lunes, 8 de febrero de 2016

EROTISMO MEDIEVAL

EROTISMO MEDIEVAL

 
EROTISMO MEDIEVAL

Un tema interesante cuenta Carlos Fisas en su libro “ Curiosidades y anécdotas de la historia Universal” y lo comparto

 
EROTISMO MEDIEVAL

He aquí algunas anécdotas y cosas curiosas entresacadas de crónicas e historias medievales. Sigo el interesante libro El Amor y el Erotismo en la Literatura Medieval, edición de Juan Victorio, Editora Nacional, 1983. Refiriéndose al rey Pedro de Portugal cita la anécdota siguiente:
«Era también el rey don Pedro muy cuidadoso tanto de las mujeres de su casa como de las de sus oficiales y de todas las demás del pueblo; y hacía grandes justicias contra los que dormían con mujeres casadas o vírgenes, así como con monjas.
»Acaeció, pues, que había en palacio un oficial llamado Lorenzo Gálvez, hombre muy entendido y juicioso, cumplidor de todas las cosas que el rey le ordenaba y no corrompido por ninguna oferta falsa que suele encandilar a los hombres. Y porque le llamaba leal y sincero, se fiaba mucho de él y le quería mucho; este corregidor era muy honrado, agradable y amante de las buenas conversaciones… Su mujer se llamaba Catalina Tosse: esforzada, lozana y muy apuesta, de maneras graciosas y buenas costumbres.
»En aquel entonces vivía en palacio un buen escudero, mancebo y hombre de pro, de muchas cualidades, gran campeón de torneos y cacerías… como deben ser los hombres, llamado Alfonso Madeira: por todo esto el rey le quería mucho. Este escudero se vino a enamorar de Catalina Tosse, y, mal considerados los peligros que le podían ocurrir por tal hecho, tan ardientemente se lanzó a amarla que no podía alejarla de su vista y deseo, de tan gran amor que le tenía. Mas, faltándole las circunstancias favorables para sus deshonestos amores, trabó una amistad tan grande con el marido que dondequiera qué lo enviaba el rey, allí iba él, tomando posada con el corregidor… conversando siempre con él para evitar toda sospecha.
»Alfonso Madeira tañía y cantaba poniendo de manifiesto sus dotes y expresando toda su afección tan significativamente que se generó entre él y Catalina el momento de realizar tan largos deseos. Y porque semejante hecho no es de los que se pueden encubrir durante mucho tiempo, el rey llegó a enterarse de él, recibiendo tanto pesar como si de su propia mujer o hija se tratara. Y aunque le amaba mucho, más de lo que aquí se debe decir, dejando de lado lodo su amor, mandó que lo prendieran en su habitación y que le cortasen aquellos miembros que en más aprecio tienen los hombres, de manera que no quedó carne hasta los huesos.
»Dejáronlo libre después, y sanó y engordó de piernas y de cuerpo, y vivió algunos años con el rostro pálido y sin barba, y murió después de dolor natural».
Otra anécdota del mismo rey Pedro de Portugal:
«Estando justando (el noble Alfonso André) y en la Rúa Nova —como es costumbre cuando los reyes vienen a las ciudades, que los mercaderes y los ciudadanos torneaban con los cortesanos—, estando el rey presente y teniendo información cierta de que la mujer de aquel le era infiel, pensó que había llegado la ocasión de buscarla y sorprenderla en flagrante delito; y fue sorprendida con quien la culpaban. Y mandó que la quemasen y que él fuese degollado mientras el marido participaba en el torneo.
»Cuando el marido se enteró, fue a quejarse al rey por los órdenes que había dado. El rey, al verlo, antes de que le hablase, pidió al verdugo que contase lo que había hecho, y, dirigiéndose al marido, le declaró que le había vengado de la alevosía de su mujer, la cual le ponía cuernos, cosa de la que el propio rey estaba más al corriente que el mismo marido».
El adulterio era tan común en aquella época como en la nuestra, pero la misoginia o, si se quiere, el machismo hacía gran diferencia si el adúltero era un hombre o una mujer. Así en la Partida séptima de Alfonso X el Sabio se dice:
«Adulterio es yerro que hombre hace yaciendo a sabiendas con mujer que es casada o desposada con otro; y tomó este nombre de dos palabras del latín alterius y toras, que quiere tanto decir en romance como lecho de otro, porque la mujer es contada por lecho de su marido, y no él de ella. Y por ello dijeron los sabios antiguos que aunque el hombre que es casado yaciese con otra mujer, y aunque ella hubiese marido, que no le puede acusar su mujer ante el juez seglar por tal razón… Y esto tuvieron por derecho los sabios antiguos por muchas razones: la una porque el adulterio que hace el varón con otra mujer no hace daño ni deshonra a la suya; la otra porque del adulterio que hiciese su mujer con otro, queda el marido deshonrado recibiendo la mujer a otro en su lecho; y además porque del adulterio que hiciese ella puede venir al marido un gran daño, pues si se empreñase de aquel con quien hizo el adulterio, vendría el hijo extraño heredero en uno con sus hijos, lo que no ocurriría a la mujer del adulterio que el marido hiciese con otra. Y por ello, pues que los daños y las deshonras no son iguales, conveniente cosa es que el marido tenga esta mejoría, que pueda acusar a su mujer de adulterio si lo hiciere, y ella no a él; y esto fue establecido por las leyes antiguas, aunque según juicio de la Santa Iglesia no sería así».
En las mismas Partidas se encuentran leyes muy curiosas sobre el fornicio, así, por ejemplo, las siguientes:
«Que pena merecen los que sacan a las mujeres religiosas de sus monasterios para yacer con ellas.
»Sacando algún hombre por sí o por otro monja o cualquier otra mujer de religión para yacer con ella, o llevándola por fuerza del monasterio o de otro lugar y yaciendo con ella, por fuerza o de grado, hace sacrilegio y si lo hiciese clérigo débenlo deponer y si luego deben excomulgarlo si no quisiere hacer enmienda del sacrilegio y del tuerto que hizo al monasterio donde estaba aquella mujer, y esto se entiende según juicio de la Santa Iglesia. Y si la mujer se fuese del monasterio no la sacando otro, la debe hacer buscar su obispo en cuanto que supiere o el otro prelado que tuviese aquel lugar en encomienda, y el juzgador de la tierra los debe ayudar a buscarla y traerla si fuere menester al lugar donde ella salió. Pero esto se entiende si el monasterio no tuviese culpa guardándola como debía, pues si, por mengua de guarda, fuese llevada o ida débenla tornar a otro monasterio donde la guarden mejor, con las rentas de su haber que dieran con ella al primer monasterio y estas rentas debe haber en su vida aquel lugar donde la llevaren y no más».
No era muy envidiable, en muchos casos, la condición de la mujer en la época medieval. Sierva de sus padres si soltera, de su marido si casada y ni siquiera viuda podía ser libre. Únicamente cuando su marido estaba en la guerra podía la mujer gobernar y mandar en su nombre, siempre y cuando no hubiese en la familia varón que de fuerza o de grado tomase las riendas del gobierno de la familia.


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