por eso, mientras la burocracia partidaria y los legisladores radicales se opusieron a proyectos que alguna vez fueron emblemáticos del radicalismo, como la sanción de la ley de medios o la reversión de la privatización del sistema previsional, muchos de nosotros seguimos pensando igual que antes.
Por eso, mientras defienden el campo de los intereses corporativos y sectoriales de los poderosos, nosotros seguimos en el campo nacional y popular y seguimos pensando, con Leandro Alem, que nuestra causa es la causa de los desposeídos.
Por eso, quienes seguimos a las ideas antes que a las personas, no tenemos dudas de que nuestros ideales y nuestras convicciones sólo pueden alcanzarse consolidando el proyecto nacional y popular que encabeza la Presidenta de la Nación, y al que aportan diversas vertientes del pensamiento nacional y popular, del que no renegaremos.
Por eso, nuestro voto va a ser a favor de la consolidación del modelo de inclusión económica y social; de más trabajo, salud y educación y de más derechos. A favor de un Estado fuerte, capaz de hacer prevalecer el interés general.
Por eso, votamos por la continuidad como Presidente de la Nación, de Cristina Fernández de Kirchner.
Hugo Prieto – Diputado Nacional
Rodolfo Quezada – Diputado Nacional (MC)
Nicomedes Navarrete – Intendente de Las Ovejas
Jorge Scelzi – Secretario de Gobierno de Chos Malal
Mirta Bilorián – Concejal San Martín de los Andes (vicepresidente 1ª HCD)
Rubén Moya – Concejal San Martín de los Andes (MC)
Fernando Conte
Rosana Suther
Gloria Monteverde
Luis Galizzi."
Los 10 delincuentes más ricos de todos los tiempos
Cualquiera que piense que el crimen organizado no da dinero, sólo tiene que echar un vistazo a estos personajes que presentamos a continuación. Ellos demostraron que carecer de escrúpulos puede ayudar a triunfar.
10. Joseph Kennedy (200-400 millones $)
9. Meyer Lansky (300-400 millones $)
8. Griselda Blanco, "La Madrina" (500 millones $)
7. Anthony Salerno (600 millones $)
6. Joaquín Loera (1 billón $)
5. Al Capone (1.3 billones $)
4. Susumu Ishii (1,5 billones $)
3. Carlos Enrique Lehder Rivas (2,7 billones $)
2. Pablo Escobar (9-25 billones $)
1. Amado Carrillo Fuentes (alrededor de 25 billones $)
Fuente | Business Pundit
10. Joseph Kennedy (200-400 millones $)
Joseph Kennedy era el patriarca de una de las familias más poderosas de América. Fuertemente ligado al contrabando, hizo millones vendiendo alcohol en la época de la prohibición. Se cree que tuvo tratos con Frank Costello, jefe de la familia mafiosa de Luciano, para facilitar el contrabando de alcohol. Eso sin contar que fue un brutal antisemita y un gran defensor de Hitler.
9. Meyer Lansky (300-400 millones $)
Meyer Lansky creó un formidable imperio basado en el juego ilegal en EE.UU a partir de la década de 1930, con ramas que se extendían desde Florida hasta Las Vegas. Gran parte del resto de su fortuna se generó a través de sus estrechos vínculos con la mafia. Varios gangsters de película se han basado supuestamente en él, incluyendo el personaje de Michael Corleone en El Padrino. En el momento de su muerte en 1983, el FBI calculó que tenía cientos de millones depositados en cuentas ocultas.
8. Griselda Blanco, "La Madrina" (500 millones $)
Con sede en Miami, podría decirse que "La Madrina" Griselda Blanco es uno de los gangsters más despiadados que trabajaban en el comercio de drogas durante los años 70 y 80. A la edad de 11 años tomó como rehén a un compañero de escuela, pidió un rescate por él, y acabó asesinándolo de un tiro en la cabeza. Blanco también fue sospechosa de asesinar a sus tres maridos y se dice que obligaba a los hombres a tener relaciones sexuales con ella a punta de pistola. Fue vista por última vez en 2007. Si aún vive, se cree que es una de las mujeres más ricas del planeta.
7. Anthony Salerno (600 millones $)
En la vida real, el conocido como "Fat Tony" no era tan tierno como su contraparte en "Los Simpsons". Fácilmente distinguible por su cigarro de marca y su sombrero, Salerno se abrió camino hasta ser consigliere de la familia Genovese en los años 70. Anteriormente, había practicado sus habilidades en el juego ilegal, la usura y la venta de protección. Pasó los últimos años de su vida en la cárcel y murió a los 80 años.
6. Joaquín Loera (1 billón $)
Loera hizo la mayor parte de su dinero con la venta de drogas en México. Es conocido por una serie de apodos, entre ellos El Chapo y Rey de Cristal. Se encuentra prófugo en su propio país, pero se cree que es el narcotraficante más poderoso de la Tierra, lo que significa que el billón de dólares es una cifra estimada que podría ser muy superior. En 2010 dejó un mensaje burlándose de la policía junto a los cadáveres de dos oficiales del ejército que habían sido acribillados.
5. Al Capone (1.3 billones $)
El icónico gangster Al Capone era prácticamente el Bill Gates del mundo criminal. Traficante de alcohol durante los años 20 y 30 fue el verdadero "intocable" de Chicago. Su mano de hierro a la hora de "gobernar" la ciudad le reportó unos ingresos muy sustanciales. Incluso se permitió el lujo de ser un filántropo y un hombre público, hasta que la evasión de impuestos y la sífilis acabaron con él.
4. Susumu Ishii (1,5 billones $)
El padrino de la Yakuza Susumu Ishii fue miembro de una unidad de torpederos suicidas japoneses durante la II Guerra Mundial. Después de la guerra se abrió camino como gangster y amasó su fortuna con los préstamos, ofertas de banca y estafas de bienes raíces. Fue tan popular que cuando murió en 1991 asistieron a su funeral más de 5.000 personas.
3. Carlos Enrique Lehder Rivas (2,7 billones $)
Carlos Lehder fue uno de los cofundadores del cártel de Medellín. Descrito como un megalómano, este criminal no reparaba en gastos a la hora de transportar la cocaína. Incluso compró un avión privado y una isla en las Bahamas para facilitar la entrada de la droga en EE.UU. Después de amasar una gran fortuna fue encarcelado en la década de 1980 y hoy en día sigue en la cárcel.
2. Pablo Escobar (9-25 billones $)
Nacido en un pueblo de Colombia donde no había electricidad, Pablo Escobar se abrió camino hasta convertirse en uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo. Junto con sus socios del cártel de Medellín, movía alrededor de 15 toneladas de cocaína al día. Sobornaba a los funcionarios y estableció una red de sicarios para asesinar a quien intentara parar sus fechorías.
1. Amado Carrillo Fuentes (alrededor de 25 billones $)
El mexicano Amado Fuentes basó su imperio en el narcotráfico. Poseía una flota de 727 aviones para el transporte de la mercancía y se sometió a una cirugía plástica para cambiar su apariencia. En el momento de su muerte su patrimonio neto se estima aproximadamente en 25 billones de dólares, lo que lo convertirían en el criminal más rico de todos los tiempos.
Fuente | Business Pundit
miércoles, 19 de octubre de 2011
SOY CAROLINA Y QUERÍA HABLARTE RICARDO...
Gracias Eva Row por acercarlo
Decime si vos no querías contestarle a Ricardo lo mismo que Carolina. Si querés suscribir, hacelo en un comentario
http://www.youtube.com/watch?v=MHx7QBTwA-k&feature=share
http://www.youtube.com/watch?v=MHx7QBTwA-k&feature=share
NESTOR KIRCHNER INTIMO
A poco de cumplirse el primer aniversario de la muerte del ex presidente, el periodista Daniel Míguez presentó su libro. Anécdotas que permiten conocer al político, al militante, al amigo, al compañero, pero sobre todo, al hombre.
Por Daniel Míguez
http://www.elargentino.com/nota-161997-Nestor-intimo.html
"Che, Majestad"
No sólo era el traje con mocasines y el saco desabrochado, o la birome Bic negra en lugar de una elegante lapicera. A Kirchner le chocaba la formalidad. El ceremonial y el protocolo eran para él rituales absurdos y vetustos. Basta recordar cuando Eduardo Duhalde le entregó el bastón de mando, las piruetas que hizo con él en la mano. Los pasos de minué de la diplomacia lo fastidiaban tanto que apenas llegaba a un evento de esas características lo único que quería hacer era irse, salvo cuando a la ocasión podía sacarle algún provecho político.
La primera prueba de fuego verdadera en su relación con el protocolo la afrontó a menos de seis meses de haber asumido la Presidencia, cuando el 12 de noviembre de 2003 tuvo su debut con gente de la realeza. En los días previos, la visita estelar de los reyes de España tenía en vilo al personal de ceremonial de la Casa Rosada. Y aún más nerviosos se sentían ante un Kirchner que no les prestaba la más mínima atención cuando querían instruirlo sobre reglas de urbanidad en el mundo de la monarquía. "Sí, sí", les decía sin escucharlos.
Hasta que llegó el momento de recibir a los reyes Juan Carlos y Sofía. A los presidentes podía llamarlos simplemente "Presidente" o, si tenía confianza, por su nombre de pila, pero al rey no le podía decir rey, ni Juan Carlos. Tenía que dirigirse a él como Su Majestad, algo que incomodaba especialmente a Kirchner, que estaba bastante lejos de sentirse súbdito de nadie.
Los reyes de España habían llegado el martes 11 de noviembre de 2003 a la noche en medio de una tormenta tremenda y vivieron una experiencia dramática. El avión casi se estrella contra la pista del Aeroparque Jorge Newbery si no fuera por la increíble pericia del piloto real, según comentaban todos, incluido Kirchner, al día siguiente. "El avión parecía un papelito en el viento. No sé cómo hizo el tipo para ponerlo en la pista", le contó al Presidente un experimentado piloto de la Fuerza Aérea Argentina que había presenciado el aterrizaje. Kirchner se fue a dormir un poco abrumado por lo que pudo haber ocurrido y afortunadamente no sucedió.
La primera actividad al otro día era una visita al Glaciar Perito Moreno, en El Calafate. Allí, Kirchner y Cristina recibieron a los reyes. En el paseo, primero en catamarán y luego en una caminata por la boscosa costa del Lago Argentino, Néstor, con la concentración de quien está haciendo los deberes, había desplegado un par de veces el ensayado Su Majestad. Pero en un momento de repentización, en el que se apuró para mostrarle una vista del paisaje al rey, que iba dos pasos delante de él, le tocó el brazo y lo llamó: "Che, Majestad…" No quedó claro si el Rey entendió bien la apelación, pero hizo un leve gesto entre risueño y sorprendido al darse vuelta.
Al día siguiente, en la cena de gala en el Palacio San Martín de la Cancillería, Kirchner, sentado al lado del rey Juan Carlos, volvió a nombrarlo según el protocolo, aunque a veces le decía Majestad a secas. Hasta que cortó por lo sano y le confesó al Rey su incomodidad:
—La verdad, me cuesta llamarlo Su Majestad.
—¡Pero, hombre! ¡Llámame Juanito! —fue la rápida respuesta de Juan Carlos entre risas.
Néstor también rió y lo abrazó apoyando su cabeza en el pecho del Rey, lo que se transformó en una recordada foto que por esos días dio la vuelta al mundo.
« Un nazi en la Patagonia»
Como tantas tardes, estaba sentado en la antesala del despacho presidencial esperando que Kirchner se hiciera un espacio en la agenda para atenderme. Era el primer día de julio de 2003 y el zarandeo que le imponía al gobierno que comandaba desde hacía 36 días también mantenía en vilo al justicialismo, por lo que el 29° aniversario de la muerte de Juan Domingo Perón pasaba casi inadvertido.
Mi puesto en esa sala de espera era estratégico para hablar con ministros, gobernadores, intendentes o cualquiera que estuviera esperando para ser atendido por Kirchner y conseguir así noticias para el diario en el que trabajaba.
El gesto automático de mirar raudamente hacia la puerta que llevaba a la oficina presidencial tras escuchar el ruido del picaporte se transformaba en una atención desvanecida al ver salir, la mayoría de las veces, a un mozo, un empleado, algún funcionario… hasta que al fin, sí, salía el que estaba en audiencia con el Presidente. Y esa vez el que salió, de traje impecable y con un sobretodo color camello prolijamente doblado sobre su brazo izquierdo, fue el doctor Eugenio Raúl Zaffaroni. Lo saludé formalmente y él me miró sonriente, un gesto del que se siente descubierto aunque sin preocupación. No pude más que estrecharle la mano, porque el secretario ya me estaba anunciando que era mi turno.
El tema de la renovación de la Corte Suprema de Justicia de la Nación estaba todos los días en los títulos de los diarios, desde el 4 de junio, cuando Kirchner había pedido al Congreso la destitución del presidente del Tribunal, Julio Nazareno, símbolo de la llamada "mayoría automática" durante el menemismo. No había que ser un iluminado para sospechar los motivos de la presencia de Zaffaroni allí.
Cuando saludé al Presidente le comenté presumiendo inocencia:
—Lo vi salir a Zaffaroni.
—Sí, le dije que iba proponerlo para la Corte y aceptó. Él y el Bebe (Esteban) Righi son los mejores penalistas del país, pero Righi está con nosotros y yo quiero mostrar claramente que la Corte va a ser independiente —me explicó Kirchner.
—Zaffaroni estuvo en el gobierno de De la Rúa, en el INADI —respondí, como refrendando la independencia del juez postulado respecto de su gobierno.
—No sólo eso. Vení, mirá… —me dijo con ese entusiasmo que lo desbordaba cuando tenía un as en la manga.
—Mirá esto —repitió mientras caminaba rápido hacia su escritorio.
Abrió el cajón superior derecho y quedó a la vista el recorte de un diario santacruceño. El título era: "Un nazi en la Patagonia" y se refería a un artículo escrito por Zaffaroni sobre la gobernación de Kirchner en Santa Cruz, cuyo título original era "La República de Weimar".
—Nadie va a poder decir que lo propongo porque es mi amigo, ¿no? Sin embargo, el periodismo argentino ya empezaba a darle a Kirchner insospechadas sorpresas. Al formalizarse el anuncio, La Nación opinó en su editorial del 13 de julio: "Es decididamente desalentador que el titular del Poder Ejecutivo haya propuesto en primer lugar para integrar el máximo tribunal de la República a un candidato amigo".
«¡Corré, Chango, corré!»
Era el líbero del equipo. Ordenaba, daba indicaciones. Cuando la tenían los suyos pedía: "Toquen, toquen". Cuando avanzaba un rival con pelota dominada gritaba: "¡Bajalo, bajalo!" Si el delantero llegaba a sus narices, lo volteaba; y si la falta no era muy alevosa, invariablemente se defendía: "Fuimos los dos a la pelota, chocamos, no fue foul".
Kirchner no sólo ejercía el liderazgo y la jefatura en el Gobierno. También lo hacía en el potrero cuando jugaba al fútbol, un rol que no era el ideal para los que integraban su equipo, y mucho menos para los kirchneristas que formaban el equipo rival. Siempre vestido con la camiseta de Racing y con pantalones deportivos largos metidos dentro de las medias, Kirchner desplegaba su andar desgarbado, más cerca en el estilo del voluntarioso Mostaza Merlo que de la técnica refinada de Fernando Redondo.
Él armaba los equipos, el propio y el rival y, aunque sin hacerlo muy ostensible, se reservaba a los mejores, como el secretario privado de Cristina, Isidro Bounine, para que jugaran de su lado. También hacía indicaciones tácticas. Es decir que, además de jugador, era director técnico. Pero no sólo eso. Lo peor es que también era el árbitro y aunque no actuaba con excesivo despotismo, en cada fallo dividido los rivales terminaban acatando su opinión.
Los únicos que le discutían o protestaban a Kirchner eran su hijo Máximo y su secretario privado y amigo Daniel Muñoz, quien habitualmente atajaba para el equipo rival y sobre quien Kirchner ponía especial empeño en hacerle goles y cargarlo después. Tanto que una vez en Río Gallegos después de una goleada que yo había presenciado, Néstor me pidió casi al oído: "Daniel, ¿en esa sección de chismes que tienen ustedes podés poner la goleada que se comió el Gordo? ¡Cuando lo lea en el diario se va a querer morir!" El Gordo, por supuesto, era Muñoz.
Kirchner también tenía veleidades de crack. Trataba de poner pases largos y si la pelota llegaba a destino se ufanaba: "Miráaaaaa… a lo Capria". Muchos de los pases iban dirigidos al delantero Héctor "Chango" Icazuriaga, y buena parte de las veces la pelota iba a parar lejos del destinatario, que siempre se esforzaba por alcanzarla. Invariablemente, ante cada pase mal dado, en vez de un pedido de disculpas se escuchaba el grito de Kirchner: "¡Corré, Chango, corré!"
"Che, Majestad"
No sólo era el traje con mocasines y el saco desabrochado, o la birome Bic negra en lugar de una elegante lapicera. A Kirchner le chocaba la formalidad. El ceremonial y el protocolo eran para él rituales absurdos y vetustos. Basta recordar cuando Eduardo Duhalde le entregó el bastón de mando, las piruetas que hizo con él en la mano. Los pasos de minué de la diplomacia lo fastidiaban tanto que apenas llegaba a un evento de esas características lo único que quería hacer era irse, salvo cuando a la ocasión podía sacarle algún provecho político.
La primera prueba de fuego verdadera en su relación con el protocolo la afrontó a menos de seis meses de haber asumido la Presidencia, cuando el 12 de noviembre de 2003 tuvo su debut con gente de la realeza. En los días previos, la visita estelar de los reyes de España tenía en vilo al personal de ceremonial de la Casa Rosada. Y aún más nerviosos se sentían ante un Kirchner que no les prestaba la más mínima atención cuando querían instruirlo sobre reglas de urbanidad en el mundo de la monarquía. "Sí, sí", les decía sin escucharlos.
Hasta que llegó el momento de recibir a los reyes Juan Carlos y Sofía. A los presidentes podía llamarlos simplemente "Presidente" o, si tenía confianza, por su nombre de pila, pero al rey no le podía decir rey, ni Juan Carlos. Tenía que dirigirse a él como Su Majestad, algo que incomodaba especialmente a Kirchner, que estaba bastante lejos de sentirse súbdito de nadie.
Los reyes de España habían llegado el martes 11 de noviembre de 2003 a la noche en medio de una tormenta tremenda y vivieron una experiencia dramática. El avión casi se estrella contra la pista del Aeroparque Jorge Newbery si no fuera por la increíble pericia del piloto real, según comentaban todos, incluido Kirchner, al día siguiente. "El avión parecía un papelito en el viento. No sé cómo hizo el tipo para ponerlo en la pista", le contó al Presidente un experimentado piloto de la Fuerza Aérea Argentina que había presenciado el aterrizaje. Kirchner se fue a dormir un poco abrumado por lo que pudo haber ocurrido y afortunadamente no sucedió.
La primera actividad al otro día era una visita al Glaciar Perito Moreno, en El Calafate. Allí, Kirchner y Cristina recibieron a los reyes. En el paseo, primero en catamarán y luego en una caminata por la boscosa costa del Lago Argentino, Néstor, con la concentración de quien está haciendo los deberes, había desplegado un par de veces el ensayado Su Majestad. Pero en un momento de repentización, en el que se apuró para mostrarle una vista del paisaje al rey, que iba dos pasos delante de él, le tocó el brazo y lo llamó: "Che, Majestad…" No quedó claro si el Rey entendió bien la apelación, pero hizo un leve gesto entre risueño y sorprendido al darse vuelta.
Al día siguiente, en la cena de gala en el Palacio San Martín de la Cancillería, Kirchner, sentado al lado del rey Juan Carlos, volvió a nombrarlo según el protocolo, aunque a veces le decía Majestad a secas. Hasta que cortó por lo sano y le confesó al Rey su incomodidad:
—La verdad, me cuesta llamarlo Su Majestad.
—¡Pero, hombre! ¡Llámame Juanito! —fue la rápida respuesta de Juan Carlos entre risas.
Néstor también rió y lo abrazó apoyando su cabeza en el pecho del Rey, lo que se transformó en una recordada foto que por esos días dio la vuelta al mundo.
« Un nazi en la Patagonia»
Como tantas tardes, estaba sentado en la antesala del despacho presidencial esperando que Kirchner se hiciera un espacio en la agenda para atenderme. Era el primer día de julio de 2003 y el zarandeo que le imponía al gobierno que comandaba desde hacía 36 días también mantenía en vilo al justicialismo, por lo que el 29° aniversario de la muerte de Juan Domingo Perón pasaba casi inadvertido.
Mi puesto en esa sala de espera era estratégico para hablar con ministros, gobernadores, intendentes o cualquiera que estuviera esperando para ser atendido por Kirchner y conseguir así noticias para el diario en el que trabajaba.
El gesto automático de mirar raudamente hacia la puerta que llevaba a la oficina presidencial tras escuchar el ruido del picaporte se transformaba en una atención desvanecida al ver salir, la mayoría de las veces, a un mozo, un empleado, algún funcionario… hasta que al fin, sí, salía el que estaba en audiencia con el Presidente. Y esa vez el que salió, de traje impecable y con un sobretodo color camello prolijamente doblado sobre su brazo izquierdo, fue el doctor Eugenio Raúl Zaffaroni. Lo saludé formalmente y él me miró sonriente, un gesto del que se siente descubierto aunque sin preocupación. No pude más que estrecharle la mano, porque el secretario ya me estaba anunciando que era mi turno.
El tema de la renovación de la Corte Suprema de Justicia de la Nación estaba todos los días en los títulos de los diarios, desde el 4 de junio, cuando Kirchner había pedido al Congreso la destitución del presidente del Tribunal, Julio Nazareno, símbolo de la llamada "mayoría automática" durante el menemismo. No había que ser un iluminado para sospechar los motivos de la presencia de Zaffaroni allí.
Cuando saludé al Presidente le comenté presumiendo inocencia:
—Lo vi salir a Zaffaroni.
—Sí, le dije que iba proponerlo para la Corte y aceptó. Él y el Bebe (Esteban) Righi son los mejores penalistas del país, pero Righi está con nosotros y yo quiero mostrar claramente que la Corte va a ser independiente —me explicó Kirchner.
—Zaffaroni estuvo en el gobierno de De la Rúa, en el INADI —respondí, como refrendando la independencia del juez postulado respecto de su gobierno.
—No sólo eso. Vení, mirá… —me dijo con ese entusiasmo que lo desbordaba cuando tenía un as en la manga.
—Mirá esto —repitió mientras caminaba rápido hacia su escritorio.
Abrió el cajón superior derecho y quedó a la vista el recorte de un diario santacruceño. El título era: "Un nazi en la Patagonia" y se refería a un artículo escrito por Zaffaroni sobre la gobernación de Kirchner en Santa Cruz, cuyo título original era "La República de Weimar".
—Nadie va a poder decir que lo propongo porque es mi amigo, ¿no? Sin embargo, el periodismo argentino ya empezaba a darle a Kirchner insospechadas sorpresas. Al formalizarse el anuncio, La Nación opinó en su editorial del 13 de julio: "Es decididamente desalentador que el titular del Poder Ejecutivo haya propuesto en primer lugar para integrar el máximo tribunal de la República a un candidato amigo".
«¡Corré, Chango, corré!»
Era el líbero del equipo. Ordenaba, daba indicaciones. Cuando la tenían los suyos pedía: "Toquen, toquen". Cuando avanzaba un rival con pelota dominada gritaba: "¡Bajalo, bajalo!" Si el delantero llegaba a sus narices, lo volteaba; y si la falta no era muy alevosa, invariablemente se defendía: "Fuimos los dos a la pelota, chocamos, no fue foul".
Kirchner no sólo ejercía el liderazgo y la jefatura en el Gobierno. También lo hacía en el potrero cuando jugaba al fútbol, un rol que no era el ideal para los que integraban su equipo, y mucho menos para los kirchneristas que formaban el equipo rival. Siempre vestido con la camiseta de Racing y con pantalones deportivos largos metidos dentro de las medias, Kirchner desplegaba su andar desgarbado, más cerca en el estilo del voluntarioso Mostaza Merlo que de la técnica refinada de Fernando Redondo.
Él armaba los equipos, el propio y el rival y, aunque sin hacerlo muy ostensible, se reservaba a los mejores, como el secretario privado de Cristina, Isidro Bounine, para que jugaran de su lado. También hacía indicaciones tácticas. Es decir que, además de jugador, era director técnico. Pero no sólo eso. Lo peor es que también era el árbitro y aunque no actuaba con excesivo despotismo, en cada fallo dividido los rivales terminaban acatando su opinión.
Los únicos que le discutían o protestaban a Kirchner eran su hijo Máximo y su secretario privado y amigo Daniel Muñoz, quien habitualmente atajaba para el equipo rival y sobre quien Kirchner ponía especial empeño en hacerle goles y cargarlo después. Tanto que una vez en Río Gallegos después de una goleada que yo había presenciado, Néstor me pidió casi al oído: "Daniel, ¿en esa sección de chismes que tienen ustedes podés poner la goleada que se comió el Gordo? ¡Cuando lo lea en el diario se va a querer morir!" El Gordo, por supuesto, era Muñoz.
Kirchner también tenía veleidades de crack. Trataba de poner pases largos y si la pelota llegaba a destino se ufanaba: "Miráaaaaa… a lo Capria". Muchos de los pases iban dirigidos al delantero Héctor "Chango" Icazuriaga, y buena parte de las veces la pelota iba a parar lejos del destinatario, que siempre se esforzaba por alcanzarla. Invariablemente, ante cada pase mal dado, en vez de un pedido de disculpas se escuchaba el grito de Kirchner: "¡Corré, Chango, corré!"
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